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Opinion

La trágica historia de la actriz de “Boquitas pintadas” asesinada por un grupo parapolicial

Luisa Marta Córica fue secuestrada y acribillada por una patota de ultraderecha en 1975 un año después de su actuación en la película de Torre Nilsson

Por Eduardo Anguita
Por Daniel Cecchini

Luisa María Córica, militaba en la Juventud Peronista, fue asesinada por un grupo de ultraderecha el 6 de abril de 1975. Tenía 31 años
Luisa María Córica, militaba en la Juventud Peronista, fue asesinada por un grupo de ultraderecha el 6 de abril de 1975. Tenía 31 años

“¡Uy, che! ¿A esa mina vamos a matar?”. Al joven integrante de la patota de la Concentración Nacional Universitaria (CNU) no le cae bien el “blanco” que su jefe acaba de definir mientras están sentados alrededor de la mesa del comedor. Tampoco le gustan la hora y el lugar.

Ese 6 de abril de 1975 es domingo y parte de la banda -faltan algunos de los que van a participar de la operación— está reunida a mediodía en una de sus casas operativas, la quinta de 4 entre 76 y 77, en la zona sur de La Plata.

Desde allí, cuando llegue el momento, saldrán en dos autos para el lado del Hipódromo, donde trabaja la mujer que el jefe acaba de señalar. Algunos de los integrantes del grupo de tareas de la CNU también trabajan en el Hipódromo platense o en otras reparticiones públicas. Más precisamente: tienen nombramientos ordenados desde el más alto nivel del gobierno bonaerense de Victorio Calabró que les permiten cobrar por sus servicios.

El blanco -la “mina” que van a matar – es Luisa Marta Córica, de 31 años, actriz, estudiante de la Facultad de Humanidades, trabajadora de la Contaduría de la Cámara de Diputados provincial y empleada por reunión en el Hipódromo, donde ha sido elegida delegada gremial por sus compañeros.

Por eso, varios miembros de la banda que la va a matar la conocen personalmente y tal vez por esa misma razón el joven integrante de la patota acaba de decir: “¡Uy, che! ¿A esa mina vamos a matar?”.

Luisa Marta Córica es, además, una mujer muy linda. Apenas un año atrás, su rostro de rasgos definidos y su cuerpo atractivo fueron admirados por cientos de miles de espectadores en las pantallas de los cines argentinos en una película que ya estaba haciendo historia: Boquitas pintadas, de Leopoldo Torre Nilsson, donde compartió escenas con el protagonista, Alfredo Alcón.

Con esa participación en la versión cinematográfica de la novela de Manuel Puig, Luisa había cumplido uno de sus sueños, llegar al cine, y lo había conseguido como todo en su vida, con una insistencia que no sabía de renuncias.
Leopoldo Torre Nilsson y Beatriz Guido
Leopoldo Torre Nilsson y Beatriz Guido

Había conocido a Torre Nilsson, burrero de ley, en la pelousse del Hipódromo de La Plata y desde ese mismo día no había dejado pasar ocasión para decirles al director y a su mujer, Beatriz Guido, quien lo acompañaba a todos lados, que ella era actriz, y que no se arrepentirían si le daban una oportunidad.

Babsy –como llamaban sus amigos a Torre Nilsson – la convocó al casting y finalmente le asignó el papel.

Corría el convulsionado 1974 cuando se estrenaba Boquitas pintadas que se convertía en un suceso de público y de debate público. Puig, maestro en la narrativa de la vida cotidiana, había visto desde su infancia la hipocresía y la doble moral en su natal General Villegas. Puig era, precisamente, víctima involuntaria de ese doble discurso por su elección sexual.

Boquitas pintadas, escrita en plena dictadura de Juan Carlos Onganía, sin embargo, aborda algo más marcado en los pueblos pequeños: el machismo, los juegos de enredos con las amantes. Puig logra en Boquitas pintadas, sin salirse del modelo de la novela costumbrista, poner la marca de los contrastes sociales.

Con las escenas junto a Alfredo Alcón, Luisa no sólo había llegado al cine sino que le ganaba de mano en la amistosa competencia que mantenía con su hermana, también actriz, que usaba el nombre artístico de Cecilia Cenci.

Cecilia llegó al cine recién un año después que Luisa, con un papel en La Guerra del Cerdo, una película basada en la novela de Adolfo Bioy Casares, protagonizada por Marta González y José Slavin. De ahí en más, la carrera de Cenci fue en ascenso y hoy se la recuerda sobre todo por su papel en Gatica, el mono, de Leonardo Favio, donde encarnó a Eva Perón.

Luisa militante

Nadie puede saber cuál de las dos hermanas habría llegado más lejos en el mundo del cine, porque esa competencia actoral terminó brutalmente ese 6 de abril de 1975, pocas horas después de que el joven integrante de patota de ultraderecha de la CNU diga: “¡Uy, che! ¿A esa mina vamos a matar?”.

Porque la van a secuestrar esa misma tarde, a plena luz del día, cuando termine la reunión hípica y Córica vaya hasta la estación de La Plata, en 1 diagonal 80, para tomar el tren hacia Buenos Aires. Allí la espera su hijo mayor, Ariel, al cuidado de un familiar. Luisa tenía otros dos hijos: Andrea y Christian, que el domingo 6 de abril de 1975 se han quedado en La Plata, con los abuelos.
Luisa Marta Córica en “BoquitasPintadas” junto a Alfredo Alcón
Luisa Marta Córica en “BoquitasPintadas” junto a Alfredo Alcón

Luisa Marta Córica vivía con sus tres hijos en un departamento de 47 N° 767, entre 10 y 11, de La Plata. Había empezado a militar en la Juventud Peronista en 1970, mientras terminaba la secundaria en el turno noche del Instituto Benito Lynch.

Sus compañeros de aquella época coinciden en que “La Flaca era de ir al frente”.

En 2001, uno de esos compañeros, Omar, le escribió una carta a Andrea, la hija del medio de Luisa. “Ella era una persona con una posición tomada ante la vida -le contó-. Espontánea y fresca como una adolescente. Alguien que tenía unas ganas de vivir enormes y que no dejaba pasar la vida a su lado, sino que era partícipe de ella, gozándola hasta los últimos instantes… Era muy sensible al arte y a la hermosura. Era una humanista, sin complejos ni prejuicios. Estábamos siempre en la villa de Ringuelet, en el arroyo del Gato, compartíamos muchos trabajos con la gente de allí.”

Esa militancia -en la villa, en la Facultad, en el Hipódromo— le había costado dos detenciones.
El informe de la detención de Luisa Marta
El informe de la detención de Luisa Marta

La primera, el 30 de abril de 1970: “Fue detenida por infracción a la Ley 17.401 en La Plata, secuestrándosele abundante material de bibliografía comunista. Con fecha del 4 de mayo de ese mismo año, el juez de intervención, doctor Carlos Federico García, dicta su sobreseimiento definitivo conforme al artículo 437 del Código de Procedimiento en lo Criminal”, dice un informe archivado en la Dirección de Informaciones de la Policía de la Provincia de Buenos Aires (Dippba).

Fue detenida por segunda vez el 2 de febrero de 1974, en su domicilio: “Se efectuó un procedimiento en edificio de la calle 47 N° 767, 4to piso, La Plata, ocupado por la causante -dice el parte policial-. Se secuestra material bibliográfico referido a la organización Montoneros y numerosas fotografías artísticas”. Pocos días después fue liberada y siguió militando, con el mismo nivel de exposición que hasta entonces.

Para abril de 1975, Luisa Marta Córica era un blanco ambulante.

Un cadáver en Los Talas

El domingo 6 de abril de 1975, después de la última carrera, Luisa Marta Córica caminó las pocas cuadras que separan el Hipódromo platense de la estación del Ferrocarril General Roca. Vestía una blusa blanca, pantalón gris, saco beige e iba calzada con mocasines.

Entró a la terminal pero no llegó a abordar el tren con destino a Constitución. La patota de la CNU la secuestró en medio de un escándalo.

“Eran seis hombres armados, de civil. Mi mamá se agarraba de una de las columnas pero fue en vano. Amenazaron a la gente para que nadie interviniera. Eso lo supe a través de un vecino que era guarda de trenes y presenció el momento”, recuerda su hija Andrea.

La tapa de los diarios con el crimen de Luisa Marta Córica
La tapa de los diarios con el crimen de Luisa Marta Córica

El vecino que le describió el secuestro nunca se atrevió a declarar. Otro testigo confirmó que Córica se aferró a una de las columnas de la estación y que, mientras dos secuestradores tiraban de ella, otro le rompió los nudillos a culatazos para que se soltara.

Se la llevaron mientras apuntaban con sus armas al resto de los pasajeros que esperaban en el hall y en el andén.

La madrugada siguiente, los pescadores de Los Talas, sobre la costa del Río de La Plata, en las afueras de Berisso, escucharon el motor de uno o dos automóviles y luego varios disparos.

Pensaron que se trataba de cazadores. Recién a la tarde, dos de ellos descubrieron el cadáver, a unos doscientos metros de la desembocadura de la red cloacal, en un lugar casi intransitable, donde podría haber permanecido varios días sin que nadie lo encontrara.

Luisa Marta Córica vestía la misma ropa con que la vieron sus compañeros del Hipódromo, estaba amordazada y tenía las manos atadas con alambre detrás de la espalda.

El martes 8, el diario Última Hora -editado por Héctor Ricardo García desde la clausura de Crónica dispuesta por el gobierno de Isabel Perón– describió: “El cadáver, cuyas ropas estaban tintas en sangre, presentaba diversas perforaciones producidas por proyectiles de un arma de fuego”.

La nota llevaba un sugestivo titular: “Bella actriz fue acribillada”.

Por su parte, el diario platense El Día informó: “Encontraron asesinada a una mujer en la costa de Los Talas. Enigma”.

Para los dos medios, los obvios móviles del asesinato eran un misterio.
Última hora y el “enigma” de la bella mujer acribillada a balazos
Última hora y el “enigma” de la bella mujer acribillada a balazos

Recién al día siguiente Última Hora relacionó el asesinato de Luisa Marta Córica con el accionar de un grupo parapolicial: “Las versiones indican que, ahora, la pesquisa estaría orientada en otra dirección: Lucía (sic) Marta habría estado detenida en una ocasión y su tendencia ideológica sería de extrema izquierda”, publicó en una nota sin firma.

En esa edición, el diario de García también dio más precisiones sobre la causa de la muerte: “Los autores del hecho habrían disparado no menos de siete veces sobre la infortunada mujer, con escopeta Itaka”.

Los médicos forenses de la Policía de la Provincia de Buenos Aires no deben haber leído los diarios de esos días. En la autopsia definieron como “hemorragia aguda” la causa de la muerte de Luisa Marta Córica. De los balazos, ni una palabra.

Boquitas sangrantes

Manuel Puig, el dramaturgo que sacudió la pacatería conservadora, estaba en México al momento que mataban a Luisa.

Puig había recibido amenazas telefónicas y cartas de la Triple A, el principal grupo parapolicial de la época. Por entonces, estaba volcado a escribir la novela que se convertiría en una metáfora universal de la vida amorosa en prisión: El beso de la mujer araña.

El núcleo del relato es cómo un revolucionario y un gay que comparten la celda y tienen dos visiones distintas del sexo y de la vida, terminan enamorados. Una provocación que no solo interpelaba a los pacatos sino a los propios luchadores latinoamericanos, entre los cuales había muchos homosexuales.

Un legado y un reclamo

Debieron pasar casi 20 años del asesinato de Luisa Marta Córica para que su hija Andrea descubriera otra faceta de su madre, la de poeta.

En 1994, Andrea se conectó por casualidad con quien había sido su vecino en el departamento de 47 entre 10 y 11, donde vivió con sus dos hermanos y su madre hasta el día del asesinato.

Fito Bergerot estaba exiliado en España. En su primera carta, le contó un montón de anécdotas y le preguntó si tenía sus poemas. Unas semanas después, el sobre acolchado llegaba desde Europa luego de un viaje larguísimo que comenzó ese fatal día de abril de 1975.
Andrea Suárez, hija de Luisa Marta, y el libro que editó con los poemas de su madre
Andrea Suárez, hija de Luisa Marta, y el libro que editó con los poemas de su madre

Andrea Suárez Córica, artista plástica, los reunió en un libro, La niña que sueña con nieves, que finalmente publicó en abril de 2015, cuando se cumplieron 40 años del asesinato de su madre.

Más de cuatro décadas después, la muerte de Luisa Marta Córica sigue impune. Su asesinato aún no fue elevado a juicio, a pesar de los reclamos de sus hijos ante la Justicia.

De la patota de la CNU que la secuestró y la acribilló sólo uno de sus integrantes, Carlos Ernesto Castillo (a) El Indio, está preso, condenado a perpetua, por otros crímenes.

Otro de los hijos de Luisa, Ariel Suárez, quizás inspirado en la pasión por el cine de su madre, se volcó a la dirección cinematográfica. Ariel, también hizo un tributo a Luisa, aquella madre que tuvo el gusto de trabajar en Boquitas pintadas. Su último trabajo documental fue Juicio a la CNU La Plata, Sentencia.

Fuente: Infibae

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