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Opinion

Roma: el capítulo cero de “El Chavo”

Por Mariana Ahumada.

La vida cotidiana en los suburbios de la capital de México, antes de la crisis que nos metió en la vecindad del señor Barriga.

 


“Roma”, candidata al Oscar como mejor película de habla hispana, se erige como un orgullo para buena parte del pueblo mexicano que se ha expresado en este sentido. Tienen motivos para hacerlo. Es un film en el que no pasa nada. Sin embargo, abre un mundo para el análisis de diferentes miradas.

Historia reciente de México y de capitales latinoamericanas. Machismo. Estado presente y ausente. Violencia. Aborto. Hipocresía. Consumo. Política y vida cotidiana. Polución. Discriminación. Cultura originaria y sus mezclas. Éxito y fracaso. Son sólo algunos de los elementos que aparecen en la propuesta de Alfonso Cuarón (su director), la cual no pudo verse en cines en nuestro país, a pesar de ser más acorde para apreciarla que en un monitor hogareño a través de Netflix.

Sucede que en materia artística, Roma justifica todos los argumentos para lograr premios y nominaciones: fotografía, estética, ambiente, guión. Gran trabajo de producción para introducir a quien la mire en el caos de los suburbios del distrito Federal de México de inicios de los años ’70. Impecable en ese sentido.

“Roma”, de 135 minutos de duración, puede resultar pesada para quienes la elijan simplemente para entretenerse. No pasa nada, aunque al mismo tiempo pasa de todo. Hasta quizá nuestra “Historias mínimas” de Carlos Sorin (2002) tiene mayor contenido. Para ver “Roma”, hay que predisponerse especialmente para consumir una película larga y lenta.
Dicho esto, de todas maneras, es recomendable, no sólo por los recursos cinematográficos utilizados, sino por lo que narra: la vida cotidiana de una familia de clase media-alta profesional de los alrededores de la capital azteca.

¿Por qué “Roma” bien podría ser el capítulo cero de “El Chavo”? Porque el gran éxito de Roberto Gómez Bolaños recrea la vida que transcurre en la década del ’70 también en las barriadas populares cercanos al distrito federal, con el deterioro de la clase media: Don Ramón sin trabajo, luego de haber tenido varios e incómodo con la nueva realidad de crisis; Doña Florinda quejosa del lugar donde vive y añorando sus pasadas de relaciones con familias de abolengo; y un niño, “El Chavo”, sin familia ni derechos básicos.
“Roma”, en tanto, nos lleva al momento del freno del apogeo de crecimiento urbano mexicano, el inicio de la crisis que luego veremos en El Chavo, entre 1973 y 1980. Claro está que, con Gomez Bolaños, lo apreciamos en clave humorística; y en la película de Cuarón, como drama.

Sofía, la jefa de la familia protagonista de “Roma” bien podría ser Doña Florinda antes de llegar al condominio del Don Barriga: trabajo que no falta, buena vida, ama de llaves, vacaciones, lujos. Luego, la crisis reducirá el confort y bien la trasladará a nuevas relaciones, restricciones, entendidas como un escalón más bajo del orden social.

 

México, a diferencia de nuestro País, tuvo a partir de la mitad del siglo pasado, un proceso de industrialización con posterior desarrollo (Argentina aumentó con Juan Perón la industrialización, pero el desarrollo no se logró, debido a la inestabilidad democrática y los regímenes militares conservadores).

La potencia mexicana se transforma en crisis en 1970, año al que nos lleva “Roma”, que describe esa ruptura, esa bisagra, cuya segunda parte de la historia puede encontrarse en “El Chavo”.
El espectador de “Roma” puede convertirse en un miembro silencioso de la familia protagonista, que disfruta de la vida y se va metiendo de a poco, casi sin darse cuenta, en el derrumbe del orden instaurado en las últimas décadas.

México tuvo un crecimiento exponencial de su población entre 1950 y 1970. Eso se ve en “Roma”. Hay gente por todos lados, algo que bien se relaciona con los actuales altos niveles de contaminación de la capital del país más potente de centro América, influenciada, económica y culturalmente, por el gran país del Norte, Estados Unidos.
Los argentinos nos azoramos por las víctimas que dejan las balas perdidas en las fiestas de fin de año de los barrios populares. En “Roma”, vemos cómo los tiros al aire son una tradición generalizada (hoy temerosa e irresponsable) para iniciar un nuevo almanaque.

La cultura machista que hoy detestamos se muestra en todo su apogeo en el film para invitarnos a reflexionar que modificarla, demanda transgredir formas que estaban muy consolidadas.
El protagonismo universitario de México para erradicar lo que se considera injusto nos muestra en “Roma” también sus antecedentes cruentos en las revueltas de fines de los ’60 que anticipaban el agotamiento de un modelo que, como en casi todos los países del continente, llevó a enfrentamientos sanguinarios, durante la segunda parte de la guerra fría.

En definitiva, “Roma” puede convertirse en un film multi premiado de la industria del cine, pero también ser un resumen que permita mostrar a futuras generaciones, cómo era la vida habitual en los conglomerados urbanos, en tiempos en los que empezaban a asomar antecedentes del posmodernismo y la victoria global del neoliberalismo. “Roma” es para verla con tranquilidad y con disposición a meterse en una vivienda que, como en casi todas, no pasa nada, pero al mismo tiempo, pasa de todo.

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