24 de marzo – Diario íntimo de los años de plomo

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Por Jorge Joury|

SUMARIO

A 42 años del 24 de marzo 1976, por primera vez voy a relatar las experiencias vividas durante la larga noche de la dictadura militar. Son algunos retazos del antes y el después del golpe y las causas por las que se inauguró esa etapa trágica de la historia argentina. Se abre de esta manera una ventana en el arcón de los recuerdos, para tomar nota de mis charlas con Ricardo Balbín, en los días previos al desembarco de la Junta Militar. Los pormenores del asesinato de David Kraiselburd, el director del diario El Día de La Plata y los momentos dramáticos cuando el general Camps mandó a allanar la redacción, durante una huelga ferroviaria. Como parte del relato, también doy cuenta del áspero mano a mano con el general Leopoldo Fortunato Galtieri, que quiso censurarnos por una noticia publicada en la tapa de Diario Popular . Y en el cierre, el costo que pagaron todos los medios por disfrazar la realidad durante la guerra de Malvinas./ Ver páginas

Hoy son reliquias del pasado. Pero durante décadas, aquellas Olivetti fueron nuestras compañeras inseparables. Con ellas narramos la actualidad de la manera que pudimos, cuando muchas veces era jugarse la vida. El ruido intermitente de esas máquinas de escribir irrompibles, pertenecían al paisaje más íntimo de las redacciones. A veces entrar en el túnel del tiempo a través de las computadoras, duele. Parece que las abandonamos sin haberles prodigado caricias por tanto peso que llevaron durante miles de horas de martilleo. Son monumentos de la memoria colectiva y aún se las extraña, sobre todo cuando se trata de volver para atrás para recorrer páginas tan trágicas y ellas ya no están. Nos ayudaron a comprender que la vida de varias generaciones de argentinos y extranjeros fue marcada a fuego por el terrorismo de Estado que se inició con el golpe cívico militar en 1976 e instauró la larga noche de la dictadura por siete años. Pasaron 42 años de aquella página negra que coincide además con Semana Santa . Es parte de una herida que no termina de cicatrizar y que es necesario desenterrar en cada aniversario, para que no vuelva a ocurrir.

Uno de los efectos más directos y demoledores, fue la irrupción de una cultura especulativa conocida como la “patria financiera”, que sentó las bases para el desarrollo del neoliberalismo y el endeudamiento argentino con los Estados Unidos, además de la quiebra del aparato productivo y la pérdida de miles de puestos de trabajo. Pero más allá de lo que muchos ya han escrito en la búsqueda del “nunca más”, como testigo viviente de esa época, siempre me propuse tratar de explicar cómo llegamos a semejante oprobio de perder todas las libertades y padecer un baño de sangre sin precedentes.

Para recorrer el oscuro laberinto de esos años, conviene primero plantear el escenario previo que se vivía en el país y el papel de la civilidad ante la encrucijada. Lo cierto es, que los acontecimientos violentos nos pasaron por encima en un satiamén. Pero me quiero detener en algunos episodios que marcaron mi vida periodística y que hoy quiero desempolvar, simplemente para hacer un aporte y poder ayudar a entender a las futuras generaciones qué nos pasó.

LA CUENTA REGRESIVA CON MARCAPASOS Y MULETAS

Haber entrevistado a Ricardo Balbín en su escritorio de la vieja casona de la calle 49 y 12 de La Plata, fue un privilegio del destino. Sentado en el sillón de su escritorio y después de fumar un pucho tras otro, el líder radical me acercó el título de tapa con sus habituales metáforas. Fue en los días previos al golpe, cuando diarios como La Razón titulaban: “Horas decisivas” presagiando lo peor.

“Con marcapasos y muletas, llegamos y triunfará la democracia”, disparó Balbín con su voz ronca aquella mañana, cuando nadie apostaba una moneda por Isabel Perón y muchos políticos golpeaban la puerta de los cuarteles como única medida salvadora para salir del caos.

Es de público conocimiento, que Balbín habló con uno de los principales dirigentes del peronismo gobernante de entonces, Deolindo Bittel, a quien le planteó la posibilidad de frenar el golpe de Estado con un juicio político a Isabel Perón que permitiera que asumiese el presidente del Senado, Italo Luder, de manera de mantener la institucionalidad democrática.

A mi amigo y prestigioso fotógrafo de nivel internacional, Horacio Villalobos, le tocó el 24 de marzo de 1976 captar de noche el dramático momento cuando Isabel Martínez de Perón fue sacada de la Casa Rosada en helicóptero por los militares. Esa foto recorrió el mundo y aún da cátedra por su significado y oportunismo.

El viejo líder radical había puesto toda su energía en colaborar para cerrar las heridas de la nación dando señales inequívocas de patriotismo. Lo ví saltar una tapia para eludir al periodismo y abrazarse con Juan Perón en la calle Gaspar Campos en Vicente López (1972) y echar a la espalda los enfrentamientos. Luego repitió su grandeza al despedir al líder emblemático del peronismo durante el velorio en el Congreso de la Nación. Allí hizo llorar al país, al pronunciar aquella frase: “El viejo adversario hoy despide al amigo”.

Una semana antes de la caída de Isabel Martínez de Perón, Balbín había parafraseado a Almafuerte para explicar que “todo lo incurable tiene cura, cinco segundos antes de la muerte”.

Entonces no habló del remedio. Pero con mayor firmeza, en la década del 40, había defendido las libertades públicas desde el Movimiento de Intransigencia y Renovación (MIR) en compañía de Oscar Alende, Arturo Frondizi y Moises Lebensohn.

En la casa de 49 amó a Indalia Ponzetti, su compañera inseparable, y tributó a la crianza de Lía Elena, Osvaldo y Enrique, sus hijos. Disfrutó de sus canarios, tanto como la construcción de sus discursos.

David Kraiselburd, que dirigía el diario El Día había dado la orden que solo dos periodistas podían entrevistar a Balbín. Quien escribe esta nota y mi compañero ya fallecido, Ricardo West Ocampo. El periodismo fue generoso conmigo. Fue un orgullo haber estado cara a cara con por lo menos tres de las figuras emblemáticas del siglo XX, como lo fueron Perón, Balbín y Alfonsín.

EL LENGUAJE DESPIADADO DE LAS ITAKAS

Durante aquellos años duros en aprietes y amenazas, la vida me enseñó a gambetear la censura de la manera que se podía, con las pulsaciones muy altas por haber sufrido permanentes amenazas de muerte que obligaban a cambiar todas las noches el camino de regreso a casa. Muchas veces para blanquear los enfrentamientos entre el Ejército y los grupos guerrilleros, los disfrazábamos como hechos de la delincuencia común. Al tomar estado público, con ello obligábamos a que dieran los partes oficiales.

En una oportunidad, durante una huelga ferroviaria, el general Ramón Camps que era jefe de la Policía bonaerense, mandó a allanar la redacción de DIARIO POPULAR, que por aquel entonces estaba en La Plata. Irrumpió entonces en medio del bullicio intermitente de las Olivetti, una de esas tradicionales patotas, cuya prepotencia se expresaba a través de las bocas grises de las Itaka. Yo era el jefe de redacción y máximo responsable en ese momento.No aceptaron ninguna explicación. Allí comprendí que se prendía fuego la libertad de prensa.

Se llevaron por la fuerza las pruebas de página para revisar los contenidos y nos dejaron en la tensa espera. Sin saber que iba a ocurrir y para ganar tiempo, porque había que mandar los diarios a Capital y estaban los camiones esperando en la calle, pedí permiso para arrancar a puertas cerradas. El que llevaba la voz cantante del grupo parapolicial me respondió: “podés hacerlo, pero si el general Camps prohibe la salida del diario, te metés los ejemplares en el orto”. Corté clavos durante 4 horas, hasta que recién llegó la autorización cerca de las tres de la madrugada.
Cumplir con nuestra tarea profesional por aquel entonces, era sin exagerar, jugarse la vida de manera cotidiana. Estábamos entre dos fuegos salvajes: la derecha y la izquierda. Cuando caía la noche había que cerrar las persianas de la redacción porque los grupos terroristas lanzaban piedras. También salíamos con desesperación a correr los autos, porque lanzaban bombas molotov sobre ellos. Además, había noches en que explotaban hasta 15 bombas y regresar a casa a la madrugada después del cierre del diario era una odisea. Había que atravesar por lo menos dos retenes militares donde los efectivos nos pedían hasta el certificado de vacunación. Era tal el terror de Estado que se respiraba, que la delincuencia común en aquella época desapareció de las calles espantada por el horror. No había robos, ni asaltos a bancos. Todas las depredaciones corrían por cuenta de grupos parapoliciales, que se adueñaban de todo lo que encontraban durante los allanamientos y lo calificaban como “botín de guerra”.

EL SUEÑO INTERRUMPIDO DE UN PERIODISTA TALENTOSO

En los meses previos al golpe militar, el clima que se vivía en el país era irrespirable. El primero de julio de 1974, paradójicamente el día que murió Perón, me tocó ser protagonista de la etapa fundacional de Diario Popular, un sueño de David Kraiselburd, que nunca alcanzó a ver. Fue porque cuando salió a la calle estaba secuestrado y después su ascendente carrera quedó trunca en un trágico episodio que acabó también con su vida.

Cuando estábamos preparando el número cero del “Popu”, como se conoce al hoy tercer diario de mayor venta en la Argentina, David me preguntó irónicamente cuanto pensaba que podíamos vender. Me arriesgué a decir 15 mil ejemplares. Sonrió y me respondió que si eso se hacía realidad, me invitaría a comer un asado. La profecía supero con comodidad los más de cien mil ejemplares, pero él nunca pudo ver ese fenómeno periodístico.

El 25 de junio de 1974, Kraiselburd fue secuestrado en la ciudad de La Plata por un comando guerrillero. En el operativo participaron alrededor de veinte personas, movilizadas en cuatro o cinco autos. Los hechos ocurrieron en la intersección de la Diagonal 77 y las calles 2 y 49, justo a una cuadra de la Jefatura de Policía. Eran las nueve y media de la mañana.

El director de El Día, que caminaba solo cotidianamente desde su casa al diario, fue un objetivo fácil para los violentos. A todos los que le recomendaban prudencia o le señalaban el peligro que corría, David les contestaba que esconderse era ceder el campo a la intimidación y el único camino era dar la cara. Entonces fue primero secuestrado y luego asesinado.

Esa mañana me tocó vivir uno de los hechos que más me marcaron, ya que David Kraiselburd había sido uno de mis maestros. El me había aconsejado que : “el día que el diario dice que algo es blanco, no puede haber nadie que demuestre lo contrario”. Su rigor informativo era absoluto. Pero lamentablemente esos episodios eran habituales en un país que desde hacía años estaba sumido en una violencia que para esa fecha se estaba acelerando peligrosamente. Una semana después del secuestro de Kraiselburd, el presidente Juan Domingo Perón se iba de este mundo dejando en el poder a Isabel y López Rega.

En el velorio no se olía a incienso sino a pólvora. La muerte de Perón significaba una definitiva luz verde para que las diversas facciones del peronismo se aniquilaran entre ellas y en el camino se cayeran a pedazos las instituciones.

UN GOLPE AL CORAZON DEL DIARIO

El secuestro y posterior asesinato de de Kraiselburd se inscribe en ese contexto de violencia, ajustes de cuentas y derramamientos de sangre inocente. A ese escenario macabro se sumaba esa otra variente perversa de aquellos años: matar para exhibir poder interno. Es lo que hicieron con José Ignacio Rucci, el secretario general de la CGT, con Arturo Mor Roig, con Kraiselburd y el general Eugenio Aramburu. Ya no se trataba de matar a “enemigos del pueblo”, sino que ahora había que “tirar muertos” en la mesa para negociar. El muerto podía ser cualquiera, lo importante era la condición de muerto. Es lo que ocurrió con Arturo Mor Roig, asesinado dos días antes que Kraiselburd en un comedor de la localidad bonaerense de San Justo. ¿Motivos? Haber sido Ministro del Interior de Lanusse. ¿Motivo real? Demostrarle al gobierno que en cualquier negociación política había que tenerlos en cuente a ellos y no a Balbín.

A su vez, las negociaciones con “muertos en la mesa” podían ser con enemigos internos. Alguna facción guerrillera asesinaba a alguien para demostrarle a otra que estaban en actividad. Alguna vez habrá que escribir la historia de las diferentes bandas guerrilleras que se dedicaban al crimen para luego negociar beneficios con las organizaciones guerrilleras mayores. Con las modalidades del caso, lo que ocurrió con Kraiselburd tiene que ver con esa situación.

LA CARCEL DEL PUEBLO ESTABA A UN PASO DE LA COMISARIA

El director del diario “El Día” estuvo secuestrado en una casa de la localidad bonaerense de Gonnet, ubicada en calle 501 entre 14 y 15, justo a una cuadra de la comisaría. El 17 de julio un allanamiento a esa vivienda provocó el desenlace trágico. Los guerrilleros se resistieron y uno murió. Se llamaba Carlos Starita y era presidente por la JUP del Centro de Estudiantes de Derecho de La Plata.

¿Quienes mataron a Kraiselburd? Se dice que Montoneros, pero otras fuentes aseguran que fue el ERP y no faltan los que responsabilizan a las Fuerzas Armadas Peronsitas-17 de octubre (FAP). La confusión es sólo aparente. Hay quienes aseguran que los asesinos fueron militantes de la FAP, un brazo armado peronista que integró Montoneros, pero que al momento del secuestro se habían escindido de la organización que comandaba Mario Firmenich. Los informes de época dan cuenta que precisamente, el operativo contra Kraiselburd se realizó para demostrarle a sus anteriores jefes su capacidad militar. La FAP después de este crimen ofreció su operatoria al ERP, servicios que por supuesto fueron aceptados.

LA FRASE MAS DESPIADADA: “SI LLEGA LA CANA, MATAR AL SOPRE”

Por denuncias de vecinos de Gonnet, que daban cuenta de movimientos raros en el barrio, la policía encontró de casualidad el escondite en donde tenían encerrado a Kraiselburd. El comisario pensó inocentemente que en esa casa había partidas de juego clandestino. Por eso mandó a dos policías.Tocaron timbre y salió una mujer. Preguntaron por el esposo y ella argumentó que esperen un momento, que iría a llamarlo. Cuando se cerró la puerta, comenzó una lluvia de bala desde el interior que convirtió al lugar en un infierno. Después de ese intenso tiroteo y tras la llegada de refuerzos, los terroristas huyeron por los fondos. Uno solo quedó herido, el mencionado Carlos Starita, hijo de un marino de alto rango que días después de una corta agonía, murió por el balazo que recibió en la médula espinal.Nunca pudo ser interrogado y hoy la mano asesina del director de El Día, permanece en la nebulosa.

Pude reconstruir el escenario del calvario que vivió David Kraiselburd a través de las fotos que sacó la policía. El periodista estaba en lo que en esa época se denominaba cárcel del pueblo. Su cadáver fue hallado en una carpa de lona dentro de una habitación fuertemente rodeada por alambres de púas. Sobre una pared había un cartel escrito a mano con una directiva terminante : “Si llega la cana, matar al sopre”. Y la orden se cumplió a rajatabla. Al llegar la policía, los secuestradores lo mataron.

Fue mi compañero del diario Ricardo West Ocampo, el que tuvo la ingrata tarea de reconocer el cadáver. El cuerpo de David presentaba varios tiros. Por las fotos que ví, al parecer buscó refugio al percibir el tiroteo, ocultándose debajo del camastro. Sus manos aparecían cubriéndose el rostro. Se nota que cuando el asesino fue a ejecutarlo, por instinto se cubrió, como queriendo atajar las balas.

EL DICTADOR QUE QUERIA CHICAS LINDAS EN LA TAPA

Jorge Rafael Videla, quien estaba al frente de la Junta Militar, fue remplazado por el general Roberto Viola en 1981. Con él comenzó un período de cierta apertura. Pretendía la perpetuación de la dictadura con un gobierno civil que fuera dirigido por militares. Por entonces, hizo su aparición en la escena económica, de la mano de Viola, y como presidente del Banco Central, el economista cordobés Domingo Cavallo, quien estatizó la deuda privada. Viola no sobrevivió a una nueva crisis económica: se pagaba con una devaluación brutal la política económica de Martínez de Hoz.

A Viola lo sucedió Leopoldo Fortunato Galtieri (1981-1982) quien, afín a la gestualidad mussoliniana, comprendió que el régimen agonizaba en apoyos políticos y declaró la guerra a Inglaterra el 2 de abril de 1982 al ocupar las islas Malvinas, sobre las que Argentina reclama históricamente aún su soberanía. La Guerra de Malvinas fue la última aventura siniestra del régimen militar y potenció la alianza de Inglaterra y los EE.UU. contra el gobierno militar. A mediados de 1982, se vivía la cuenta regresiva para la dictadura.

En Diario Popular me tocó vivir un mano a mano con Galtieri. Fue un episodio amargo, con un virtual intento de censura, por haber publicado en la tapa un titulo acompañado de una foto que decía: “Osario en Berisso”. Eran huesos encontrados en un desolado paraje. Pero en ningún lugar de la nota decíamos que fueran de desaparecidos. Es más, se hablaba de la posibilidad de que pudiesen haber sido arrojados por estudiantes de medicina. Pero los militares estaban muy sensibles y con el aliento en la nuca de los organismos de derechos humanos. Interpretaron que queríamos dejarlos al descubierto, justo en momentos en que una delegación norteamericana visitaba el país frente a las denuncias de torturas y desapariciones. Al otro día me citaron al Comando en Jefe. Fui con un abogado del diario. Sentado en un sillón y con los pies encima del escritorio me recibió el general Galtieri. Lo acompañaba una botella de whisky importado. El olor a alcohol impregnaba el ambiente. Se sirvió varias veces hasta que el rostro se le tornó colorado intenso. Empezó a apretarme con sus preguntas y pedía explicaciones de por qué había puesto esa foto en tapa. Me defendí como pude, pero siempre con tono firme, porque sabía que ante la disciplina militar no se puede demostrar flaquezas, porque te pasan por encima.

Galtieri me terminó sugiriendo que en vez de esas fotos de “mal gusto” que había publicado, como las del macabro hallazgo camino a Berisso, optara por poner en tapa chicas lindas en bikini, “que alegran la vida”. Dijo que “la gente quiere alegría” y me advirtió que si la situación se repetía, nos clausurarían el diario.

Antes de despedirme y con tono socarrón, visiblemente pasado en copas, me preguntó si era muy oscuro el camino de Avellaneda a La Plata. Era todo un mensaje indirecto, para que supiera que ellos sabían mi recorrido habitual. También me corrió otro escalofrío, cuando me dio la mano y me despidió con un : “cuídese amigo”. Aquella madrugada de regreso a casa, cambié de camino por las dudas. Al tiempo me enteré que me quisieron abrir un proceso judicial, pero afortunadamente no prosperó.

EL MANOTAZO DE AHOGADO DE UNA GUERRA INCOMPRENSIBLE

Al poco tiempo y con la intensión de perpetuarse, Galtieri nos sorprendió el operativo Malvinas. Nos enteramos una semana antes del desembarco, pero no sabíamos que día iba a ser. La información la trajo al diario Jorge Lozano, uno de nuestros grandes editorialistas, que tenía gran llegada con el almirantazgo.

Durante la guerra que se inició el 2 de abril de 1982, todas las semanas los editores teníamos que concurrir al Comando en Jefe del Ejército a recibir instrucciones de como manejar la información. Si nos apartábamos de las pautas, nos advirtieron que nos declararían “traidores a la Patria” y clausurarían el medio.

“Estamos ganando”. “Hundimos al Invencible” y otros títulos engañosos, compusieron aquel festival de gloria inexistente que tan caro nos costo. Vendíamos más de 200 mil ejemplares por día, con aquel engaño al que nos forzaban, sin otra alternativa. no obstante, a través de los servicios de cablegráficos de las agencias internacionales, nos enterábamos que la realidad era otra.

Los enfrentamientos bélicos culminaron el 14 de junio, con la rendición de nuestro país. Murieron 649 soldados argentinos y 255 británicos reconocidos oficialmente.

Al conocerse esa página amarga y datos de la realidad, los lectores percibieron el engaño y castigaron a los medios. En el caso de Diario Popular, de vender más de 200 mil ejempares, nos caímos a 40 mil. Fue muy amargo comprender que si de algo no se vuelve es del ridículo. Nos costó mucho tiempo recomponer la alianza con el público.

Pero la situación de la dictadura estaba destinada a empeorar, hasta deteriorarse por completo. Además de la guerra de Malvinas, también incidieron los problemas limítrofes con Chile (1977-1979) por el Canal de Beagle, que culminaron con la mediación papal.

A fines de 1982, una huelga general con movilización popular produjo serios enfrentamientos con la policía en las principales ciudades del país. El sindicalismo se reagrupaba, como los partidos políticos nucleados en la Multipartidaria. Fue el comienzo del fin del proceso militar. A Galtieri lo sucedió Reynaldo Bignone, quien anunció elecciones presidenciales. Intentó una ley de autoamnistía que impidiera que los militares fueran juzgados por sus crímenes y ordenó la destrucción de toda la documentación que comprometiera al régimen más ominoso de la historia argentina.

Los militares montaron a lo largo y ancho de la Argentina unos 520 campos clandestinos de detención donde se hacía desaparecer, se torturaba y asesinaba a los opositores. El más grande fue la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), por donde pasaron casi cinco mil ciudadanos. Datos oficiales calculan en 15.000 los desaparecidos o muertos. Los organismos de derechos humanos sostienen que son unos 30.000. Hubo unos 10.000 presos políticos y se estima en más de 100.000 los exiliados. Hubo unos 300 adolescentes desaparecidos y unos 500 niños fueron secuestrados junto con sus padres o robados por los militares luego de nacidos en los centros clandestinos de detención.

En ese nefasto capítulo el pasado aún se sigue escribiendo con los hijos de desaparecidos que desconocen su identidad, con los juicios pendientes a los autores intelectuales y ejecutores de torturas, abusos y crímenes de lesa humanidad en centros clandestinos, y porque aún se desconoce dónde están los restos de ex detenidos ya fallecidos.

El 10 de diciembre de 1983, comenzó el gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Se respiraba otro aire. La larga noche llegaba a su fin, pero las historias aún viven como fantasmas que perturban nuestros sueños.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com. Si querés consultar su blogs, podés dirigirte al sitio: Jorge Joury De Tapas.

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