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Termina un año y comienza otro, y nosotros seguimos “estresados”. Pero ¿realmente tenemos estrés? ¿qué es el estrés? ¿cómo lo identificamos? y fundamentalmente ¿cómo lo manejamos para que no nos gane la jugada?.

Preparar los exámenes que quedaron pendientes, planificar las vacaciones, momento de balances, de nuevos inicios, época de replantear proyectos, encuentros con familiares, amigos a lo que se le suma el cansancio acumulado durante el año anterior, lo cual hace que el individuo disponga de menor energía y recursos para afrontar cada situación cayendo entonces en el agotamiento”, según explica Gabriela Martínez Castro, especialista en Trastornos de Ansiedad y directora del Centro de Estudios Especializados en ese ámbito (CEETA).

Para prevenir el estrés de estas fechas, la especialista recomendó no preocuparse por aquello que no se puede controlar, hacer algo con relación a lo que sí la persona puede controlar, prepararse lo mejor posible para situaciones a enfrentar, que son agentes de estrés, como exámenes, entrevistas laborales, eventos sociales así como pedir ayuda y aprender a delegar.

Por otro lado aconsejó fijarse metas cortas y realistas, llevar un registro escrito de las tareas a realizar para que no ocupen lugar en nuestra mente, jerarquizar las tareas según el grado de importancia, hacer actividad física, seguir una dieta balanceada de acuerdo a las necesidades calóricas de cada uno y corregir los pensamientos catastróficos dándode al mismo tiempo pequeñas satisfacciones cotidianas.

Según Martínez Castro, conviene evaluar realísticamente el tiempo que nos va a llevar cada tarea para realizar una adecuada planificación de nuestras tareas ya que ello evitará corridas innecesarias, reservar momentos del día para el descanso, actividades sociales y recreativas y tomarse un tiempo para los intereses y pasatiempos personales.

Evitar la queja dado que la misma no nos permite definir el problema ni encontrar una solución o cambio a lo que nos preocupa, ser realistas y disfrutar

sin penitencias.

Escuchar al cuerpo cuando nos pida que disminuyamos la velocidad o que tomemos un descanso.

Es de destacar que todo cambio puede producir estrés y el inicio de un nuevo año trae aparejados nuevos objetivos, las vacaciones, los chicos en casa por el receso escolar, suele ser una época de balances y proyectos a futuro para el resto del año, entre otras situaciones estresoras.

La especialista también indicó que siempre, ante este tipo de situaciones conflictivas, hay un intento de adaptación de la persona a determinadas exigencias del medio que lo rodea.

En el caso normal y deseado, se ponen en marcha mecanismos que preparan la psiquis y el organismo, para favorecer la adaptación, como el desarrollo de capacidades intelectuales y físicas para enfrentarlo.

Pero también puede suceder que, cuando fracasa el intento de adaptación, la persona se vea a sí misma con incapacidad de recursos para afrontarla.

Entonces, el individuo agota recursos, y enferma, es decir, se estresa. Cabe destacar que el estrés es la respuesta fisiológica o psicológica que manifiesta una persona ante una estímulo o estresor ambiental. No está mal tenerlo, lo que no hay es que “sufrirlo”.

Cuando el estrés incapacita o dificulta el normal desenvolvimiento de la persona, es ahí donde hay que consultar con un especialista.

Existen dos tipos o formas de estrés. Uno de estos es positivo y se lo denomina Eustrés y el otro es negativo y se lo llama Distrés.

Para Martínez Castro, hay que tener en cuenta que sentir cansancio no es sinónimo de estrés como muchos dicen, utilizando esta palabra en esos casos de agotamiento. Por lo cual desde el CEETA advierten sobre algunas señales a tener en cuenta para dilucidar la diferencia.

La respuesta de nuestro organismo al estrés se traduce en síntomas físicos (corporales), síntomas cognitivos (pensamientos y emociones) y/o síntomas comportamentales:

Respecto a los síntomas físicos, puede haber taquicardia, aumento de la tensión arterial , palpitaciones, opresión en el pecho, palidez, sensación de ahogo, ritmo respiratorio acelerado, dificultad para respirar, nauseas, dificultad para tragar o sensación de atragantamiento, diarreas, aumento o disminución del apetito.

También sensación de falta de aire, cólicos intestinales, aerofagia o tragar aire, orinar frecuentemente, sequedad de boca, sudoración excesiva, sensación de desmayo inminente, temblores, hormigueos, cefaleas, dolores y contracturas musculares, hipersensibilidad a ruidos, mareos e inestabilidad, fatiga y agotamiento excesivos.

En tanto, los síntomas cognitivos, tienen que ver con la ansiedad o la angustia, la sensación de inseguridad, aprensión, preocupación, sentimientos de inferioridad, incapacidad para afrontar situaciones, sentimientos de amenazas, anticipación de peligros, Indecisión, apatía, pérdida de objetividad y de la capacidad para pensar con lucidez.

O los síntomas conductuales, que se relacionan con la inquietud o hiperactividad, parálisis motora o inmovilidad, movimientos torpes, temblorosos, desorganizados, tics, tartamudeos, comportamientos de evitación o alejarse de situaciones temidas.

Pero para enfrentar estos problemas concretos, la especialista, recomendó definir el problema, descomponerlo en pequeñas partes, analizar causas posibles del problema, identificar un conjunto de posibles soluciones, seleccionar una solución, desarrollar un plan de acción, poner en práctica el plan de acción elegido y evaluar el proceso.

Y también –agregó- hay que tener en cuenta realizar meditación, yoga o ejercicios de respiración o relajación; una música tranquila o los propios sonidos de la naturaleza ayudan a encontrar el punto de relajación adecuado.

Lograr comunicarse acertivamente para evitar “malos entendidos” y poder expresar correctamente lo que queremos decir.

Organizar las tareas, no dejar pendientes porque esto queda en nuestra cabeza y no permite la relajación. Organizar correctamente de acuerdo con objetivos y prioridades.

Disfrutar de momentos en familia, con lo que nos gusta, caminar, hacer ejercicio físico o simplemente “nada”.

Una buena alimentación, saludable y balanceada, ayuda a bajar los niveles de estrés.

Intentar dejar de lado las multitareas, abocarse a un tema por vez, para destinarle a cada cosa el tiempo y la atención que se merece.

Es bueno también darse los gustos, ocuparse de uno, hacer lo que a uno le reconforta ayuda a nivelar la ansiedad y manejar el estrés.

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