El 2019 fue uno de los años más duros de las últimas décadas. La despedida del gobierno de Cambiemos lastimó hasta el hueso y nos puso al borde del abismo. En el plano económico, Mauricio Macri nunca encontró la salida a través del túnel. Tampoco aparecieron los brotes verdes, que ni siquiera crecieron en las macetas y «lo peor ya pasó», nunca dejó de ocurrir. La herencia está plagada de números rojos.

 Alberto Fernández ha empezado a caminar por un camino minado, con indicadores más que preocupantes sobre el impacto negativo del pasado reciente. Sería interminable mencionar la lista de desaciertos. Pero no se puede dejar de mencionar que el salario real de los trabajadores registrados cayó 21,5%. Hoy la Argentina tiene los sueldos más bajos de la región y las jubilaciones perdieron 20 puntos en términos reales en relación a 2015.

Hay un Banco Central famélico de reservas y el dólar tiene un cepo gigante.

En lo que tiene que ver con la pobreza, el último dato el Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, que relevó la situación registrada en el segundo trimestre de este año se ubicó en 40,8%, el nivel más alto de los últimos 10 años. Son más de 16 millones las personas que no llegan a cubrir sus necesidades más básicas en el país que se suponía iba hacia la “pobreza cero” según el propio Macri.

La inflación es el potro más indómito. Macri dejó el gobierno habiendo duplicado el nivel de inflación que existía en 2015. Se estima que este año quedará en torno al 54%.

En cuanto al nivel de caída de la actividad industrial es tal, que en el sector hablan de un auténtico “industricidio” con su consecuente pérdida de puestos de trabajo. Macri deja el poder con la capacidad instalada funcionando a la mitad, es decir que una de cada dos máquinas se encuentra apagada en la Argentina.

El desempleo es otro de las grandes aplazos del «mejor equipo de los últimos 50 años». Desde la asunción de Macri se destruyeron casi 160 mil puestos de trabajo industriales mientras que los que se crearon son principalmente precarios o directamente en la economía informal. La tasa de desempleo volvió a los dos dígitos (10,6%) y se calcula que se perdieron 13 de cada 100 empleos del sector en menos de cuatro años.

Tres de los cuatros años de gestión de Macri estuvieron caracterizados por la recesión económica. La apertura comercial, los tarifazos, las rondas de fuertes devaluaciones, las tasas de interés altísimas y el derrumbe del mercado interno por el castigo a los ingresos reales de trabajadores y jubilados determinaron un sendero de permanente caída de la actividad. El Producto Bruto Interno per cápita cayó un 10%. La paridad cambiaria pasó de los 9,40 pesos a $60, un alza del 538%. Las fuertes devaluaciones provocaron varios shocks inflacionarios que castigaron el poder adquisitivo del salario y de las jubilaciones.

Otro de los capítulos negros de la gestión es la vertiginosa emisión de deuda emprendida por el gobierno de Macri lo llevó a convertirse en el primer presidente en defaultear su propia deuda al punto que el país debió someterse una vez más al tutelaje del Fondo Monetario Internacional (FMI). Además. duplicó la deuda pública que creció 150 mil millones de dólares en apenas 4 años y se ubica en torno a los 310 mil millones de dólares.  Para frenar la inflación, objetivo que estuvo muy lejos de alcanzar, el Banco Central convalidó tasas de interés que llegaron al 85%, incompatibles con la inversión productiva. Consagró así la especulación financiera por sobre la economía real.

El paisaje del hambre es uno de los mayores desafíos para Alberto Fernández. Un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reveló hace poco tiempo que, durante la gestión de Macri, aumentó a 5 millones el número de personas con inseguridad alimentaria grave.

El endeudamiento de las familias vulnerables es la marca la nueva cuestión social. Encararlo desde políticas que sean sensibles a la organización económica cotidiana de las familias y también desde una apuesta global como política de Estado permitirá luchar contra una de las mayores fuentes de desigualdad contemporáneas.

Lo que está claro , es que estamos viviendo en una sociedad tan enferma que los “liberales” endeudan gastando lo que no tienen solo para facilitar la fuga de capitales y los “populistas” deben ocuparse de ajustar las cuentas y pagar las deudas. Esto se llama inversión de roles. Sucede que en rigor ninguno tiene claro el lugar que ocupa en la historia.

Con el impuesto al dólar en marcha, la idea de “pesificar la economía” toma fuerza en la agenda económica del Gobierno. La estabilización de la economía resulta un factor más importante que el cepo y el desdoblamiento cambiario para “terminar con la práctica de ahorrar en dólares”, según palabras de Alberto Fernández.

La mayor polémica del maxi paquete  para la Emergencia, gira alrededor de las jubilaciones: congeló la movilidad, le dio dos bonos a los que perciben haberes más bajos y postergó a la mitad de los jubilados que no cobran la mínima. Debían recibir aumentos en marzo y en junio que juntos redondearían casi un 28%. Recibirán otra cosa y por decreto.

Frente al actual escenario, surgen muchas preguntas: ¿ Esperaremos los cien días de gracia que siempre se le dan a un Presidente?. ¿O habrá que marcarle la cancha desde el vamos para que las medidas que más lastiman sean corregidas en tiempo y forma?. Es fundamental, que el Congreso no termine siendo una escribanía de la Casa Rosada y ponga los límites que sean necesarios.

Estamos hoy en medio de un ajuste tan discutible como necesario. Tal vez lo qie faltarían es imponer límites a lo más importante que son los servicios privatizados, esos que Macri convirtió en verdugos de la sociedad y que son los verdaderos saqueadores de nuestra atroz realidad. Y en materia de precios habría que hacer lo mismo.

Más allá de las complicaciones que la política se encargará de ordenar, lo importante por estas horas es que en décadas, es la primera vez que en la tapa de los diarios no se habla de la amenaza de saqueos a comercios, ni de intranquilidad social. Aunque aún hay cenizas humeantes, parece que el Presidente ha logrado apagar el fuego de otros años. Las calles se han pacificado y eso es saludable. En los países vecinos, la realidad es otra.Tal vez algo esté cambiando en la Argentina y la madurez ayude a encontrar la salida. No será rápido, pero nace una esperanza. Por estas horas, el deseo es que la mesa de fin de año, aunque sea austera, tenga pan para todos. Pareciera que va a ser así y eso alumbra un camino que recién comienza. Nos vemos en el 2020.

 *Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, ir al sitio: Jorge Joury De Tapas.  

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