Mauricio Macri ha dejado un país con respirador artificial. Se parece mucho al del 2001. La diferencia es que en el conurbano no están las ollas populares humeantes. Han sido reemplazadas por los comedores, totalmente desbordados. Son la expresión acabada que el hambre y la pobreza calan muy hondo.

Basta con decir que hay más de 15 millones de personas virtualmente fuera del sistema. La herencia del hambre marca el fracaso del gobierno saliente. Resolverlo es el desafío del entrante. No resultará sencillo. Si como dijo Alberto Fernández: “el Estado todo está dispuesto a priorizarlo y abocado a resolverlo”, es probable que el primer paso sea que la pobreza no se incremente.  

La foto es la síntesis de 10 años de un país sin crecimiento, visiblemente agravado en la gestión macrista, donde las recetas neoliberales comprometieron el futuro. Demasiada parálisis, en medio de un escenario de inflación galopante que se lleva todo puesto y promete 45% para el 2020, con una deuda por el momento impagable porque el Banco Central está famélico de reservas. 

Según un estudio, ascienden en realidad a sólo USD 8.500 millones. Esos serían los dólares disponibles para enfrentar los vencimientos de deuda hasta que llegue la reestructuración. A duras penas el nuevo Gobierno llegaría a marzo de 2020 en esas condiciones.

Las pálidas abundan, pero hay esperanza. La madurez política es la medicina más efectiva para salir a flote.

Si nos tiramos de cabeza en el pasado, observamos que primero Eduardo Duhalde y luego Néstor Kirchner, vivieron angustias similares. Fueron los pilotos de tormenta de esa gesta, pero finalmente lograron sacar al país del fondo del abismo.

Como un déja vu, esta vez Duhalde y Alberto se reunieron para intercambiar experiencias. El ex presidente le dijo a Fernández que la situación es muy parecida a la que le tocó vivir. Lo primero que le recomendó, es mantener bajo el más absoluto secreto las conversaciones sobre la deuda externa. Es la fórmula para no despertar la voracidad de los mercados y sobresaltar al dólar. El veterano caudillo de Lomas de Zamora, quien supo comandar un ejército partidario que luego le entregó en bandeja a Kirchner, sostuvo que hay que actuar con rapidez. Cada día que pasa hay menos tiempo. Pero le transmitió que le entusiasma este comienzo  y que se haya hecho de la manera que se hizo.

Aludió a los gestos de convivencia democrática de Macri y Fernández. Fueron como una caricia para ir cerrando la grieta. Tanto el abrazo de Luján y luego el del Congreso, representan las buenas señales para iluminar un camino espinoso. Hacen recordar al gesto de convivencia de Perón y Balbín, que se dio en la vieja casona de la calle Gaspar Campos, en Vicente López. Hoy Perón, Balbín y Kirchner no están, tampoco Alfonsín que hizo su gran aporte, pero Fernández se parece mucho a aquel Néstor. Se mueve con rapidez. Da la impresión que hace 2 meses que gobierna. Como le recomendó Duhalde, es probable que apure el paso, para ir demalezando el terreno. Quiere cuanto antes, que el Congreso le apruebe leyes fundamentales. Son los tres proyectos  para declarar la emergencia económica, social y sanitaria.  En la Casa Rosada, apuestan a sancionar el paquete entre el miércoles y el jueves. Es una herramienta fundamental hasta que se apruebe el Presupuesto.

Mientras tanto, todos los ojos del nuevo gobierno están puestos en la deuda externa. «Los muertos no pagan», solía decir Néstor Kirchner cuando se le presentaba la pesadilla de afrontar el compromiso con los acreedores. Alberto Fernández ha tomado su ejemplo. Para pagar la deuda es necesario generar capacidad de pago y para ello se tiene que recuperar la economía. La  idea  que se fogonea, es tener dos años de gracia para que los motores de la producción generen los dólares genuinos. Esa misión se le ha encomendado al flamante ministro de Economía, Martín Guzmán. Se ha lanzado la idea de un programa que tienda a frenar la caída de la economía, apunte a la sustentabilidad fiscal, ponga eje en la producción, el conocimiento y la atención de los más vulnerables.

El nuevo Presidente comenzará a recorrer su camino  con los dos grandes desafíos con los que se juzgará su gestión. Deberá evitar un default completo de la deuda argentina y lograr bajar los índices de pobreza, inflación y la inestabilidad cambiaria, un frente en el que Mauricio Macri fracasó rotundamente.

Sólo dominando estos frentes tormentosos, Fernández podrá lograr lo que, en el fondo, se le demanda: que la Argentina vuelva a crecer después de 10 años de estancamiento crónico. Alberto recibirá una economía paralizada desde 2010, con altibajos de períodos anuales de crecimientos y caídas, y tres recesiones vividas en nueve años. Esto incluye tanto el último período presidencial de Cristina Fernández de Kirchner y los cuatro años de Mauricio Macri. Demasiado tiempo de inclemencias.

Hay quienes sostienen que Alberto Fernández planteó su estrategia en el corto y largo plazo. El primer tramo será hasta abril. Y el otro, hasta el fin de su gestión.

Con un gesto de modestia,  el Presidente pidió la ayuda de todos para los tiempos difíciles que vienen. Con eso ayudará a su aún indescifrable ministro de Economía. Martín Guzmán tendrá la delicada misión de evitar un default total del país antes de abril de 2020.

La situación es realmente dramática, ya que para mayo, cuando vencen casi u$s7.500 millones, ya no habrá dólares para atender los compromisos de deuda. Y si no hay acuerdo, el país caerá en un nuevo y humillante default. En consecuencia, se convertirá en una suerte de paria internacional del que le costará décadas volver.

Guzmán tiene esa cruz sobre sus espaldas. Deberá llegar a la meta en tiempo y forma, y de la manera más entera posible para el país, con las negociaciones con los acreedores cerradas y presentadas en los principales mercados mundiales. Será fundamental un escenario con una estructura macroeconómica creíble para los operadores. Esto es, que realmente pueda convencer el mundo financiero internacional, de la buena fe de los compromisos que se firmen y de las reales posibilidades de pago que demuestre la Argentina mejorando sus números a través de un crecimiento que debe comenzar a la brevedad.

Lo bueno es que el gabinete de Alberto, es el sector más desideologizado del gobierno. Pero el temor de muchos albertistas, especialmente los que tienen responsabilidades importantes en los diferentes ministerios y el Poder Legislativo, donde talla Sergio Massa, es que desde el kirchnerismo puro y duro en algún momento se presione por medidas de amplio espectro populista, de las que, en estas épocas, no tienen posibilidades reales de financiamiento ni acompañamiento político. Por el contrario, donde habrá que poner todas las energías, es en trabajar de manera rápida, concisa y con los mayores consensos, en la búsqueda de una salida rápida que permita encontrar la luz al final del túnel.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.   

LF