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*Por Jorge Joury

Sería básico y justo decir que el 7 de junio se conmemora el Día del Periodista, por el nacimiento de la Gaceta de Buenos Aires. También es grato ponderar la figura de Mariano Moreno. Pero detrás de ese acto patriótico, hoy existe otra realidad que castiga a la actividad y lastima la piel de todos los que la ejercemos. Tiene que ver con un escenario de cierre de fuentes de trabajo, bajos salarios y precarización laboral. Hay cientos de colegas que quedaron en la calle por la ola de despidos en diversos medios estatales y privados, tema que muchos silencian. Tiene su explicación, cada empresa pone atención al juego de la supervivencia y mantiene espíritu de cuerpo con las otras, sin mirar a los que están anclados en el desempleo, tratando de armar cooperativas para subsistir, como les pasó a los colegas del Diario Hoy o a los de Tiempo Argentino, por citar algunos ejemplos. Es la ley de una selva editorial insensible. En todas las épocas a los periodistas se nos ha tomado como variable de ajuste. Más aún en los medios que irrumpieron en la última década, impulsados por personajes voraces que solo apuntaron a llenarse los bolsillos con pautas millonarias del Estado y de paso profundizaron la grieta, haciendo periodismo de periodistas. Y luego, cuando se les acabó el curro, abandonaron el barco dejando un tendal de naúfragos.
La realidad en esta profesión siempre fue compleja. Como en el resto de los oficios donde abunda la competencia, hay dos clases de periodistas. Están los que pertenecen a la raza de los trepadores. Y los genuinos, que prefieren defender la dignidad y asumir los riesgos de un camino sinuoso. Debe quedar claro, que sin dignidad no hay sujeto. Y sin sujeto se esfuman las crónicas veraces.
Al triunfo y al fracaso hay que tomarlos “como dos impostores”, como afirmaba el escritor y poeta inglés, Rudyar Kipling. Para “durar” y no sufrir golpes demasiados severos, un veterano colega sostenía que siempre hay que tener en claro que los periodistas no somos otra cosa que un número. Aunque ello no invalida poner en práctica nuestra capacidad de pensar y opinar.
Otro de los amigos que ya no habitan el mundo terrenal, solía aconsejar sin anestesia hace muchas décadas: “Mirá pibe, hay que tener en claro que al final del camino nos van a medir en centímetros de columna. Será cuando llegue el momento de escribir nuestra necrológica. Tanto les serviste, la columna será más o menos larga”.
El célebre Arturo Jauretche definía la mecánica de los grandes diarios de la siguiente manera: “aparentan estar defendiendo la libertad de expresión, cuando en realidad no hacen otra cosa que promover sus intereses económicos y los de sus anunciantes”.
Es tan cierta esa reflexión, que en muchas ocasiones se me advirtió desde arriba tener cuidado con herir el amor propio de alguna empresa, porque representaba el interés supremo en materia publicitaria. Eran momentos ingratos. Pero había que apechugar para no quedarse sin trabajo y buscar la manera de atenuar el látigo implacable de la censura.
En esas instancias, con el privilegio de haber sido casi siempre conductor de redacciones, amortigué como podía los golpes en soledad. Nunca los transmití en voz alta, aunque muchos me vieron putear por los pasillos sin saber por qué.Para no ofender la tarea de quien se estaba ocupando de esos casos puntuales que me recomendaba la empresa y donde se podía filtrar un palo, a los redactores les murmuré siempre al oído a tono de broma : “hay que ser cuidadoso, porque esa firma está en la plantilla de los amigos de la casa”. Era preferible utilizar esa figura irónica y en tono de broma y no luego tener que censurarles párrafos enteros de las crónicas.
Tengo para comentar algunas anécdotas de mis tiempos de zozobra. Por ejemplo, un día coloqué en tapa un título muy crítico hacia el Presidente, que por aquel entonces era Carlos Menem. El dueño me llamó a su despacho y disparó: “Mirá que yo no quiero pelearme con Menem”. Era una forma elegante y encubierta de bajarme línea que de allí en más no debía jugar más con tanto ímpetu en esa cancha.
También me tocó asistir a varios foros, donde los gerentes de los medios se golpeaban el pecho en su afán de mostrarse como firmes defensores de la libertad de prensa. Nada más engañoso que escuchar esas voces que se manifestaban ser voceros del periodismo “independiente”. Llegué a la conclusión que los paladines de la “prensa libre” no son otra cosa que impostores. Hombres que se niegan a reconocer que en la mayoría de los casos, terminan agachando la cabeza cuando los intereses comerciales les golpean a las puertas de sus despachos.
Por ésta y otras muchas razones, hoy comienzan a tomar protagonismo pequeños sitios de internet que bregan de manera franca por hacer conocer la información sin ningún tamiz. Esos lugares representan el futuro y en algún momento se convertirán en sepultureros de las ediciones en papel de diario. Hay que tomar conciencia que es necesario tener pluralidad de voces. Sin diversidad informativa, se pone en riesgo la democracia. Tiene que ver con que el gran público se ve privado del insumo básico para tomar decisiones libres: la información variada y sin limitaciones.
Abundan en el álbum de mis experiencias, muchas situaciones de aprietes. Los tuve generalmente, por dar a conocer un punto de vista descarnado sobre el papel de los medios. Recuerdo por ejemplo que durante el primer tramo de la aparición de Página 12, uno de los empresarios del grupo me preguntó por qué ese diario se estaba convirtiendo en un fenómeno editorial. Justifiqué el caso sin medir el efecto que provocaría con la siguiente reflexión: “porque recién salen a la calle y aún no tienen compromisos publicitarios. Comentan la realidad tal cual es”, dije. Me costó un dolor de cabeza y tuve que meter violín en bolsa ante otra repregunta inquisidora : “¿A usted, alguna vez lo censuramos?”.
A medida que fueron pasando los años, algunos medios se fueron apartando de la ideología con que nacieron. Se convirtieron en fábricas de dinero. Y usaron como herramienta el apriete, un habitual elemento de torura para torcerle el brazo al poder de turno a cambio de buenos dividendos.
También hay que decir que más allá del Estado benefactor, figuran en la grilla de “amigos” las grandes corporaciones multinacionales. Son los principales anunciantes de los medios y eso provoca una dependencia que termina torciendo el camino de la verdad. Ese sector sabe que los diarios no pueden subsistir con la venta exclusiva de ejemplares y deben recurrir a los anuncios para obtener una ganancia que les permita el equilibrio financiero. Precisamente este es el camino que los condiciona con la verdad, ya que bajo ningún concepto pueden informar sobre cuestiones que puedan perjudicar a sus clientes.
En su manual de zonceras argentinas, Arturo Jauretche puso al descubierto esas metodologías. Las describió señalando que: “El cuarto poder está constituido por las grandes empresas periodísticas que son, primero empresas, y después prensa. Se trata de un negocio como cualquier otro que para sostenerse debe ganar dinero vendiendo diarios y recibiendo avisos. Pero el negocio no consiste en la venta del ejemplar, que generalmente da pérdida. Tiene que ver con la publicidad. Así, el diario es un medio y no un fin, y la llamada “libertad de prensa”, una manifestación de la libertad de empresa a que aquella se subordina, porque la prensa es libre sólo en la medida que sirva a la empresa y no contraríe sus intereses”.
Aunque en gran parte del conjunto de medios predomina el color oscuro de las tintas monopólicas, hay diarios que preservaron su historia, librando grandes batallas con el poder de turno para poder subsistir. A esos no les caben los reproches que enumeré.
Difícilmente el lector pueda leer estas líneas en un día como hoy en algún diario “independiente”. Menos en las columnas de los que enarbolan en su letra editorial el escudo de “prensa libre”. Algunos pidieron perdón por haber sido complacientes con la dictadura militar. Pero aún no se ha encontrado un mea culpa profundo del verdadero papel que jugaron los medios en las épocas más duras, donde las libertades eran cercenadas de manera cotidiana. Mi homenaje entonces en este día para los colegas que se han jugado para continuar este ejercicio permanente de abnegación. Demuestran a diario que a la prensa se la defiende siendo de una sola manera, sosteniendo sus principios básicos y no tratando de simular lo que no se es.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com. Si querés consultar su blogs, podés dirigirte al sitio: Jorge Joury De Tapas

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