La Argentina está a pocos días de terminar un 2018 de «tormentas sucesivas».

 

 

Por Jorge Joury*

 

 

Así lo resumió el propio Mauricio Macri pocos días atrás, durante la despedida de fin de año en la Casa Rosada, con un Papá Noel a su lado con cara de desnutrido. Las redes sociales estallaron de memes y comentarios que resaltaban el impacto de la crisis en el icono navideño al notarlo “flaco”, “desgarbado”, “triste”, “deprimido”, “con hambre” y muchas variantes más. El actor se llama Horacio Vay, y relató: “Con Macri no tuve ningún contacto más que darle la mano. No comulgo con él, no lo voté”, y contó: “Me vieron ahí y me propusieron ser el Papá Noel del brindis presidencial, pero pensé que me estaban haciendo una joda”.

«Tormentas» y «turbulencias» son las dos formas más elegidas por Macri y su equipo para definir el año económico. Para el resto de los observadores, es el peor ejercicio financiero que se tenga memoria desde 2002. Lo distintivo fue:el fuerte incremento de las tarifas de los servicios públicos, los pasajes y los alimentos, en un contexto donde se comenzó a desarmarse el esquema de subsidios y el dólar avanzó un cerca de un 100% en 12 meses.

El FMI avaló un programa diseñado por Hacienda, que dejó a la Argentina sin resto y disparó el riesgo país. Y ya hay 180 mil desocupados más que hace un año, además de 2 millones de nuevos pobres. Y por si fuera poco, el Observatorio de la Deuda Social, que depende de la UCA, acaba de señalar que el porcentaje de chicos en hogares con problemas «severos» para alimentarse pasó del 9,6% al 13%. Significa un aumento del 30%. Quiere decir, que de un millón cien mil se pasó a un millón y medio de pequeños que padecen situaciones de hambre.

Nadie duda a esta altura del almanaque, que con el riesgo país superando los 830 puntos y titilando ante el mundo la luz roja del peligro de un default, el panorama difícilmente pueda mejorar en el corto plazo.
Sin embargo, el Gobierno sostiene que después del segundo trimestre del 2019 la gente empezará a ver una mejora en sus bolsillos. Es una suerte de sueño electoral. Pero en este contexto, ninguna apuesta es segura. No obstante, la dirigencia política quiere aprovechar esa debilidad del oficialismo y comienza sus ritos de alistamiento electoral. Lo que está en juego es considerable, y quien pierda, perderá mucho más que unas simples elecciones para sentarse a esperar la siguiente.

A la incertidumbre electoral también es necesario sumarle los crecientes temores a un virtual default, por tres motivos. El primero, es que el país actualmente está en default técnico, puesto que no cuenta con los recursos suficientes para continuar pagando la deuda por sí solo. Si todavía no se entró en default formalmente es por la ayuda del FMI. El problema es que dicha ayuda desaparecerá prácticamente en 2020, despertando dudas sobre el futuro. Segundo, así como no se sabe cómo seguirá pagando la deuda el país en 2020, también es un signo de interrogación quién gobernará o si habrá si quiera la voluntad de seguir pagando. Por último, muchos temen que el Gobierno para no perder las elecciones comience a gastar de más, no cumpla con el déficit cero y por ello el FMI le retire la ayuda, desencadenando así el default tan temido.

El macrismo está mucho más preocupado por los problemas de la gestión económica, esperando que los días que quedan de diciembre sean de tranquilidad social. Pero es poco probable que vengan tiempos de paz financiera. Al aumento del riesgo país se le suma la suba de la tasa en Estados Unidos. Esos datos prometen profundizar la recesión imperante poniendo en riesgo el déficit cero. Otro problema pendiente, es la necesidad de tener que aplicar otro torniquete tarifario en plena campaña, como recomendó la directora del FMI, Christine Lagarde. Hay que señalar además que nadie, ni siquiera defensores más ortodoxos del oficialismo, se oponen a la idea generalizada sobre la impericia económica del Gobierno para salir del pozo.

EL AÑO DE LA HELADERA VACÍA

La presidencia del ingeniero Macri va a pasar a la historia como un Gobierno desparejo, con éxitos interesantes –y muy necesarios- en la lucha contra el narcotráfico, en la libertad de opinión, y en la gestión de la obra pública. Pero va a ser más recordado como la gestión que volvió a sobrendeudar al país, que desbarrancó en materia inflacionaria, y que volvió también a poner nuestra política económica bajo la tutela del FMI, algo que todos creíamos que era un “paisaje económico” al que nunca volveríamos, dado lo doloroso de la experiencia atravesada en la crisis del 2001 y su resolución.

Las restricciones económicas son de enorme proporción. Ya es público y notorio que la Argentina es una picadora de carne que ha sometido hasta el agotamiento a presidentes de todo origen político. Macri tiene un enorme desafío: debe superar antes que nada el riesgo Macri para convertirse en el primer presidente no peronista que termine su mandato completo. Y, si llega indemne hasta ese puerto, tal vez esté en condiciones de intentar la aventura todavía lejana de un segundo mandato.

Frente a este escenario, el 2018 quedará seguramente en la historia como el año de la heladera vacía, en el que la Argentina sufrió la crisis que no debería haber ocurrido. Si bien es cierto que las crisis no piden permiso para irrumpir, era impensable un año atrás que podíamos sufrir una suba del tipo de cambio de más del 100%, un fuerte aumento de la inflación por encima del 48% anual y que el PBI iba a caer un 2,5%. Hay que decir que la dureza de la crisis cambiaria superó hasta los pronósticos más pesimistas.

Considerando datos sólo hasta septiembre, lo más evidente fue la pérdida de poder adquisitivo de casi 14 puntos porcentuales (teniendo en cuenta que la inflación acumulada llegó ese mes a 32,5% y los salarios, al 18,6%).

De confirmarse el pronóstico del mercado, también habrán perdido contra la inflación el Salario Mínimo, Vital y Móvil (+27,5% en 2018) y las jubilaciones (+29%).

Además, Argentina ostenta otro récord. Es el país emergente que más deuda pública en moneda extranjera ha emitido desde diciembre de 2015 a la fecha, superando a China, Arabia Saudita, República de Corea, Rusia y Turquía.

En total, y según datos oficiales, hasta el momento el Tesoro Nacional ha emitido deuda en moneda extranjera por u$s 60.464 millones, a lo que se le adicionan las Letes en dólares por un stock de u$s 13.724 millones y el préstamo stand-by agreement acordado con el FMI por hasta u$s 56.300 millones.

 

PROMESAS QUE SE DILUYERON

En este contexto, con semejantes niveles de deuda heredada y con un riesgo país por encima de los 830 p.b., existe una fuerte incertidumbre en torno a cómo logrará financiarse el próximo Gobierno.
A tres años de la asunción de Mauricio Macri, la mayoría de sus promesas quedaron por el piso y ya se evidencia el rotundo fracaso del modelo de valorización financiera, con un altísimo endeudamiento externo e interno y una reprimarización de la economía impulsada desde su precario modelo, tal como hoy lo ve un amplio sector de la sociedad.

Lo bueno de este Gobierno es que las estadísticas no se tapan como el pasado. Pero la pesada herencia que recibirá la próxima administración será de dimensiones desconocidas en democracia y una verdadera bomba de tiempo en lo que hace a la cuestión de la sustentabilidad de la deuda externa.

El gobierno de Cambiemos no sólo coloca al país en una situación frágil e inestable en el cuadro macroeconómico y financiero con niveles inflacionarios por las encima del 48% medido internaual para 2018 sino que deja una economía reprimarizada y en recesión consolidada. También se observa en el mapa un mercado interno destruido y con recesión agravada, una devaluación acumulada del 288% y niveles de pobreza en torno al 33%.

 

UNA DE CAL Y OTRA DE ARENA

Es importante poner en el centro de la escena que nadie, ni siquiera los defensores más ortodoxos del oficialismo, se oponen a la idea generalizada sobre la impericia económica del oficialismo.

Ahora habrá que poner la lupa sobre la marcha de la economía durante el año próximo. Allí pesarán tanto los resultados de las encuestas electorales, como la evolución de la economía real que a diferencia de la esfera financiera, demora bastante tiempo en generar la información, pero que difícilmente traiga buenas noticias para el Gobierno por lo menos en el primer semestre.

Con una honestidad brutal, el economista macrista Carlos Melconian reveló que: «No se puede ganar una elección en 2019 con una economía así».
Macri, como alguna vez tuvo que hacer Cristina de Kirchner hacia el final de su mandato, tiene entre sus desafíos mantener a sus propios votantes en el redil y convencer que la mejora tras la crisis llegará, aunque sea con datos débiles al menos antes que termine la campaña. Cuenta a favor, por ahora, que el peronismo está desparramado y no logra mostrar una candidatura unificada y que Cristina de Kirchner, sin representarlos a todos, aun es la única cara que se muestra en carrera.

 

LA LLAVE PARA LA REELECCIÓN

El problema es entonces si esa vidriera le alcanzará al Presidente para armar una oferta que lo lleve sin problemas a la reelección. Y para eso Cambiemos tiene 300 días. Es un plazo en el que deberá convencer que aprendió de las decenas de errores que se cometieron en los primeros tres años de Gobierno y, además, que puede demostrarlo.

Dos actores centrales estarán mirando ese proceso. En primer lugar está el votante de Macri de las elecciones 2015 y 2017 que creyó hasta enero-marzo de este año que el país realmente estaba saliendo de la postración y aislamiento económico al que lo sometieron los 12 años kirchneristas y cayó luego en una duda difícil de remontar.

Muchos de esos votantes vieron como el Gobierno incumplió una larga lista de promesas electorales que van desde no haber bajado la presión tributaria sobre los salarios, hasta fallar en el combate contra la inflación, que es el motor primero de las desgracias económicas de la Argentina y que, muchos macristas interpretan, fue una batalla descuidada y hasta con algún componente doloso de por medio. Ese fuego fue alimentado por una suba irracional del gasto público que terminó recordando a los peores índices de la administración económica de Cristina de Kirchner. Ningún votante de Cambiemos quiso ver nunca esa foto pero el Gobierno en su impericia lo puso en el espejo.

 

EL AJUSTE MAS COSTOSO

Ese mismo votante, en su mayoría de clase media, fue el que soportó estoicamente el esfuerzo inicial que implicó la suba de tarifas entendiendo que no podía el país seguir subsidiando el equivalente al 85 % de la energía que consumen sus ciudadanos, un récord delirante que solo los venezolanos pueden empardar y que el kirchnerismo, aún hoy quiere mostrar como una virtud. No fue fundamentalmente el esfuerzo en los bolsillos de la clase media lo que denotó la desconfianza, sino ver que el cambio prometido (en algunas áreas con pie de barro) terminaba incendiándose en la hoguera de una devaluación que el mercado le hizo al Gobierno, como siempre sucede cuando las medidas no las toman a tiempo los gobernantes.

El ajuste a destiempo, siempre es más costoso.Haberlo esquivado desde el 2015 cuando la fuerza de los votos y la herencia recibida hubieran permitido un recorte lógico y gradual fue el comienzo de todos los problemas. Los especialistas sostienen que el gradualismo fue la madre de todos los errores que derivó en la devaluación de 100 % y el pedido urgente al FMI de u$s 57.100 millones en dos negociaciones cortando clavos.

Además, Argentina va a convivir con el riesgo país alto durante todo el año próximo. Ya califica entre las naciones de mayor riesgo, después de Venezuela. El BCRA fue este año el que más devaluó su moneda después del régimen de Nicolás Maduro. La propia estrategia electoral de Cambiemos asegura un piso y la situación económica tampoco garantiza nada.

El “ riesgo país” va a seguir alto por tres cuestiones clave. Primero, la inestabilidad internacional que genera el “efecto Trump”. El lote de economías financieras como la Argentina, Ecuador o Ucrania tienen indicadores de 800 puntos. El “efecto Durán Barba” de polarización le da aire a las aspiraciones de Cristina y de su populismo. El JP Morgan -en un informe reservado para sus clientes- dice que también genera inestabilidad el 2020.

 

DIEZ MESES PARA CAMBIAR LA HISTORIA

Otro de los fracasos de estos tres años es el no haber logrado la lluvia de inversiones. Y ahora tampoco sucederá hasta que Macri no demuestre no solo virtudes económicas sino también que el próximo Gobierno no estará liderado por Cristina de Kirchner. El miedo allí es lineal. Si hoy Argentina solo tiene ayuda de gobiernos como el de Donald Trump, es porque el mundo financiero está a la espera. Macri cuenta a favor que ningún peronismo que no sea K logró meterse aun a llevarse rentabilidad de esta crisis. Sergio Massa no pudo hacerlo, tampoco los gobernadores que fueron bien alimentados por el Gobierno.

Sin embargo, la principal carta electoral a favor del Gobierno no es económica ni está en su poder. La tiene Cristina Fernández de Kirchner con su decisión de volver a competir. Es una carta que hasta hace unos meses garantizaba la victoria del macrismo, pero que con el correr de la crisis dejó de ser una segura carta ganadora.
Macri pidió a la sociedad ser juzgado por su desempeño contra la pobreza. Ya nada bueno ocurrirá para las mayorías en 2019. Pero los economistas más duros creen que los efectos destructivos del programa económico se agravarán o se sostendrán, en el mejor de los casos. Macri tiene diez meses para revertir la situación. Para esto necesitará mucha más de una buena gestión y un cambio de suerte. Deberá tener una eficacia única y extrema en la toma de decisiones económicas para timonear el país, una virtud que, hasta acá, no pudo demostrar.

 

 

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com. Si querés consultar su blogs, podés dirigirte al sitio: Jorge Joury De Tapas.

Carolina Bisgarra