El día que Rucci me reveló que Montoneros querían desplazar al general Perón del poder

Compartir

A 44 AÑOS DEL CRIMEN QUE SACUDIO AL PAIS.- *Por Jorge Joury

Comentan que Perón prorrumpió en un llanto silencioso, difícil de describir. Fue durante aquel 25 de septiembre de 1973, al enterarse que habían asesinato a José Ignacio Rucci, el líder sindical, al que quería como a un hijo. No es para menos, Rucci se había inmortalizado en la historia con aquella foto cuando lo protegió de la copiosa lluvia, al descender la escalinata del charter que lo trajo del exilio. Fue la postal inolvidable de esa mañana lluviosa del 17 de noviembre de 1972. El destino me otorgó el privilegio de haber estado ese día en Ezeiza y luego de entrevistar a Rucci, unos meses antes del atentado con que la organización Montoneros, inexplicablemente le tendió la peor de las trampas, para quitarle la vida. Aquellos 23 disparos que penetraron en el cuerpo diminuto de Rucci, no sólo lo mataron, sino que significaron para Perón una puñalada en el corazón.
Rucci había nacido en la localidad de Alcosta, en Santa Fe, el 15 de marzo de 1924 y comenzó su carrera gremial en la fábrica siderúrgica SOMISA, de San Nicolás de los Arroyos-Ramallo. En 1960 asumió la Secretaría de Prensa de la UOM (Unión Obrero Metalúrgica), acompañando a Augusto Timoteo Vandor (asesinado en 1969), Paulino Niembro, Avelino Fernández y Lorenzo Miguel.

Cuatro años después, fue designado interventor en la seccional San Nicolás donde luego fue secretario general.

Era un hombre de una lealtad ciega y uno de los soportes en el que se asentaba el plan de Perón para recuperar al país y motorizar la economía. Los disparos que nublaron aquel mediodía cálido y soleado del 25 de septiembre de 1973, fueron el preludio de que se avecinaba en el país la violencia más sangrienta que se recuerde.

Unos meses antes de esa tragedia me entrevisté con Rucci. Tuve que pasar por siete puestos de control en el edificio de la UOM, hasta llegar a su despacho. Quienes lo custodiaban, eran hombres de civil armados con Itakas, preparados para la guerra.

Rucci me confesó que nunca dormía en el mismo domicilio y que alternaba con su familia, porque sabía que lo estaban siguiendo y no quería ser blanco fácil para la guerrilla. La guerra entre la izquierda y el sindicalismo ortodoxo, ya estaba declarada.

En el despacho de Rucci había colgado un gran cuadro del general Perón, ataviado con gorra y uniforme, montando aquel caballo pinto, una foto que hizo historia y que aparecía en muchos hogares peronistas.

Con una campera negra característica, (algunos lo llamaban “José Campera”) Rucci me reveló aquella vez con la acidez que lo caracterizaba que: “los montos lo quieren cagar al general. No son peronistas, son zurdos que vienen a quedarse con el poder y no se lo vamos a permitir. A Perón lo vamos a defender nosotros, los obreros. El movimiento sindical, es históricamente la columna vertebral del justicialismo. Ellos no han comprendido la doctrina del general y se abrazan más al marxismo”.

Rucci tenía plena conciencia de los riesgos que corría su vida. “Sería una tontería decir que no me preocupa. Pero de ahí no pasa. Yo tengo una obligación que me impide poder detenerme”, respondió el hombre de confianza de Perón que adjudicó las amenazas que constantemente recibía, al hecho de ser ” el secretario general de la CGT, peronista y consecuente con Perón.Tampoco he sacado diploma de cobarde. Pero tengo un solo temor: no ver las caras de los asesinos”.

A 44 años de su muerte, hay que decir que el asesinato de Rucci significó la antesala del infierno, en un país que inexorablemente era empujado al abismo por el aire irrespirable de la fractura ideológica y las armas.

Argentina venía de soltar amarras de una larga dictadura militar. Después de casi dieciocho años de exilio, Perón regresó al país en noviembre de 1972 y con él se abría la esperanza de un tiempo más próspero. Había designado un candidato, al dentista Héctor Cámpora, triunfante en las elecciones del 11 de marzo de 1973 y a quien llamaban “El Tío”. Cámpora luego fue desplazado del poder por el propio Perón, que lo acusaba de simpatías con la izquierda peronista encarnada por la guerrilla Montoneros.

También hay que decir que el regreso definitivo de Perón al país, el 20 de junio, había terminado en la masacre de Ezeiza. Tiempo después, las elecciones del 23 de septiembre habían consagrado al caudillo emblemático presidente y a su mujer, María Estela Martínez, vice. Perón quería terminar con las divisiones, los males y la crisis.

Pero en aquel momento nadie comprendió que su salud estaba muy deteriorada y que había venido a morir a la Argentina, no sin antes poner en marcha un sueño de reconciliación nacional. Todos en su entorno sabían que sus días eran contados, su mujer, sus médicos, algunos dirigentes sindicales, los jefes militares y, sobre todo, los líderes guerrilleros que abrigaban la idea de instalarse en el poder.

Dos días después de llegar a la Casa Rosada, Perón recibió la peor de las noticias, lo cual debilitó sus defensas. En horas del mediodía frente a una vivienda de la calle Avellaneda 2953, en el barrio de Flores, Rucci recibió 23 balazos en el cuerpo. Fue durante un operativo guerrillero planificado con absoluta precisión militar. Salía de una casa donde pasaba algunas noches e iba rumbo a Canal 13 para grabar un mensaje al país tras el triunfo electoral peronista, en el que diría: “Sólo por ignorancia o por mala fe se puede apelar a la violencia, a veces rayana en lo criminal, en un clima de amplias libertades”.

La acción comando que paralizó el pulso del país, denominada “Operación Traviata” y descripta por la publicación de montoneros Descamisados dio cuenta que : “Desde la vereda de enfrente, le fueron arrojadas varias granadas, de las cuales una, al menos, no habría explotado. Tras las granadas, Rucci y Ramón Rocha -un guardaespaldas que llegó con él desde San Nicolás- se parapetaron detrás de la puerta abierta del automóvil. Entre tanto, desde la casa en venta de Avellaneda 2951, a través de un agujero efectuado al cartel del primer piso, se le efectuaban los disparos que le ocasionarían la muerte”.

Rucci no era un sindicalista rico. Todo lo contrario. Muchos años después de su deceso, el histórico decano de los intendentes peronistas, el lanusense Manuel Quindimil, me confió que él ayudaba económicamente a la familia, porque Rucci vivía con lo justo.

El crimen de Rucci fue un error histórico que Montoneros pagó con creces. Fue el mismo Perón el que los echó luego de Plaza de Mayo, llamándolos “imberbes”. Y para ratificar su pertenencia, aquella jornada reivindicó al movimiento obrero “como el soporte principal del Movimiento Nacional Justicialista”. Rucci era un tipo frontal, duro y opuesto a cualquier idea de izquierda. Es más, algunos de sus guardaespaldas eran sospechados de estar vinculados a grupos parapoliciales. Tampoco le temblaba el pulso para enfrentarse con sindicalistas más progresistas, como el cordobés, Agustín Tosco. Más allá de todo, amigos y enemigos le admiraban la lealtad a Perón. Cuenta la leyenda, que el viejo caudillo lo quería como a un hijo.

En 2012, el juez Ariel Lijo determinó que: “Las evidentes deficiencias de las etapas iniciales de la investigación impidieron establecer la materialidad concreta del hecho” y que “se logró descartar la participación de miembros de la denominada Triple A y, además, se estableció la posible responsabilidad de miembros de Montoneros en el homicidio” descartando que el hecho sea delito de lesa humanidad y por consiguiente, imprescriptible.

Sin embargo, por la apelación de su familia, en 2013 la Cámara Federal ordenó reabrir la investigación al considerar que el cierre de la causa era “prematuro”.

Ya entrado este siglo, algunas versiones afirman que el plan de Montoneros fue un operativo que llevó adelante FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), un grupo guerrillero de filiación marxista que impuso a la guerrilla peronista parte de su ideología, su espíritu y aparato militar. Montoneros nunca pudo reponerse del desprestigio que le provocó el asesinato de Rucci.

Meses después, el primero de julio de 1974 también se apagó la vida de Perón, visiblemente amargado por este hecho. Tras ello, el país se deshilachó en la larga noche de la dictadura militar más sangrienta de la historia, con la llegada de los años de plomo.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com.

Compartir

Comentarios