Fallo histórico para un caso atroz de violencia de género

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*Por Jorge Joury

Seguramente los jueces del Tribunal 1, Juan José Ruíz, Carmen Palacios y María Isabel Martiarena, harán historia como los que pusieron en un molde ejemplar la pena contra el autor de uno los casos más aberrantes de violencia de género ocurrido en La Plata. Una pena de 37 años de cumplimiento efectivo, además de ir pensando lo que le espera a un violador en la cárcel, son motivos más que suficientes para que el disc jockey e ingeniero en sonido, Jorge Christian Martínez Poch, conocido como “El Conde”, vaya imaginando el futuro sombrío que le aguarda tras los muros. Tal vez tenga razón su ex novia, Vanessa Rial, cuando reaccionó tras el fallo con un “ahora este monstruo se pudrirá detrás de las rejas y voy a empezar a salir de la pesadilla”. Sus abogados quisieron hacerlo pasar por inimputable, pero el tribunal determinó que Martínez Poch era consciente de la criminalidad de sus actos. No es para menos, violó a sus dos hijas cuando eran pequeñas, luego a su ex pareja y a todas, las sometió a los más aberrantes tormentos. En algunos pasajes del veredicto, los magistrados entendieron que los abusos de Martínez Poch “alteraron el normal desarrollo y madurez” de sus hijas. En el caso de una de ellas, lo vivido le provocó “un grave daño para la salud mental”. Se cierra así, uno de los capítulos de horror más impactantes de la violencia de género a nivel local. No obstante, hay matices repudiables de la última jornada del juicio que marcan de cuerpo entero la psicopática personalidad del condenado.

SONRIENTE Y DESAFIANTE

El DJ escuchó con calma la lectura del veredicto condenatorio, en tanto los familiares y amigos de las víctimas mantuvieron la calma. Lo hicieron inclusive frente a las caras y señas desafiantes que durante más de media hora hizo Poch. En varias oportunidades se lo vio sonriente, desafiante, mientras escuchaba los argumentos de un fallo que hacían prever el peor final para él. Es más, en un momento guiño el ojo a una mujer que se encontraba en la sala. Pero el instante de mayor tensión, se originó cuando Martínez Poch hizo “fuck you” a alguien de la sala. Pese a la provocación, los presentes mantuvieron la cordura, que sólo se rompió con el anuncio final de la condena, cuando estallaron en gritos y festejos de alivio. “Es un fallo ejemplar. Voy a empezar a vivir. Es el día más feliz de mi vida, después de tres años. Es un volver a empezar, repara todo”, señaló Rial. La abogada, que se acercó a felicitar al juez del tribunal platense Juan José Ruíz, valoró su actuación y dijo que tiene que ser “un ejemplo” para que “antes de abusar, golpear y violar se acuerden de este tribunal”. Y comentó: “Ahora voy a tratar de formar una familia, porque no estuve más con un hombre” desde 2013.

UN DICTAMEN EJEMPLIFICADOR

En su dictamen, en el juicio que se inició a comienzos de este mes, el Tribunal Oral en lo Criminal 1 de La Plata tomó en cuenta, además de los dramáticos testimonios de 40 personas y las pruebas acumuladas, la Ley de Violencia de Género y la Convención Universal de los Derechos del Niño. Durante la lectura del fallo, por parte del juez Ruiz, se indicó que “luego de analizarlo, se llegó a la conclusión de que el acusado sabía en un 80 por ciento lo que hacía”. Arguyó además, que “tenía la capacidad suficiente para intentar burlar a la justicia. Sus actos estaban planificados y comprendía el daño que causaba”. Hay que señalar que la fiscal María Florencia Budiño había solicitado para el DJ una condena a 40 años de prisión.

El fallo comprendió los delitos de “corrupción de menores agravada por violencia, amenazas, intimidación y vínculo de parentesco en concurso real con abuso sexual, gravemente ultrajante agravado con el vínculo de parentesco y por el grave daño a la salud mental” en perjuicio de sus dos hijas menores de edad, a quienes sometió a abuso sexual y malos tratos a lo largo de siete años.

En tanto, también se estableció “abuso sexual con acceso carnal reiterados, agravado por el grave daño en la salud mental y por haberse cometido por dos personas cuanto menos en un hecho en concurso real con privación ilegal de la libertad agravado por haberse logrado el propósito perseguido”, en perjuicio de Vanessa Rial.

UNA HISTORIA DE HORROR, GOLPE A GOLPE

La historia de Vanessa Rial (41) y Jorge Martínez Poch (53), transcurrió desde el vamos por andariveles violentos. Los dramáticos entretelones de esta historia afloraron en carne viva durante las audiencias. A los pocos días que se conocieron en un bar de La Plata durante el 2013, él la tiro de la moto, la arrastró por el asfalto, le quebró la muñeca y le desfiguró el ojo izquierdo de una trompada. Poch, un ingeniero en sonido, extremadamente celoso y ella, abogada, egresada de la Universidad Católica, fueron a vivir juntos. Ella no pesaba más de 50 kilos y lucía un pelo negro largo. Durante dos meses, Poch la golpeó y después la curó con hielo, la lavó con lavandina y la maquilló, para que estuviera bella en público. Pero eso no es todo. La desnudó y la sacó al pasillo del edificio, la obligó a tener sexo con sus amigos y le hizo tomar su orina, como un modo de sellar un pacto entre “almas gemelas”. Vanessa lo denunció seis veces en diferentes lugares, pero la justicia no hizo nada. Sólo cuando su papá y los vecinos denunciaron que estaba secuestrada, fueron a buscarla. Se encontraron entonces frente a un cuadro de cautiverio atroz.

EL PERFIL DE UN PSICOPATA

Martínez Poch, por entonces, colgó en su perfil de Facebook frases dedicadas a Vanessa como: “Te amo, te extraño, somos los dos iguales”. “El Conde”, como lo llamaban sus amigos de la noche, tiene cinco hijos, pero no veía a ninguno. Antes de conocer a su novia, ya contaba con una foja oscura de hombre violento, con 16 denuncias por mal trato contra otras parejas y dos órdenes de restricción que le prohibían acercarse a dos de sus hijos.

Aún siendo abogada, Vanessa no pudo salir sola de la pesadilla que la invadía. Esto marca a las claras, que la violencia de género no distingue de niveles socio-culturales. “El día que me tiró de la moto vino la policía y yo les dije que no pasaba nada, que estaba todo bien, no quería problemas. Al día siguiente fui a trabajar vendada y mentí, dije que me había caído”. Eran –no lo sabía– sus últimos días como empleada de ese estudio jurídico. Es que, cuando su jefe empezó a llamar para ver por qué no iba, el que atendía era él: “Vanesita está descompuesta”, decía. Hasta que se quedó sin trabajo.

El relato que hizo la mujer es estremecedor. “En esos primeros diez días se enojaba, nunca supe bien por qué, y me sacaba al pasillo a los golpes, desnuda, y cuando veía que me podía ir me volvía a meter de los pelos. Lo hacía adelante de los vecinos y me gritaba ‘negra de Los Hornos’, ‘negra de mierda’. Los vecinos venían a cada rato, a veces a traerme comida. Yo creo que era una excusa: se acercaban para ver si estaba con vida”.

“LA NOCHE EN QUE ME MATO A PALOS”

Pero el ataque del 6 de septiembre del 2013 fue el más brutal que sufrió Vanessa. “Ese día me pegó tanto que me fracturó el tabique y las costillas. Me dejó bañada en sangre. Así que me fui a Monte, cerca de Cañuelas, no me podía quedar en esa casa. Pero él no paraba de llamarme por teléfono, hasta que terminé rompiendo el chip y ahí enloqueció. Empezó a llamar a mis viejos a las 5 de la mañana y a amenazarlos de muerte. Al día siguiente, salí a la calle, escondida, y baja un tipo de un auto de alta gama, me pone un arma en la cabeza y me quiere hacer entrar al auto”. Vanesa logró zafarse y fue a hacer la denuncia a la Fiscalía de Cañuelas: era la tercera. Como nadie hizo nada creyó que iba a matar a sus padres y terminó accediendo: le dijo que fuera a buscarla.

Las otras denuncias también habían quedado en la nada. La que hizo en la Defensoría pública de la Provincia de Buenos Aires, en una Comisaría de la Mujer de la provincia, en el Juzgado N° 5 de Familia y en la Fiscalía N° 11.

Vanesa volvió a la casa de él, en la calle 23 entre 58 y 59, en La Plata. “Salimos a comer y a la noche me mató a palos. Después tuvimos relaciones, me hizo tomar su pis y se tomó el mío, porque decía que éramos almas gemelas y teníamos que intercambiar fluidos. Entonces íbamos a ser felices nosotros dos y el bebé que decía que íbamos a tener. Me succionaba los pezones tan fuerte que me sacaba líquido, cuando yo nunca fui madre. Después iba al baño y me lavaba con lavandina y se quedaba pintándome las uñas, maquillándome, para que esté arreglada y linda y poder salir a cenar con él”. Mientras tanto le inyectaba Dioxaflex por los golpes, y le daba Rivotril, somníferos y ácido fólico “para tener bebés sanos”.

EL SEXO A LA VISTA DE TODOS
Hasta en el sexo, Vanessa vivió expuesta a las calamidades más obscenas, ya que la mayoría de las relaciones eran por la fuerza. “Me llevaba a un boliche y teníamos sexo delante de todos, en la pared, en un sillón o en un baño. Nadie nos decía nada porque él conocía a todos. También me hacía tener sexo con sus amigos. ¿Cómo podía salir de toda esa mierda? Si a vos te llevan al baño, te meten el miembro en la boca y sentís que empieza a salir orina, o te lo tragas o te mata. Después se hace un hábito: hoy te toca tomar pis, mañana otra cosa”.Los acontecimientos se desencadenaron un lunes, cuando hacía cinco días que Martínez Poch a Vanessa no la dejaba tener contacto con nadie. Le sacó el celular y la puerta no tenía picaporte. Llegaron entonces ocho policías de la DDI de La Plata. Cuando ella los vio les juró que no pasaba nada. “Creí que me iban a tomar declaración y me iban a dejar sola otra vez con él”, dijo. Pero no, eran su carta salvadora. Llegaban no por sus denuncias, sino por la de su papá. Se la llevaron por la fuerza, cuando vieron las carabinas, los rifles de aire comprimido, las marcas de los cuchillazos en la puerta y los moretones. El DJ quedó detenido entonces por privación ilegal de la libertad agravada, pero la amenaza quedó en el aire, espesa: “ Me dijo que me iba a matar cuando saliera libre”.
Luego de conocer el verdicto, Vanessa se abrazó con familiares y amigos para festejar el fin de la pesadilla. Al fondo de la sala, Martínez Poch esposado era conducido al lugar donde seguramente pasará el resto de sus días en compañía de su propia sombra. La violación, es un delito que en el código carcelario se paga muy caro.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com.

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