Fue pibe chorro y cuenta su dramática historia: “Creen que si dejás de robar es porque se te enfrió el pecho”

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A los 14 cayó preso por primera vez, y con un balazo. A los 15, los balazos fueron 5. Un año después volvió a caer y salió a los 21. Hoy escribe libros y dirige películas.

Por Eduardo Anguita
Por Daniel Cecchini

César nació en la villa Carlos Gardel de Morón. Terminó la primaria a los 14 sin repetir y con buenas calificaciones. Sin embargo, durante su infancia, la madre pasó unos años en la cárcel y tuvo que hacerse cargo de sus hermanos menores ya que la abuela salía a la mañana a trabajar y volvía a la noche.

Justo a los 14 cayó preso por primera vez, y con un balazo en el estómago. A los 15, los balazos fueron 5. A los 16 volvió a caer y salió a los 21.

Desde entonces no consume cocaína, no roba, incluso no toma alcohol ni come carne. Sin embargo, César dice que, en muchos aspectos, es el mismo, que el cine y la literatura lo afianzaron en una identidad villera y de denuncia del sistema. Sus libros y sus películas le permitieron viajar a festivales en Europa y tomar contacto con otras realidades que ni soñaba conocer de pibe.
Operativo en la villa Carlos Gardel (Télam)
Operativo en la villa Carlos Gardel (Télam)

Vive con su mujer, también de origen villero, a quien conoció en la Facultad de Filosofía y Letras cuando iba a vender la revista Todo piola, que él mismo editaba y hacía la venta ambulante. Todavía no cumplió 30 y parece haber vivido muchas vidas.

-La participación más importante en mi primera película es la de mi mamá. Con ella no me costó mucho lograr que actuara de ella misma, en primer lugar porque a ella siempre le gustó el cine y creo que parte de la chispa que tengo por el cine me la inició ella cuando éramos chicos.

César González tiene 29 años y su madre, Nazarena, ahora tiene 46. La primera película de César se llamó Diagnóstico Esperanza, y Nazarena hace de Nazarena en la vida real. Es un thriller, donde algunos actores interpretan a policías aunque en la vida real no tengan simpatía por los policías. Otros, actúan de lo mismo que hicieron en sus vidas: pibes chorros. En Diagnóstico Esperanza no hay buenos. Es cruda y, como toda crónica social de la marginalidad, por momentos ahoga, no da tregua.

-Mi mamá estuvo presa. Salió cuando yo tenía 10 años. Le gustaba jugar con nosotros al cine, nos hacía actuar… pero de ahí a creer que me dediqué al cine por eso hay un abismo de distancia. Hoy puedo decir que de modo inconsciente o indirecto, hay una relación.

Nazarena estaba presa en la Unidad 33 de Los Hornos y el primer contacto de César con la cárcel fue ir a ver a su madre algunos fines de semana.

-Pese a mis 10 años yo sabía todo. Sabía por qué había caído presa, sabía en qué andaba… Yo vivo en una villa donde el pasillo de mi casa da a una avenida. Y cuando termina la villa es otro mundo. Y en esa avenida se robaba mucho. Conocía a los que iban a robar. Yo de chico ya estaba familiarizado con ese mundo marginal, la delincuencia, el mundo de la muerte, de los tiroteos. Es imposible que te aísles de eso. Aunque te encierres, en la religión o en tu trabajo, ese mundo te llega igual. No hubo nada de sorpresivo en el hecho de que mi mamá haya estado presa.

La madre presa

César González se sienta a almorzar con los cronistas en un bodegón de Villa Crespo y aclara al camarero que no come carne. Es casi obligado pensar cuántas cosas pasaron en su vida para que un buen día haya decidido ser vegetariano. Pide un agua saborizada y unos canelones de humita. Mientras da los primeros bocados habla de su vida.

-Tuve una infancia muy dura. Cuando mamá estaba presa en Los Hornos, mi abuela Genoveva se ocupaba de mí y de mis hermanos. En ese entonces éramos cinco, ahora somos nueve. Tuve que hacer de padre, pese a la edad.

César sabe quién es su padre biológico y tiene un recuerdo muy duro de él: le pegaba a su madre. Con el tiempo, además supo que antes de que él naciera, Nazarena, cuando tenía 16 años, perdió un embarazo de cinco meses por los golpes que le propinaba quien era su compañero y luego padre de César y de algunos de sus hermanos.

Cuando Nazarena cayó presa, César tenía 10 años y no dejó de ir a la escuela. Además, se ocupaba de que sus hermanos también siguieran con los estudios. La abuela Genoveva, mientras, salía temprano y volvía tarde para hacer lo que hizo casi toda la vida: limpiar casas de familia.

–Se jubiló hace poco, con la mínima. Gracias a la inclusión jubilatoria del último tiempo de Cristina. Ella no había aportado porque siempre la habían tenido en negro. Había llegado de Salta al conurbano, y desde chica trabajaba. Durante unos años había trabajado en una fábrica pero tenía un recibo de sueldo con lo mínimo y le pagaban en negro el resto. Casi 50 años trabajó.

César fuma cigarrillos armados, se viste de modo sencillo, usa ropas oscuras y lentes oscuros. Llega al metro ochenta, tiene la tez mate y el pelo negro. Habla de su infancia con orgullo.

-Yo ni sé cómo hice, pero terminé la primaria sin repetir, con buenas notas. Siempre le agradezco a mi abuela que ella me traía los diarios que sobraban de su trabajo. La mayoría de las veces me traía La Nación. A veces me traía fascículos de enciclopedias. Y a mí me encantaba leer. Me pasaba horas.

César salta a otra etapa de su vida.

-Algunos creen que yo descubrí la lectura en la cárcel. Que hubo un libro de Rodolfo Walsh, Quién mató a Rosendo, que me iluminó. Algunos prefieren esas historias, románticas. Pero yo soy lector gracias a mi abuela.

-¿Cuántos años tenías la primera vez que caíste preso?, pregunta Infobae.

-Catorce.

César hace una pausa. Quizá hasta él mismo, pasados 15 años, sienta vértigo de verse preso con 14 años.

-Me agarraron con las manos en la masa. Veníamos de robar un auto y nos cruzamos con un patrullero. Estaba con Abel, otro pibe de mi misma edad. Él está preso desde hace una pila de años. Hace poco nos cruzamos unos mensajes por Facebook. Nos abrieron una causa y quedamos bajo la jurisdicción de una jueza de menores de Morón, la doctora Clementina Landolfi. Nos llevaron al Instituto Abasto, en La Plata. Me fugué al día siguiente…

César se detiene en la narración de su vida para tratar de meterse en la cabeza de Abel, aquel chico del que fue cómplice y ahora tiene una vida tan distinta:

-¿Qué dirá Abel? ¿Se preguntará si soy el mismo? Quizá me vea como alguien distinto… Qué sorpresivo que será para alguien que cayó preso de nuevo y que me ve con otra vida… Sin embargo, de esos pibes yo recibí un apoyo moral que no recibí en otros ámbitos, como el mundo artístico o en el de los medios. Uno mismo se deja llevar por los prejuicios: el prejuicio de que van a decir ¿qué le pasó a este? ¡Ahora se le enfrió el pecho! Porque si dejás de robar es porque se te enfrió el pecho. Pero la verdad es que conmigo fue siempre al revés, me tuve que meter los prejuicios en el orto, porque los mismos pibes siempre me alentaron: “Dale para adelante, qué bueno lo que hacés. Cuidate, tenés que ser…”

César no termina la frase, los cronistas ensayan completarla con “el intelectual que nos represente”, “el poeta de los pibes chorros”… Sin embargo César prefiere dejar los puntos suspensivos, no encuentra las palabras para imaginar cuál es ese calificativo, ese lugar que él puede ocupar en el imaginario de quienes tienen, siguiendo la jerga tumbera, “el pecho caliente”.

-Los pibes me dicen “cuídate”. Y es en serio. Si me los cruzo en el barrio, en una esquina, y están tomando merca, me dicen: “Vos no, vos no”.

Lo mismo, la palabra intelectual le hizo ruido a César.

-Lo de intelectual no quiere decir que sea un careta…

Una generación golpeada

-Fueron quedando muy pocos de mi generación… fueron muriendo. Y los que zafaron, zafaron por intermedio de la religión. Se hacen evangelistas. Es una salvación que, en mi caso, prefiero no salvarme. Porque es una salvación que los hace creer que ahora son buenos y antes eran malos. Los que son como ellos en el pasado son malos, son el diablo. Es una versión de ellos mismos muy pasteurizada. Para rescatarme así, prefiero no rescatarme. Yo les aclaro a los pibes: yo cambié pero sigo siendo el mismo. No miro desde arriba a los pibes. Los miro desde abajo. Los quiero levantar, son los pibes a los que quiero ayudar.

-Cuando decís que quedan pocos, ¿te referís a pibes que conociste en prisión o pibes del barrio?

-A los dos. Mirá, yo nací en 1989. Un año muy paradigmático. La caída del Muro de Berlín y el ascenso del innombrable (Carlos Menem). Yo me crie al calor de los noventas. Con un pasado de dos generaciones de villeros. No era una familia de clase media que cayó en la villa, como hubo muchos. Ya veníamos de un linaje villero… Hubo muchos muertos, también durante el kirchnerismo hubo muchos casos de gatillo fácil…

Hace un respiro, come unos bocados de canelones de humita que, a esa altura, están casi fríos.

-… A mí no me gusta mucho hablar del gatillo fácil porque a mí me importan los pibes que matan y que no son gatillo fácil. La imagen que tienen muchos es “pibes que no andaban en nada y la policía los mató”, “mataron a pibes buenos, que iban a la escuela”. A mí me interesan los pibes que estaban robando. Yo podría haber sido uno de ellos. Cómo no me va a importar. Me estaría negando a mí mismo. Si un pibe muere en un asalto, en un enfrentamiento, no es gatillo fácil.

César va más allá en su razonamiento:

-¡Ya no le importa a nadie siquiera los de gatillo fácil! Bueno, le importa a una porción muy pequeña de la sociedad. ¿Qué queda para los otros?, para los que “se la buscaron”.

Después de la fuga

-Cuando me escapé del instituto me fui a mi casa. Mi vieja me quería matar. Pero yo tenía esa mentalidad de “estoy jugado, no me importa nada”.

-¿Qué quiere decir a los 14 años estar jugado? –pregunta Infobae.

–A los 14 terminé la primaria. Sin repetir un año. Viviendo en la miseria. Cuando caí fue como un click. ¿Para qué sirve estudiar? Si yo sigo en la mala. Estaba en la pubertad, entraba en la adolescencia y quería ir a bailar, no tenía un peso, no tenía ropa, daba lástima. ¿Qué piba me va a dar bola?, pensaba en ese momento. Y cuando terminé la escuela no hubo nadie que me diera una palmada en la espalda y me dijera: “Qué bien el esfuerzo que hiciste”. ¿No es la sociedad de la meritocracia ésta? ¿Qué pasó que a nadie se le ocurrió hacer un seguimiento, insinuarme qué camino podía tomar? Yo tenía resentimiento, sentía que estudiar no servía y quería tener algo material, como quiere todo el mundo. Y ¿cómo podía hacerlo? ¿Trabajando de albañil? Lo intenté. ¿Deslomarme para llegar cansado a la noche por unos pesos? ¡No! Y así salí a robar.

César acomoda los cubiertos sobre el plato casi vacío. Una vez puesto a contar su vida, casi no hace pausas.

–Lo primero que hice con la plata del primer robo, que hice con Abel y nos salió bien, fue comprarme unas zapatillas Adidas baratitas y llevé a comer a tres de mis hermanos. “Salimos a comer afuera”, como se dice, la primera vez. Fue un acontecimiento. Ahora, a la distancia, digo ¡qué absurdo!, ponía en riesgo mi vida y la de otra gente por lograr algo material, por pertenecer al consumismo. Lo veo injusto con esas personas que uno puede lastimar, dice.

Y agrega, casi sin respirar:

-Nadie quiere hablar de las razones de un robo, te quedan las explicaciones de la televisión, de una condena previa. Para mí es una visión fascista. La otra es la romantización. Creo que es necesario entender: yo salí a robar con miedo, mis primeros seis meses como pibe chorro fueron con un arma sin balas, porque en ese entonces no se conseguían fácil. Ahora, con los narcos, la cosa es distinta. Pero la verdad es que la mayoría no tiene interés en saber. En las bandas de pibes, a veces había un solo revólver. No era fácil. Antes del boom del narcotráfico que hay ahora en las villas, no se conseguía un arma así nomás.

Seis balazos

El primer balazo de su vida lo recibió un primero de enero, el de 2005, durante un robo, y casi le cuesta la vida.

– Así arranqué ese año. Fuimos a robar y tuvimos la mala suerte de dar con un policía que estaba de civil. Me tiró con la nueve milímetros y me dio en la boca del estómago. Llegué al hospital con paro cardíaco. Corrí media cuadra hasta que me desvanecí. Me arrastró mi compañero, Gastón, que tenía 13 años. Paró un auto, me subió y llegamos a la guardia. Como hubo un tiroteo, el policía arrancó el auto y se fue. No nos persiguió. Entré al hospital, respirador artificial, me desperté a los cuatro días y no bien me empecé a sentir mejor me quise sacar los cables. Insistí que me dieran el alta. Quedó como que era una bala perdida. No hubo denuncia. Tuve una recaída y me tuvieron que operar de nuevo. Dos semanas después yo estaba choreando otra vez. Y tomando merca de nuevo. Me iba a robar con los puntos puestos, fajados, cuenta.

-¿Sabías manejar armas?, pregunta Infobae.

-Nunca había practicado tiro, no tenía ningún entrenamiento, responde seco, cortante. Como si no quisiera interrupciones que lo saquen de lo que quiere contar.

Tres meses después lo vuelven a balear.
Hospital Posadas
Hospital Posadas

-Fue el 19 de mayo de 2005. Hubo una persecución, desde Caseros hasta mi barrio. Unas treinta cuadras. Iba con Mario, otro pibe del barrio. Mario ya está muerto. Chocamos y cuando bajé recibí una lluvia de balas. Recibí cuatro balazos en la pierna derecha y uno en la izquierda. Creo que no me quisieron matar. Aunque tenía dos tiros que me rozaron en la parte superior, uno en el hombro. Pero si hubieran querido podían rematarme en el piso. Por eso soy muy cuidadoso con el discurso anti-policía. Los mismos policías que me hirieron, me subieron a la camioneta y me llevaron al hospital Posadas. Al bendito Posadas. Me salvaron la pierna y la vida. Tenía triple rotura de fémur y también un talón roto. Me pusieron clavos que tengo hasta el día de hoy. De ahí voy en cana.

César fue a un instituto de menores y al tiempo fue liberado. Sin embargo, poco después le allanaron la casa y lo acusaron de un secuestro extorsivo. De modo que, con muletas, fue a parar al Instituto Roca, ubicado en el barrio porteño de Floresta.

Cinco años preso

Con un juez de menores y la acusación que pesaba sobre él, César pasó los dos primeros años preso en instituciones para adolescentes. Los tres restantes, en las prisiones federales de Ezeiza y Marcos Paz.

-A un hermano mío, que tenía 14, lo metieron dos años preso solo por ser mi hermano. La baja de imputabilidad, ya existe. Un juez si quiere te deja preso con 12 o 14. Años después, en una charla que fui a dar a un instituto de menores en Córdoba, yo vi a un pibe de nueve años preso, dice.

– ¿En las cárceles federales fue donde te iniciaste en la narrativa?

-Comencé en el Instituto de Menores Manuel Belgrano; tenía un defensor de menores que me estimulaba a la lectura, contesta.

El Belgrano tiene un sistema de encierro para pibes menores de 18 años. Está en el barrio porteño de Balvanera. Allí van a parar, al igual que al Manuel Rocca o el Luis Agote, pibes que están bajo la tutela de un juez. Todos ellos dependen de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, una dependencia del Ministerio de Desarrollo Social de la Nación. Los pibes pueden cursar –en contexto de encierro- la primaria y la secundaria. La realidad es que el hacinamiento, el ingreso de drogas como pasta base y, en muchos casos, las palizas que reciben o los encierros prolongados en celdas individuales, convierten a esas instituciones para pibes en verdaderas prisiones.

-La cuestión es que este hombre que estaba en el Belgrano me dio a leer a (Jorge Luis) Borges, a (Adolfo) Bioy Casares, a (Ernesto) Sábato…, a (Roberto) Arlt no. Me leí algunos clásicos. Nunca volví a leer la cantidad de horas que leía estando preso. Allá leía diez o doce horas, con una pasión tremenda. No quería hacer otra cosa.

A César le gustaba jugar al fútbol, pero después de que le recauchutaron la pierna derecha, se despidió de la redonda.

-Cuando saliste, a los 21, ¿qué hiciste?

-Nunca más nada. Nunca más choreé. Adentro me cayó la ficha de todo. No solo por ese defensor, también le debo mucho a un profesor en Marcos Paz, Patricio Montesano.

Tiempo atrás, en una entrevista, César describió a Montesano como “un vago que daba taller de magia voluntariamente dentro de la cárcel. Nos trataba bien, no venía desde un lugar de profesor, ‘a ustedes, negritos, les vengo a enseñar cómo es la vida’, que es muchas veces la postura de los talleristas en la cárcel. Él nos trataba como personas, no como monstruos. Nos enseñaba un truco de magia y nos hablaba de (Rodolfo) Walsh, de (John William) Cooke, del Che (Ernesto Guevara), de lo que pasó en los ’70. Nos hablaba de arte, de poesía, de cultura. Al principio no le di mucha importancia, pensaba: ‘este loco de mierda, qué me importa lo que dice, si total a mí me quedan un montón de años'”, dice.

Insiste en que no empezó a leer cuando conoció a Montesano sino que ese tallerista le dio otra perspectiva. Los libros que leía hasta entonces eran “inofensivos”, para pasar el tiempo. En cambio, ahí empezó a entender a Carlos Marx y de otros pensadores con los que se identificó.

-No es que yo nací en una villa porque sí, sino que soy parte de una clase explotada. Incluso, dentro de la cárcel, tanto la religión como la psicología son para generar culpa. ‘Vos robaste porque quisiste’. Y no es que yo me esté victimizando para no hacerme cargo de lo que hice. Sí, me hago cargo. Pero, ¿no tuvo nada que ver el contexto? Gracias a Montesano conocí a (Michel) Foucault. Así empecé a entender mi propia vida, por qué había salido a robar. Yo salía a robar para pertenecer al sistema de consumo. Y gracias a esas lecturas pude entenderlo. Hubo un libro de (Eduardo) Galeano que para mí fue revelador, Úselo y tírelo. Galeano tiene una frase que dice algo así como que el consumo para los pobres es una incitación al delito. Ves la publicidad de un auto y querés tener un auto, explica.

César pone un ejemplo fuerte:

-Al primer auto que me subí fue un auto que robé. Bueno, había andado en un Renault 12… pero una nave, la conocí gracias a que robé.

-¿A qué edad? –preguntan los cronistas.

-A los 14.

-¿Sabías manejar?

-Me gustaba ser copiloto. Me gustaba tranquilizar al piloto, que muchas veces tenía mi edad.

Cambiar de vida

Encarar una vida distinta no le resultó fácil, dice que sintió que tenía que prepararse para no fallar. Todavía estaba en la cárcel cuando se anotó en la Facultad de Filosofía, aunque aclara que nunca llegó a cursarla, y solo alcanzó a asistir a algunas materias del CBC. Su formación fue más de autodidacta.

-Yo ya me preparé antes de salir. Sabía cómo iba a ser. Yo estaba decidido a hacerme conocido, a que mi voz se conociera. Iba mucha gente a visitarnos en la cárcel, a dar charlas, talleres. Una era Florencia Arietto, que me llevó un libro de Evo Morales y me decía que ese era el camino… Me ayudó mucho un artículo que escribió Mauro Federico en el diario Crítica. Eso fue en 2009. La nota era porque yo había armado una biblioteca en el Instituto Agote, una cárcel para pibes en pleno Palermo, en Charcas y Darregueyra. Florencia le cuenta a Mauro Federico ‘hay un pibe interesante’ y así surge la nota. El fotógrafo me dijo que eligiera un libro para sacarme las fotos. Y yo elegí el libro que estaba leyendo, Los Perros, de Luis Mattini, editado por Continente. Así llega a oídos de Mattini, un viejo militante setentista. Y se ve que lo conmovió que un pibe preso leyera su libro. A los tres días me dicen: ‘tenés visita’. ¡Y era Mattini!, cuenta.

En ese momento, César tenía 18 y poco tiempo después lo llevaron a Marcos Paz, luego al complejo de Ezeiza. Tenía por delante tres años más entre rejas.

-Recibí contención de muchos lugares. Fui a vivir a lo de mi mamá. Ella no me podía dar mucha contención en el sentido de que vivía de un plan social y carga con muchos de mis hermanos. No tenemos la clásica relación madre/hijo. Ella tampoco creía en que yo fuera a salir adelante. Yo le decía que me iba a dedicar a la escritura y se me cagaba de risa. Yo también, si tengo un hijo que salió de la cárcel, por secuestro y con seis tiros encima, no le creo que se va a dedicar a la escritura.

-¿Y dónde sentiste contención entonces?

-Laboral en primer lugar.

Al salir, como vivía en el Partido de Morón, recibió una mano del entonces intendente Martín Sabbatella. Le dieron un trabajo administrativo, de baja remuneración, para llenar planillas.

-Yo me decía: si (Franz) Kafka y (Herman) Melville hicieron trabajos administrativos y burocráticos y mirá lo que fueron, ¡cómo yo no lo voy a hacer! Además, si me paraba la policía podía decir que tenía un trabajo en el municipio.

A la par, César publicaba la revista Todo Piola, un emprendimiento iniciado en la cárcel de la mano de Patricio Montesano. Una vez en libertad, además de escribir y editar la revista, César se tomaba el tren Sarmiento y hacía venta ambulante. Su discurso era frontal: “Yo fui pibe chorro y si quieren evitar que haya pibes chorros lean esto, acá están contadas las historias. Además, pueden colaborar para que podamos seguir sacándola”, les decía a los pasajeros.

–Era duro, porque vos venís con el ego de haber sido un pibe chorro y te tenés que rebajar, pedir en vez de arrebatar. Además, algunos te bardeaban. Pero yo les decía que era mi camino para ser lo que soy.

También la vendía en la Facultad de Filosofía. Iba a la sede de Puan, y ahí tuvo la suerte de conocer a Nadia.

-Fui a una clase mientras estaba la profesora de Economía y ofrecí la revista. La profe se me puso en contra y le discutí en la cara. Dijo que les prohibía a los alumnos comprar la revista.

Me fui enojado. Ahí estaba Nadia. Al rato, en los pasillos, pude charlar con ella.

De ese cruce en los pasillos surgió una relación intensa. Nadia era de la villa Ramón Carrillo de Soldati. De ese vínculo nació Aymara, que hoy tiene seis años.

En mayo de 2010 César González publicó su primer libro, La venganza del cordero atado, con prólogo de Luis Mattini e ilustraciones del mítico tapista de Los Redondos, Rocambole. Lo financió el municipio de Morón porque compró 400 ejemplares y se los dieron a él para que pudiera venderlos. Desde entonces ha publicado otros dos libros: Crónica de una libertad condicional (2011) y Retórica al suspiro de queja (2015), referidos a su experiencia de vida. También dirigió cinco cortometrajes (El cuento de la mala pipa, Mundo aparte, Condicional, Guachines y Truco) y cuatro largometrajes (Diagnóstico de una esperanza, ¿Qué puede un cuerpo?, Atenas y Exomologesis).

-No es poca producción, le dice Infobae.

-No, pero es lo que quiero hacer, lo que me apasiona. Y no porque me haya transformado en otra persona… Yo soy el mismo pibe que cayó preso a los 14 años, contesta.

Fuente: Infobae

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