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*Por Jorge Joury

El caos en las calles no tuvo nada de improvisación. Fue orquestado, como lo reveló el propio Presidente en la conferencia de prensa. Durante varias horas, asistimos al peor momento del Gobierno desde que asumió Macri. Se vivió un intento de desestablización que venía poniendo fichas desde el jueves de la semana anterior. El sujeto que aparece en la foto, es la prueba de ello y la expresión de la intolerancia política. La postal más cruda de la violencia desenfrenada que puso al país en vilo en las inmediaciones del Congreso de la Nación. Agende su nombre para no votarlo nunca más. Se trata de Sebastián Romero, un militante del Frente de Izquierda (FIT) que atacó a los efectivos de la Policía de la Ciudad con un arma tumbera, una suerte de mortero de fabricación casera. Pertenece al partido del diputado nacional Nicolás del Caño. Por sus rastas y su cara descubierta, acaparó la atención y quedó identificado fácilmente. Luego de que su imagen se viralizara, se supo que Romero fue precandidato a diputado nacional en 2015. Algo inconcebible, ya que por su perfil representa las ruinas de cualquier ideología que pretenda imponer sus métodos antidemocráticos de la manera en que lo hizo. El que eligió Romero, no es el camino para repudiar una reforma jubilatoria absolutamente injusta, que se aprobó cuando era casi de día, con la complicidad de gobernadores que solo sueñan con engordar sus billeteras, aunque se sacrifique a los jubilados.
Fue el corolario de una maratónica y penosa sesión donde presenciamos la peor cara de la política. Con diputados que se dijeron de todo y hasta se trataron de “prostitutas de los gobernadores”.
Ningún tipo de violencia puede considerarse una protesta social. La agresión física celebrada por una parte de la dirigencia política no participa de la categoría de la protesta social. Se trata, lisa y llanamente, de una expresión cavernícola que merece el repudio de toda la ciudadanía.
La discusión parlamentaria quedó en un segundo plano, y lo único relevante para los sectores más violentos que acudieron encapuchados, fue tratar de doblegar a la Policía de la Ciudad primero, y a la Gendarmería después, respondiendo a un plan perfectamente orquestado donde se pretendía copar el Congreso de la Nación.
Otro dato determinante del carácter que tuvo esta jornada, es que la CGT, promotora de un paro con el que opuso a la sanción de la ley, se corrió de la movilización casi por completo. Fueron a cuentagotas las columnas sindicales que se desplazaron hasta la sede del Legislativo, pero se despegaron formalmente de los incidentes apenas se dieron cuenta de que su motivación era otra.
Si había alguna posibilidad de que la política mejorara la legislación que se discutía, el objetivo quedó hecho trizas por la intolerancia que se respiraba. El arsenal que portaban los manifestantes, también demuestra que la intención, fríamente planificada era librar una pulseada directa con las fuerzas de seguridad. Y lo consiguieron, porque las balas de goma y los gases lacrimógenos se hicieron sentir por todas las calles. Hubo decenas de heridos, entre ellos policías y hasta periodistas. El vandalismo de los violentos perforó los límites de tolerancia. Transformó a la Plaza del Congreso, reinaugurada tras una inversión de casi $ 60 millones, en una zona bombardeada, con muchos comercios destrozados.
Me hizo recordar, con sus matices y variaciones, a aquella pueblada del 2001. Esa vez me tocó titular en Diario Popular la caída del gobierno de Fernando de la Rúa, con una frase corta y fría: SE FUE. La foto a lo ancho y casi por el alto de la tapa, mostraba al presidente a media luz, en la soledad de su despacho. Hablaba por sí sola y mostraba la expresión de la oscuridad de un gobierno mediocre que le tocó beber de su propia medicina.
Pero parece que nada aprendimos. Porque en democracia, 16 años después, las piedras, palos y hasta morteros como el de Romero, no pueden tener más valor que el voto del Congreso. En aquel país se fueron abriendo lentamente las puertas del infierno. Fue el final de una fiesta donde el mundo nos decía que no nos prestarían más dinero. Ni hablar de lo que representaba el riesgo país que despertaba tormentas incontenibles, como la fuga de capitales que terminó en el corralito porque las reservas se habían diezmado y ya no había un dólar en el Banco Central por cada peso en el bolsillo de la gente.
Ese país de De la Rúa, no fue el único de las penurias. En el de Carlos Menem tampoco se llegaba a fin de mes. Se empapelaba a la Argentina con deuda que terminaron también pagando alemanes, italianos y japoneses defaulteados. Ni el de Cristina Kirchner, que cubrió el rojo con emisión.
Aquel 19 de diciembre de 2001 la sociedad indignada explotó en las calles. Hubo saqueos, infiltrados, violencia generalizada y muertes. Se había terminado el crédito y la misma gente que había votado seguir en el 1 a 1, pedía “que se vayan todos”.
Hoy, 16 años después, a otro gobierno le toca caminar sobre arenas movedizas de la crispación social. El déficit, es otra vez la matriz de la preocupación. Pero la Argentina no es la misma de 2001. No se puede negar que hay problemas, que si no se encaminan son muy preocupantes. Pero el país no está para ir a remate. Mauricio Macri, ganó las elecciones, pero deberá tomar nota que tiene un poder que le puede jugar en contra, si pretende convencerse que todo es posible, sin costo.
En uno de mis artículos anteriores expresé que tratar en diciembre un proyecto que cambia el cálculo para el aumento de las jubilaciones, y que no parece beneficiar a la clase pasiva, es una estrategia que, por lo menos, resulta arriesgada y poco aconsejable. El 80% de la ciudadanía, a través de las encuestas se manifestó en contra de meterle la mano en el bolsillo de los jubilados. El Gobierno hizo abuso de poder con ellos. Sencillamente porque son mansos y no están están organizados para copar la calle, ni promover el caos, como los piqueteros.
Pero a poner atención, porque también los actores de la jornada fueron los “cacerolazos” y “ruidazos” que irrumpieron desde todos los rincones. Fueron protagonizados por vecinos de clase media, sin identificación política. Macri debe hacer una lectura fina de este dato, porque significa que algo se está despertando en el sentimiento de un sector donde él cosechó muchos votos. La volatilidad de la clase media argentina es una medicina amarga que probaron varios de los líderes que inicialmente tuvieron su apoyo.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com. Si querés consultar su blogs, podés dirigirte al sitio: Jorge Joury De Tapas.

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