Fue uno de los pioneros de la aviación civil, primero en Europa y después en la Argentina. Allí fue uno de los primeros en volar sobre la Patagonia transportando cargas, y -además- conoció al amor de su vida. Había nacido el 29 de junio de 1900, murió a los 43 años peleando en la Segunda Guerra Mundial cuando su avión fue derribado y cayó al mar

Por Eduardo Anguita

Por Daniel Cecchini

El 31 de julio de 1944 cuando el autor de El Principito, Antoine de Saint Exupéry, pilotaba un Lightning P-38 que fue alcanzado por las balas de un caza de la Luftwagge. Había nacido el 28 de junio de 1900 y cayó a los 43 años peleando contra los nazis
El 31 de julio de 1944 cuando el autor de El Principito, Antoine de Saint Exupéry, pilotaba un Lightning P-38 que fue alcanzado por las balas de un caza de la Luftwagge. Había nacido el 28 de junio de 1900 y cayó a los 43 años peleando contra los nazis

El avión se incrustó en el mar Mediterráneo. Cerca de la isla de Riou, al lado de Marsella, a menos de 400 kilómetros de su Lyon natal. Fue el 31 de julio de 1944 cuando el autor de El PrincipitoAntoine de Saint Exupéry, pilotaba un Lightning P-38 que fue alcanzado por las balas de un caza de la Luftwagge. El experimentado aviador se incrustó en el mar.

Ese hombre que supo adentrarse en el alma de los niños también era un guerrero. Con 43 años se sumó a las fuerzas militares del general Charles De Gaulle. Sin embargo, a criterio de los mandos ya no tenía la edad adecuada para la guerra. Encima, Saint Exupéry tenía el cuerpo achacado por las fracturas de algunos de sus aterrizajes forzosos.

Antoine fue al fondo del mar ese último día de julio, solo cuatro semanas antes de que París fuera liberada. No llegó a disfrutar de ese momento como tampoco pudo ver la primera edición El Principito publicada en su propio idioma.

De nariz respingona y ojos saltones, de frente amplia y cierto aspecto de melancolía, Saint Exupéry terminó sus días como «un desaparecido», después de dar incontables vueltas al mundo pilotando aviones.

El expediente, frío, registró que «el piloto no volvió a la base». Un mes y medio antes, se había producido el desembarco de los Aliados en Normandía y por esos días, las fuerzas francesas, inglesas y norteamericanas hacían pie en el sur de Italia desde el norte africano. Eran horas tan cruentas como decisivas.

Con 43 años se sumó a las fuerzas militares del general Charles De Gaulle para luchar contra el nazismo (AFP)
Con 43 años se sumó a las fuerzas militares del general Charles De Gaulle para luchar contra el nazismo (AFP)

Durante décadas se especuló con que la desaparición del autor de El Principito podía ser tanto un accidente como el resultado de un derribo.

Recién a principios de este siglo se esclarecieron los hechos. El joven piloto Horst Rippert, un as de la Luftwaffe, lo vio en el cielo luminoso de aquel día de verano: el Lightning del veterano Saint Exupéry volaba tres mil metros más alto que el Masserchmidt ME-109 de Rippert. El avión alemán era más rápido, más potente, iba artillado y también iba en misión de reconocimiento. La misión de reconocimiento del francés era sin
capacidad de fuego.

«Cuando vi la bandera tricolor en sus alas –contó Rippert muchos años después- ascendí». Lo demás fue la disparidad y la técnica. El piloto alemán se puso por detrás y disparó: «Vi cómo lo alcanzaba y caía derecho al agua».

La pulsera de Sain Exupery hallada por un pescador
La pulsera de Sain Exupery hallada por un pescador

Unos años antes del testimonio del aviador alemán, un pescador había encontrado entre sus redes una pulsera de plata que llevaba grabado el nombre de Saint Exupéry. Fue cerca de la pequeña isla de Riou, frente a Marsella. Esa fue la alarma que movió a otros a buscar el avión. Se intensificaron los intentos hasta que un submarino localizó el Lightning en el fondo del mar.

Hasta entonces lo esencial fue invisible a los ojos. Con la pulsera y el fuselaje del avión, la muerte cobró forma. Todavía, y probablemente mientras la especie humana exista, lo esencial seguirá imposible de registrarse a simple vista. Los ritos, la necesidad de una evidencia física, hizo que Saint Exupéry fuera un muerto y no «un desaparecido en acción».

Volar y escribir

Ser piloto de avión hace un siglo es equivalente a ser astronauta en los sesentas del siglo pasado.

De hecho, el excéntrico y brillante Tom Wolfe escribió Lo que hay que tener–Elegidos para la gloria, en el que cuenta que quienes tripulaban naves espaciales habían pilotado aviones de combate o de pruebas. El propio Neil Armstrong –el más célebre de los astronautas- era aviador naval y combatió en la Guerra de Corea antes de entrar a la NASA en 1962.

Saint Exupery y Consuelo Suncin se enamoraron en Buenos Aires
Saint Exupery y Consuelo Suncin se enamoraron en Buenos Aires

Antoine de Saint-Exupéry se estrenó como aviador civil en 1921 cuando hizo el servicio militar. Tan cautivado quedó por pilotar aviones de porte pequeño que se dedicó a la aviación comercial y trabajó en la empresa Aeropostale desde su creación. Esa compañía hacía transporte de carga liviana desde la ciudad de Toulouse hacia Centroamérica y también hacia la Argentina. De hecho, fue en este país que se creó una filial impulsada por estancieros patagónicos que se llamó Aeroposta.

Fue el propio Saint-Exupéry quien hizo el vuelo inaugural a fines de 1929. Como el ferrocarril cubría el tramo Buenos Aires–Bahía Blanca, fue desde un pequeño aeropuerto de esa ciudad (Harding Green) con destino a Comodoro Rivadavia y unos meses después extendieron los vuelos hasta Río Gallegos. De la estadía en Argentina, el aviador cosechó no pocas turbulencias y un flechazo fuerte.

De las turbulencias quedó un libro. En la novela Vuelo nocturno dio cuenta de un hecho real sucedido a uno de sus compañeros que viajaba de Chile a Paraguay y un viento patagónico lo desplazó en su pequeño avión desde la cordillera hasta el Atlántico. En la Argentina también conoció a la bella salvadoreña Consuelo Suncin. Fue en una reunión social y estuvieron a punto de casarse en Buenos Aires.

Saint Exupéry hizo el vuelo inaugural a fines de 1929 de Aeropostale en la Argentina. La ruta: Buenos Aires Bahía Blanca
Saint Exupéry hizo el vuelo inaugural a fines de 1929 de Aeropostale en la Argentina. La ruta: Buenos Aires Bahía Blanca

Sin embargo hubo otras turbulencias, en este caso financieras: el crack de la Bolsa neoyorquina de fines de 1929 llevó a pique, entre otras tantas compañías, a Aeropostale. Antoine y Consuelo dejaron el Río de la Plata y viajaron a París donde sí contrajeron matrimonio. Luego fueron a Nueva York, volvieron a Francia y poco tiempo después Saint Exupéry pudo sobrevivir a un accidente que pudo ser fatal.

Fue en 1935, volaba con su mecánico y navegador André Prevot en un monomotor con cuatro plazas. Esta vez los vientos lo agarraron en el desierto del Sahara, a la altura de Libia: el avión perdió altura y la pericia de Saint Exupéry les permitió un aterrizaje forzoso. Ambos estaban golpeados pero enteros. Alrededor del avión averiado había solo arena y vientos. Tenían algo de agua, alguna fruta y no poca audacia. Al cabo de cuatro días se cruzaron con un hombre montado en camello. Para entonces sus caramañolas tenían solo recuerdos.

Los Andes

En Tierra de hombres, publicado tres años después, cuenta esa experiencia. Además, se lo dedica a otro aviador, Henri Guillaumet, quien había atravesado una situación similar en plena Cordillera de los Andes. En efecto, Guillomet cubría para Aeroposta rutas chilenas hasta Paraguay y, en una oportunidad, a la altura del volcán Maipo los vientos le jugaron una mala pasada. Logró aterrizar al lado de la laguna del Diamante, del lado argentino, en pleno invierno. Salvó la vida de milagro.

Saint Exupéry y el reencuentro con su amigo Henri Guillaumet
Saint Exupéry y el reencuentro con su amigo Henri Guillaumet

Como Guillaumet no llegó a destino, su amigo Saint-Exupéry salió desde el sur argentino a ver si encontraba una aguja en el pajar. No lo logró, pero su amigo, dos días después de esperar abrigado dentro del avión, salió a la intemperie, no sin antes escribir una frase en el fuselaje: «Salí hacia el este, dirección Argentina. Adiós a todos». Guillaumet logró contactarse con otros humanos.

Los paralelos, cuando se trata de desgracias, son odiosos. Sin embargo, cabe recordar que lo sucedido a los rugbiers uruguayos que viajaban a Chile en octubre de 1972 y se estrellaron en plena cordillera. En esa oportunidad sobrevivieron 16 personas de las 45 que viajaban. La tragedia de los Andes ocurrió a la altura de Malargüe, también Mendoza, a unos 150 kilómetros del lugar donde sobrevivió Guillemaut.

El Principito

«Todas las personas mayores han comenzado por ser niños (aunque pocas lo recuerden)» dice el prólogo de El Principito. Es difícil imaginar cómo pudo abstraerse Saint Exupéry del contexto en que escribió esta novela corta que se convirtió en el libro de autor francés más leído y traducido de la historia. Entre los 250 idiomas y dialectos, alguien se tomó el trabajo de que los qom -pueblo originario que habita el norte argentino- pudieran leerlo en su propia lengua. Es curioso: lo universal también suele ser invisible a los ojos.

El Principito se convirtió en el libro de autor francés más leído y traducido de la historia
El Principito se convirtió en el libro de autor francés más leído y traducido de la historia

Saint Exupéry había participado de las primeras batallas de Francia cuando la invasión germana en el verano de 1940. Lo hizo, claro, en la aviación. Sin embargo, la capitulación del mariscal Pétain sumergió a la orgullosa nación francesa en un frustrante régimen colaboracionista con el nazismo.

Hacia fines de 1940, el aviador y su esposa se instalaron en Estados Unidos. Consuelo era de una familia acaudalada y Antoine había logrado buenos ingresos. De arriesgar su vida en combate pasó a disfrutar del Central Park de Nueva York.

Estaba triste, desmejorado y gracias a que un editor lo impulsó a retomar la literatura surgió El Principito. Pese a lo breve del relato, Saint Exupéry estuvo más de un año con el texto y decidió ilustrarlo él mismo aunque intentara encontrar quien hiciera esa labor. Es imposible leer ese libro sin ver un sombrero donde el personaje central del relato explica que se trata de una boa que se comió un elefante.

El sombrero o la serpiente que se comió un elefante
El sombrero o la serpiente que se comió un elefante

La amabilidad con la cual ese niño que vive en un pequeño planeta no impide que interrogue o interpele a los adultos. Entre las tantas frases poéticas y punzantes hay una que parece haber tenido un diálogo imaginario con un filósofo alemán que moría el mismo año en que Saint Exupéry nacía.

Así hablaba el autor de su libro póstumo: «Sólo los niños saben realmente lo que buscan –dijo el Principito (al guardavías). Dedican su tiempo a su juguete o a una muñeca que viene a ser lo más importante para ellos. Si se lo quitan, lloran…». A Friedrich Nietzsche se le atribuye una frase en espejo con la de Saint Exupéry: «La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño.

Tras dejar su botella tirada al mar en El Principito, el autor de carne y hueso tenía los ojos puestos en la Europa arrasada por el nazismo y asumía que debía volver al campo de batalla. Así ocurrió.

Los objetos de Antoine de Saint Exupéry
Los objetos de Antoine de Saint Exupéry

Estados Unidos envió tropas a Europa a fines de 1942 y, en pocos meses, junto a franceses e ingleses, hicieron pie en Sicilia entrando por el norte de África. El Principito ya estaba publicado en inglés. Su autor –»el aviador» en la obra- sabía «del bridge, del golf, de política y de corbatas». Sin embargo, cargó en su mochila a todos los personajes que había creado y con 43 años se calzó el traje de aviador de combate. En el frente occidental, los aliados iban recuperando territorios. Entre otros, la isla de Córcega, desde donde partió el Lightning del soñador y guerrero Saint Exupéry en aquel mediodía del 31 de julio de 1944 para no volver más.

La editorial Gallimard hizo la primera tirada de El Principito en 1946. Luego llegaron más y más ediciones. Su expansión en todo el planeta es la prueba irrefutable de que el pequeño príncipe que habitaba un planeta pequeñísimo habita el inmenso universo de la imaginación.

Fuente: Infobae

Eduardo Anguita