El plano de inmortalidad alcanzado por Evita (Eva Duarte de Perón, 7 de mayo 1919 – 26 de julio 1952) es propio de esta mujer que con sólo 33 años de vida generó ebullición en la Argentina: Puso su energía en los más necesitados, abrió las puertas para que las mujeres recorriesen un camino de mayor dignidad, fastidió al poder y configuró con el General Juan Domingo Perón una dupla histórica. Transgresora. Notable. Potente. 

“Si me preguntasen qué prefiero, mi respuesta no tardaría en salir de mí: me gusta más mi nombre de pueblo. Cuando un pibe me nombra «Evita» me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra. Cuando un obrero me llama «Evita» me siento con gusto «compañera» de todos los hombres”, consta en el libro “La Razón de mi vida”, de 1951.

Hay sensaciones intransferibles, como la que genera la solidaridad entregada sin esperar nada a cambio. Hay reacciones corporales inexplicables, del tipo de la piel erizada  al abrazar a un chico que aprende a vivir cada día con la vida misma como maestra. Hay tonificadores del alma que no se venden en farmacias, sino que se obsequian en la sonrisa de un anciano al tomarles las manos y mirarlo a los ojos.

Evita entendió el sufrimiento de la gente y dio respuestas ¿Era una santa? Pues no, ese planteo suele ser llevado a la mesa por la franja de individuos que gustan ridiculizar a quienes la admiraron, admiran y tienen presente en sus corazones.

Si el pensamiento lograse una adaptación a fines de los años 40 y principios de los 50 en Argentina se podría tomar la genuina dimensión del rol de Evita. Con la cabeza quemada del siglo XXI, puede que se vea de manera acotada.

Quienes la desacreditaron y desacreditan, la odiaron y la odian suelen ser exponentes de la franja recalcitrante que tiene esta tierra, pero resulta curioso comprobar cómo este cúmulo de refractarios hace también un generoso aporte a la inmortalidad aludida

Se la conoce en todo el mundo. Alcanzó un nivel global de persona que bien podría ser de este tiempo, en plena lucha de las mujeres por conseguir derechos plenos, por libertades atadas por el machismo que conserva fuerte predicamento.

Decir “Evita vive” más que una frase hecha estampada en una remera es la manifestación de un fenómeno explicable y entendible para quien quiera oir.

Alejandro Delgado Morales.

AgenHoy Digital