Es interesante observar por estas horas como los economistas de diferentes corrientes se tiran de los pelos tratando de decodificar el futuro, tras el paso devastador del coronavirus.

Lo único concreto hasta ahora, es que el aislamiento nos deprime cada vez más y todos esperamos que pase cuanto antes. Mientras tanto, la parálisis productiva está haciendo estragos en las grandes naciones, a punto tal que se presume que la mitad de la población económicamente activa del mundo, perdería transitoriamente el empleo o sufriría recortes nominales de ingresos.

Esto agravaría el cuadro recesivo, porque retrasará la recuperación de la actividad global. En nuestro país, en la mesa chica del presidente Alberto Fernández, el que tuvo un a suerte de sincericidio, fue el  jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, al afirmar que cuando empezó la presidencia de Alberto Fernandez la «idea era gobernar un país sin plata, endeudado injusta e irresponsablemente» y que el debate iba a estar «centrado en la cuestión económica» por la deuda externa, pero apareció el coronavirus, la pandemia que atraviesa la Argentina y el mundo. Cafiero sostuvo que, cuando comenzó el gobierno, la proyección era de qué forma «después de cuatro años de recesión, volvía a crecer la economía».

El funcionario reconoció que, desde que se inició el aislamiento, se paralizó cerca de un 93% de la actividad económica de «forma inédita».  Pero lo concreto, es que por ahora no hay plan futuro y se trabaja desde el Gobierno en el día a día, tratando de contener urgencias sociales.

No obstante, los datos anticipados de marzo, con apenas un tercio del mes en cuarentena, dieron cuenta de una caída de la actividad global del orden de 10% y primeros pronósticos de contracción de hasta 15% en todo el año. Si las llevamos en el tiempo, se trata de cifras superiores a la depresión de 2002, cuando la economía acumulaba 4 años en recesión, y fue sorprendida por devaluación, default y pesificación de los depósitos en dólares a una paridad muy inferior a la del mercado libre. 

Hoy hay más de 1,2 millones de trabajadores suspendidos y con descuentos ya acordados del 25%, millones de monotributistas y autónomos en serios problemas y centenares de miles de pymes que a duras penas pagaron los sueldos de marzo y no saben aún cómo completarán los de abril e incluso si podrán seguir en pie. Frente a este cuadro de situación, el Gobierno reconoció los gravísimos costos que las medidas para contener el avance del virus le han causado a la economía.

De un lado del mostrador, se ubican los denominados «econovirus». Estamos hablando de aquellos ultraortodoxos que agitan la propagación del miedo por la emisión monetaria adelantando un desborde de precios o un escenario cercano de hiperinflación, como lo advirtió Domingo Cavallo en las últimas horas.

Hay quienes aseguran que la insistencia acerca del costo económico de la cuarentena para presionar por la flexibilización, planteando el falso dilema Salud o Economía, es liderada por voceros, voluntarios o involuntarios, del poder económico.

La pandemia del coronavirus no ha modificado en nada, por el contrario ha exacerbado, la presencia del discurso económico conservador protector de intereses de grupos privilegiados.

Todo es a dos fuegos,pero nadie sabe cual de los dos equipos se llevarán la razón a los vestuarios.Sin saber aún cómo será la evolución del “distanciamiento social”, ni el proceso de salida de las sucesivas cuarentenas (que puede tener avances y retrocesos, según sean los resultados sanitarios), es difícil prever qué economía es la que va a emerger de las cenizas el día después.

Las previsiones iniciales, tanto a nivel mundial como nacional, no son auspiciosas. Los más destacados analistas coinciden en que será una economía más pobre, más endeudada y más desigual.

En un uno de sus artículos, Nouriel Roubini, un economista que juega en las grandes ligas y apodado el “Doctor Catástrofe” por haber previsto la crisis financiera 2008/2009, enumeró algunas características de lo que llamó la “Depresión más grande” que la iniciada en 1929 y que marcó los años treinta del siglo pasado.

Roubini cree ver en su bola de cristal una ecomomía mundial híperendeudada, una suerte de era de defaults masivos, por el aumento de los déficits fiscales y la pérdida de ingresos de empresas y familias, que llevará a una cadena de insolvencias y comprometerá seriamente los sistemas bancarios.

Para el especialista, la mayor conciencia sobre la necesidad de mejorar los sistemas de salud pública acentuará el déficit de los sistemas jubilatorios debido a la “bomba de tiempo demográfica” de los países avanzados.
Llevándolo al plano local,  también es probable que el coronavirus impacte en las jubilaciones y se conviertan en la tormenta perfecta que a partir de ahora enfrentará el sistema previsional argentino. La ecuación es sencilla.

Menores ingresos, mayores egresos y el 63,6% de la cartera del “Fondo de Garantía de Sustentabilidad” de Anses invertido en bonos del Estado que hoy cotizan al 40% de su valor nominal inexorablemente, conducen hacia un callejón sin salida donde seguramente a futuro los jubilados volverán a ser la variable de ajuste.En ese nuevo mundo que asoma, habrá tasas de desocupación más altas de las que estamos acostumbrados, al menos en los próximos años, también por el peso de la robótica. Si bien es cierto que habrá  empleos muy bien remunerados, pero será para relativamente pocos; la brecha entre remuneraciones se va a ampliar, es una tendencia, por más que se trate de morigerar.

Otro de los riesgos que se observan, es que pasada la pandemia, el excedente monetario actual (que ahora sólo se manifiesta en la presión sobre el dólar) derive la amenaza de hiperinflación, lo que hará necesario manejar bien la salida.Lo que es una realidad, es que el actual gobierno ya se embarcó en una política de aislamiento que tiene cierto “consenso implícito” de la sociedad. Otro de los enigmas en puerta, es como terminará la negociación de la deuda externa.

Es probable que el camino que se planifique sea ir  hacia a una política más proteccionista, más de cierre de las importaciones, lo que se llama, más del tipo vivir con lo nuestro.

El ministro Martín Guzmán, en una entrevista al Financial Times, dijo que no se le puede pagar más de lo que se ofrece a los bonistas. Por esta razón, reiteró que la oferta incluye un período de gracia de tres años, una reducción del 5.55 en el capital de los bonos y una reducción del 62% de los pagos de intereses.

Además, deja a los acreedores con un cupón de bonos promedio de 2.3%, en comparación con su promedio actual de 7%, Argentina ofrece lo que puede en el marco de la actual emergencia.

os tres principales grupos de bonistas que concentran cerca del 50% de las tenencias de los bonos rechazaron la oferta.El gobierno de la provincia de Buenos Aires  también comenzó a caminar por el filo de la cornisa.

El viernes pasado la administración de Axel Kicillof incumplió el pago de un nuevo vencimiento por 110 millones de dólares que la pone a tan solo días de un posible default si no consigue, en el mismo plazo, un acuerdo por la oferta de canje, que vence el próximo viernes. La moneda está en el aire.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.     

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