Hay miserables en todos los estamentos de la sociedad, por eso es que no sorprende que los haya en el periodismo. La mayoría están bien identificados, se los ve en televisión, se los escucha en radios y se los lee en medios escritos en general. Desde 1983 al presente se fueron multiplicando y haciendo más miserables, pero también, desde el regreso a la democracia se fueron perfeccionando en sus técnicas de estar siempre al calor del oficialismo de turno. En esta transición se está escribiendo una nueva página en este libro lamentable.

¿Qué importa que haya periodistas miserables? Importa porque estudiaron y se prepararon para ser puentes entre los hechos que constituyen información y el ciudadano de a pie; no para engañar, mentir, distorsionar la realidad. Y no pocas veces consiguieron sus objetivos.

Hay periodistas de todos los colores ideológicos, más menos comprometidos y esto resulta natural, en tanto ese compromiso no se traduzca en decir que llueve mientras hay un sol que raja la tierra. Y en este aspecto, la Argentina tiene un club de sinvergüenzas, inescrupulosos y mamarrachos.

En este espacio fueron expuestos diversos casos de periodismo miserable antes de que el domingo pasado estallasen las urnas y el gobierno quedase grogui. Ahora, con el poder macrista deshilachándose, comenzó la etapa de fuga.

Los y las exponentes del periodismo que se autoproclama “independiente” viran sin ponerse colorados hacia el nuevo poder que viene. Apuestan a sacar provecho de la rapidez con que pasan los temas en el país, y que un tema tapa al otro y que, de última, un mea culpa en público viene a ser como una serie de Padrenuestros y Avemarías para limpiarse de pecados.

Las organizaciones periodísticas nacionales suelen pararse en la punta del obelisco porteño para hablar de nuevas tecnologías, capacitaciones, cursos de aquí y de allá, pero escapan a problemáticas de miserabilidad y aledaños. Obvio que escapan a esto como a detenerse en que la crisis que afecta a la profesión viene sumando cierres de empresas, despidos, precarización laboral, condicionamientos, censuras.

¿Hay sanciones para los y las miserables que engañaron estos años? Hay sanciones no formales como suponen que la ciudadanía de bien cambie de canal, radio, diario y  de cuanto medio les de espacio.

¿Seguirán ocupando lugares preponderantes? Seguramente que la mayoría seguirá, ahora luciendo la camiseta de Ríver, cuando hasta horas de las PASO besaban la de Boca.

¿Responsabilidades políticas para que estas situaciones se repitan? Muchas, porque al igual que dirigentes del fútbol históricamente recurrieron a barras bravas para resolver situaciones sin que quedasen impregnadas sus huellas digitales, no faltan en los gobiernos quienes se tientan a tener soldados de la comunicación.

Y claro que sí, por la pauta (o mecanismos heterodoxos) baila el mono, según registros de la memoria elemental del periodismo argentino.

Alejandro Delgado Morales.

AgenHoy Digital