Pase lo que pase en las elecciones del domingo, la Argentina del día después será un país distinto para la política y la economía. Desde ya que el lunes 28 emergerán los mismos problemas y quizás agudizados por el prolongado proceso de transición. Las grandes dudas por estas horas son el nivel del dólar y  la fortaleza del Banco Central para mantener un esquema ordenado hasta el 10 de diciembre. En el fondo, la agenda cambiará con la misma velocidad con que viene girando el paradigma de país, proceso ahora alimentado también por las nuevas y viejas crisis vecinas.

Con indicadores económicos muy delicados en mano, más o menos se puede empezar a esbozar el país que viene. La radiografía de la crisis se la puede comparar con el diagnóstico de un enfermo terminal. Lo primero que hay que advertirle al próximo gobierno, es que el país no soporta un ajuste más. Y para muestra explosiva, basta con tener en cuenta los saqueos en Chile. A partir del lunes, el sentido común, el diálogo y los grandes acuerdos, serán los que alumbren el camino para superar la peor crisis de las últimas décadas.

Cualquier alivio que se logre, por poco que sea, será una caricia. Ni Macri, ya probado, ni Alberto Fernández que está por verse, tienen la varita mágica. Sería un error pensar que el día después comenzarán a resolverse todos nuestros males. Llegar al 10 de diciembre debería preocuparnos más que lo inmediato. Lo primero que hay que observar, es que el país está muy frágil de reservas. Desde Las Paso, el Banco Central perdió 20 mil millones de dólares. Ahora, hay quienes opinan que la restricción para la compra debería bajarse a por lo menos u$s 5.000 mensuales. Otros más drásticos, ya piensan en u$s2.000 o incluso u$s1.000. Por ahora, nadie del Gobierno expresó en público nada distinto a lo que aseguró Lacunza, y de tomarse una medida de este tipo sería probablemente la semana próxima.

El mercado está descontando el triunfo de la oposición, y por ende no hay a primera vista una guía de lo que podría ocurrir. Lo único que está claro es que los dólares son escasos y los pesos abundan.

El próximo gobierno heredará, más allá de los eslónganes electorales, una situación socioeconómica difícil y complicada por demás. El terreno está tan sembrado de minas explosivas, que es peor al del 2015. La deuda, las tarifas, la inflación, el déficit fiscal, controles cambiarios, y otras bombas más, de mayor o menor poder de destrucción masiva, deberán ser desactivadas por la próxima administración. Pero sin duda el tema monetario, noble ausente del debate presidencial como otras grandes cuestiones, puede ser el primer artefacto explosivo que requerirá una manipulación quirúrgica. Y como dice una conocida canción, en estos casos “lo importante es de qué lado de la mecha estás”.

Como el desembarco en Normandía

Quien aterrice en la Casa Rosada, ya de arranque tropezará con el desafío de tener que recurrir a la emisión monetaria para afrontar compromisos de gastos corrientes como financieros. De modo que cualquier visionario que esté pensando en salir a emitir a tientas y a locas, con una demanda de dinero en franco retroceso, es un kamikaze. La próxima administración tendrá así un artefacto a desactivar con dos cables, si corta el incorrecto, aquellos que hoy dicen no ver riesgos de hiperinflación, la encontrarán a la vuelta de la esquina.

El requisito para que todo no estalle desde el comienzo, es generar una altísima dosis de confianza en los agentes económicos para que vuelvan a querer tener pesos en sus bolsillos. O sea, si se dan los pasos correctos se podrá aprovechar el círculo virtuoso que brinda el espacio ausente de la demanda de dinero. Porque si se recupera la confianza, este solo hecho ya permitirá inyectar gran parte de los pesos necesarios sin que ello desate nuevas, o acelere, presiones inflacionarias.

El que arranca este  lunes 28, será un proceso plagado de acechanzas y es necesario bajar el tono de los discursos para no agitar a los mercados. Para el caso que sea Alberto Fernández al que le toque sentarse en el sillón de Rivadavia, ya se empezó a hablar de un “gabinete de emergencia”. Tal vez, la palabra emergencia nos acompañará por mucho tiempo  y los hombres elegidos para timonear el barco, deberán estar dispuestos a tomar las medidas más duras. Por ello, se convertirán en una suerte de fusibles de los primeros 100 días de gobierno.  Es obvio que pagarán un costo y tendrán fecha de vencimiento.

Algunos lo comparan con los soldados del desembarco en Normandía. Los primeros que bajen a los botes, seguramente no llegarán a tierra firme. Vale la pregunta si  la foto sea similar a la de Jorge Remes Lenicov en la primer etapa de Eduardo Duhalde durante la crisis del 2001. El ex ministro de Economía tuvo que hacer el trabajo sucio de la devaluación y luego llamaron a Roberto Lavagna para navegar por aguas más tranquilas cuando llegó la etapa del crecimiento. Pareciera que esta Argentina muestra muchas similitudes con aquel 2002. Esperemos que esta vez no aparezcan las cuasi monedas, las chimeneas vuelvan a encenderse para que llueva trabajo genuino y se levanten puentes de esperanza.

La basura marca que se come menos

Hay quienes ya tienen la confirmación de un lugar clave en el equipo de los Fernández. En esa lista se anotan, entre otros, Matías Kulfas, Santiago Cafiero, Felipe Solá, Eduardo “Wado” De Pedro, Florencio Randazzo, Fernando “Chino” Navarro, Nicolás Trotta, María Eugenia Bielsa, Victoria Donda y Daniel Arroyo. El último asignado es Gustavo Beliz. El ex ministro de Justicia regresará al gobierno con un cargo técnico. Más allá de los lugares que ocuparán, los economistas que rodeaban a Fernández antes de ser candidato también tendrán su espacio. Además de Kulfas, en Economía hacen precalentamiento Cecilia Todesca, Guillermo Nielsen y Emmanuel Alvarez Agis. Kulfas es uno de los principales candidatos a ministro de Economía, aunque para la primera etapa comenzó a sonar también el nombre de Martín  Redrado.

Pasaron cosas después de Las Paso que agravaron la situación del país. Desde el 11 de agosto hasta estos días la moneda se devaluó un 30%, se implementó un cepo cambiario y se despertó al dólar informal, además de aumentar el riesgo país. También se postergó el pago de ciertos bonos, lo que el Gobierno denominó “reperfilamiento” y los medios especializados llamaron crudamente “default”. También se cambió el ministro de Hacienda, noticia de impacto tan bajo como la capacidad del ex funcionario para evitar la crisis que sumergió a un Macri implacable hasta principios de 2018.

Mientras tanto, la inflación de agosto fue de 4% y la de septiembre de 5,9%, ascendiendo a la friolera de 53,5% la de los últimos 12 meses, una de las más altas del mundo. Tanto los datos que viene difundiendo el Indec como las pesimistas proyecciones del FMI para 2020 muestran que más allá del voluntarista “¡Sí, se puede!” de Mauricio Macri, las razones centrales del voto no han variado.La economía está estancada y no ayuda a levantar la autoestima del Gobierno. Un dato llamativo que entregó el Instituto de Estadísticas esta semana es que la recolección de residuos decreció este año un 8,7%. Es evidente que se come menos.

El gran desafío de erradicar el hambre

Precisamente, el desafío más urgente, será erradicar el hambre. Matar el hambre no es combatir la pobreza. Tampoco es atacar la desnutrición. El hambre urge porque tiene que ver con lo más básico de la condición humana. Es una de las formas más denigrantes del dolor.

Pero el hambre no es un juego ni un cuento de niños. Son niños reales, y es uno de cada dos el que está debajo de la línea de pobreza. Son 3 millones y medio los argentinos que pasan necesidades extremas.

La brecha en educación es definitoria. Pesa casi tanto como la alimentaria porque reproduce y garantiza la desigualdad de largo plazo. Uno de cada dos chicos que ingresan al nivel secundario no terminan en tiempo y forma este ciclo. Sin secundaria completa no hay futuro para ellos. Hay 500 mil adolescentes fuera de la escuela. Son carne de cañón de las organizaciones delictivas y la droga. Gane quien gane y pase lo que pase, uno tendrá que ayudar al otro para consolidar un proceso de madurez institucional que garantice la paz social.No hay otra salida al final del túnel.

Hasta ahora se conocen algunas definiciones aisladas de lo que debiera ser un plan económico integral. No se habla de reforma laboral, sino de acuerdos laborales que se discutirían en paritarias. Con respecto a lo tributario, se especula con el aumento en Bienes Personales, que no fue bien recibido por los tributaristas.

Tal vez por la gravedad de la situación, consultados prominentes hombres del sector empresarial y de la CGT, prevalece en ellos una misma definición: “Debemos ser prudentes”.

El fantasma del default

La renegociación de la deuda promete ser otro capítulo intrincado de la serie del próximo gobierno. Lo más difícil de organizar es la secuencia entre las temporadas. ¿Hay que negociar primero con los privados o con el Fondo Monetario?. Si gana Alberto, el renegociador será Daniel Marx, el hombre que cumplió éxito esa misión con Lavagna.

Si la Argentina logra a fines del 2020 volver a tener crédito internacional, crecen las chances de Alberto Fernández de mostrar rápido una recuperación de la economía. Su suerte política está atada a la de la restructuración de la deuda. Sino deberá prepararse a una nueva edición de «vivir con lo nuestro», con todo lo que ello implica.

Mientras tanto, del lado del mostrador productivo, siete de cada diez empresarios encuestados por la Escuela de Negocios de la Universidad Austral atribuyeron la crisis económica a la mala gestión del Gobierno de Mauricio Macri más que a la herencia recibida. Según el mismo sondeo del que participaron hombres de pymes y ejecutivos de grandes compañías, tanto locales como internacionales, la mitad de los advierte que la Argentina caerá en default durante el 2020, el 40% cree que ese escenario no ocurrirá y un 10% optó por no expedirse.

No hay analista que crea que desenredar el nudo de la economía vaya a resultar sencillo. Primero porque la reprogramación de la deuda, de la que Macri todavía no habla y que Fernández propone como una «salida a la uruguaya», requerirá seguramente un esfuerzo mayor:

Uruguay tuvo que ofrecerles a sus acreedores un programa de diez años seguidos de superávit fiscal (2003-2013) y empezó a pagar vencimientos recién al quinto año del acuerdo (2008). Fue ortodoxia, la palabra prohibida aquí. Pero los sectores que en estos días apuntalan el acuerdo social suponen lo contrario. Su atención está puesta más en la distribución que en la generación de riqueza.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Para consultar su blogs, dirigirse al sitio: Jorge Joury De Tapas.      

Melisa Delgado Niglia