Eduardo Anguita

Cualquier referencia a mujeres valientes que pusieron el pecho y lograron doblegar a los poderosos requiere ver en perspectiva a Eva Duarte de Perón y a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Evita porque articuló las demandas sociales de los trabajadores (hombres y mujeres) con la igualdad de otros derechos. Algunos pretenden que Juan Perón fue reelecto en noviembre de 1951 por permitir que tres millones y medio de mujeres pudieran votar y que un porcentaje abrumador de ellas lo hicieran por Perón en momentos en que Eva tenía avanzado el cáncer que terminara con su joven vida el 26 de julio del año siguiente. Un argumento falaz y torpe: Eva exigió el voto de la mujer al día siguiente del triunfo de Perón en febrero de 1946, cuando todavía no podía soñarse siquiera con un segundo mandato. Es interesante recordar que el proyecto de ley (presentado por un senador radical –Lorenzo Soler- aliado al peronismo) empezó a debatirse tras la apertura de sesiones (por entonces el Congreso sesionaba a partir del primero de mayo) y tardó tres meses en tener la media sanción de la Cámara alta. Pasó a Diputados y en ese año no se trató. Durante el verano –sin que el Congreso funcionara- Evita empezó a recorrer territorio, sindicatos y, por supuesto, radios. Los diarios le daban muy poco tratamiento al tema. Cuando empezó a sesionar Diputados pasaron meses con idas y venidas. No sólo de adversarios de Perón sino dentro de las propias filas del Justicialismo. Por los reglamentos de la Cámara, si el primero de octubre no se sancionaba, aquella media sanción perdía estado parlamentario. Volvía a fojas cero. El 3 de septiembre de ese 1947 Evita llamó a una marcha multitudinaria que rodeó el Congreso para exigir que hubiera ley. ¿Qué pasó? Cualquier inadvertido podría pensar que con el poder que tenían Perón y Evita esa marcha era más que suficiente. No. Ese 3 de septiembre no hubo el quorum requerido. Uno puede pensar, los peronistas eran más y los radicales, que habían sido los primeros en ganar comicios con la ley Sáenz Peña no podían oponerse. Sin embargo hay un dato que, hasta ahora, no fue mencionada en estas líneas: los legisladores eran todos hombres. Y hombres criados en una cultura patriarcal. Esto no justifica nada. Y tampoco pretende demonizar. Más adelante citaré a la antropóloga Rita Segato porque dice cosas que deberían hacernos reflexionar sobre el presente. El pasado, al menos historias como esta, son el cimiento sobre el cual -pasados más de siete décadas- se asientan muchas de las características patriarcales de nuestra sociedad. Volviendo a septiembre de 1947, seis días después, con Evita en uno de los palcos, se votó la ley 13.010 “de sufragio femenino” que en la época se la llamó ley Evita. Desde entonces, millones de mujeres llevaron en su cartera la llamada libreta cívica, una señal de identidad. Muchísimas de ellas, además tenían el carné del sindicato acorde a la rama en la que trabajaran.
Parece una perogrullada: ¿quién puede ser la Evita –o quiénes pueden ser las Evitas- que vuelvan a poner en “estado parlamentario” el derecho al aborto legal, gratuito y seguro? ¿Sabe usted –o vos- la respuesta? Son la marea de mujeres que desde que se recuperó la democracia sostienen ese derecho y que hace apenas unos meses lograron un hecho histórico: la media sanción en Diputados y -tras una presión muy fuerte de sectores conservadores y de la iglesia Católica y de varios cultos evangelistas- dieron vuelta la votación en el Senado (39 contra el derecho al aborto y 31 a favor). Ese colectivo es de mujeres y también de hombres. Pero, además, escapa a la genitalidad de lo femenino y lo masculino: defiende el derecho a la identidad sexual y a la diversidad. Este movimiento, esta ola, pone en jaque a la visión y las prácticas patriarcales. Ese movimiento tiene el pañuelo verde porque tomaron el símbolo de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo.
Las madres de Plaza de Mayo
Es difícil, al menos para quien escribe, no tener piel de gallina (no de gayina, por favor no confundir) al mencionar a esas mujeres que desde el inicio de la dictadura de 1976 empezaron a recorrer juzgados, comisarías y cuarteles para pedir por sus hijos e hijas secuestrados. La primera marcha fue el 30 de abril de 1977. De nuevo, aunque sea una perogrullada: las madres empezaron a dar vueltas enfrente a la Casa Rosada porque los policías les decían circulen – circulen mientras ellas esperaban que algún funcionario las recibiera. Dado que estaba prohibido organizarse, el pañuelo blanco sobre la cabeza era la manera de saber “¡Ah, vos también buscás a tu hijo…”. Por entonces la gran mayoría de los pañales eran de tela de algodón: muchas de esas mujeres hacían sus pañuelos con esa tela. Era la manera de hacer más gráfico: “¡Sí, busco a mi hijo, igual que vos! Es cierto que muchas madres tenían sus santuarios, en el sentido más estricto, iglesias como la de la Santa Cruz, abrían sus puertas de modo discreto para que ellas pudieran coordinar sus acciones.
Fue un 8 de diciembre, al salir de la misa en esa iglesia, que un grupo de tareas de la Escuela de Mecánica de la Armada secuestró a dos de las madres, Mary Ponce de Bianco y Esther Ballestrino de Careaga, a la monja Alice Domon y seis personas más. El entonces teniente de fragata Alfredo Astiz había simulado ser hermano de un desaparecido y durante unos meses se ganó la confianza de las madres. El tiempo apremiaba para el grupo de oficiales entrenados para la represión interna: las Madres tenían algunos pesos y varias firmas para poder publicar una solicitada el 10 de diciembre de 1977, cuando se cumplían ese día 29 años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Ese mismo día el grupo de tareas secuestró a otro adherente de las madres en su atelier de La Boca. Dos días después, la operación se completaba con el secuestro de Azucena Villaflor en el momento que llegaba al kiosco para comprar el diario La Nación y ver la solicitada, la primera contra la dictadura de Videla. Pero Azucena no llegó a comprar el diario. Los jóvenes y entrenados marinos la atenazaron. Con la misma cautela capturaron a la monja Leonie Duquet, de 61 años, que llevaba sus hábitos y su cruz colgada en el cuello.
2019, un presente de diversidad contra la injusticia y el patriarcado
Por tercer año consecutivo, un informal y potente movimiento internacional decidió que el 8 de marzo fuera día de paro para las mujeres. La idea surgió en Islandia (ese pequeño país que para muchos apareció en escena cuando le empató 1 a 1 a la Argentina en el Mundial pasado): como el salario de las mujeres islandesas era un veintipico por ciento menor que el de los hombres, un buen día decidieron abandonar sus tareas dos horas antes. Así de simple y contundente: a igual trabajo igual salario o me voy dos horas antes. Para la misma época de ese empate impensado, un pequeño centro de estudios en base a datos de Anses, el Indec y el Ministerio de Trabajo, estimó que el salario de las mujeres argentinas es un 26 por ciento más bajo que el de los hombres. Esa brecha salarial es importante, importantísima, en sí misma: pero además es un síntoma de la sociedad en la que vivimos. Una sociedad donde a diario nos enteramos que hay violaciones intrafamiliares y que niñas o adolescentes quedan embarazadas y los laberintos del poder –miserables médicos o jueces o los propios familiares de las víctimas- se ingenian para que pasen más de 12 semanas “así pueden salvar las dos vidas”. Una hipocresía. Por no perder el registro del vocabulario. Que cada cual le cargue la adjetivación que merecen los victimarios y sus cómplices.

LA GUERRA CONTRA LAS MUJERES
Ese es el título de un libro de la porteña –y ciudadana del mundo- Rita Segato. Un párrafo apenas alcanza para tomar dimensión de lo complejo –y perverso, por qué no- de la condición humana. Segato se interroga acerca de “por qué permanece imposible algo que a simple vista se presenta tan sencillo de realizar como retirar a la mujer de la posición de subordinación en que se encuentra, castigada, subyugada, agredida; impedir que continúe siendo violada, traficada y esclavizada por la trata, cosificada y desmembrada por el ojo del lente mediático. No sería una tarea difícil, bastarían unas pocas acciones, unas pocas medidas, intervenciones puntuales no muy complicadas. Pero por alguna razón no se puede. Se presenta imposible. Nunca hubo más leyes, nunca hubo más clases de derechos humanos para los cuerpos de seguridad, nunca hubo más literatura circulando sobre derechos de la mujer, nunca hubo más premios y reconocimientos por acciones en este campo, y sin embargo las mujeres continuamos muriendo, nuestra vulnerabilidad a la agresión letal y a la tortura hasta la muerte nunca existió de tal forma como hoy en las guerras informales contemporáneas; nuestro cuerpo nunca fue antes tan controlado o médicamente intervenido buscando una alegría obligatoria o la adaptación a un modelo coercitivo de belleza; nunca tampoco como hoy se cerró el cerco de la vigilancia sobre el aborto que, sintomáticamente, nunca antes fue un tema de tan acalorada discusión como lo es hoy, en la modernidad avanzada.”
Dicho esto, quiero aclarar que la percepción que tenemos los hombres respecto del patriarcado suele ser autocomplaciente. Es más fácil manifestarse en público a favor de derechos universales que modificar hábitos. Del mismo modo que muchas personas que nacieron con una sexualidad femenina pueden esconder deseos de poder completamente masculinos. Pero no se trata de una competencia sino de modificar conductas y eso solo se puede dar con leyes y dispositivos que sean tan justos como posibles de poner en práctica.

 

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