Por Daniel Panaro
Director Académico del Movimiento Productivo Argentino

El tipo tiene, como corresponde, costumbres relacionadas con su edad. Es decir, tiene costumbres viejas. Que respeta y mantiene, faltaba más. Una es que, cuando algo le parece demasiado obviamente equivocado, o tonto, o sin sentido, trata de analizarlo en sus términos, para no caer en la banalidad de declarar sin valor lo que simplemente no coincide con lo que el tipo piensa, costumbre mucho más extendida de lo que sería deseable.

Por eso, fue al diccionario (no al de la biblioteca, que está en la estantería juntando el ignominioso polvo de las cosas inútiles) sino al de la compu, porque el viejo es viejo pero no gil. Y buscó “fiesta”. Y el imprescindible Google le respondió, en 0.44 segundos y eligiendo entre cerca de 8.290.000 resultados, lo siguiente: “Se trata de un rito social, compartido entre un grupo de personas, donde se marca un cierto acontecimiento a modo de celebración”. Hay otras definiciones que aluden a los distintos conceptos de fiesta (fiesta religiosa, fiesta de cumpleaños, fiesta cívica) pero todas tienen en común que se trata de jornadas excepcionales, en las que no se trabaja, excepto los que trabajan para organizar la fiesta, claro. El tipo hizo copypaste de estas definiciones en un .doc nuevo (la memoria es un lujo que en la juventud no valoramos) y fue a la calculadora: 2018 menos 70 igual 1948. Entonces sí, con estos datos, el tipo se sintió en condiciones de volver a su cometido inicial, que era entender y, de ser posible, valorar, la frase de nuestro presidente Mauricio Macri, publicada en los medios nacionales (y probablemente en algunos extranjeros) “Fueron 70 años de fiesta, no salís en 3”: O sea, lo que nuestro presidente dice es que, desde 1948 (las declaraciones fueron hechas el segundo día de 2019) los argentinos vivimos un rito social donde se marca un cierto acontecimiento a modo de celebración. Y no se trabaja. Simplificando, lo que el presidente dijo en números redondos es que desde que apareció el peronismo en la historia Argentina el país vive sin trabajar y de joda, y que esa es la causa de nuestros males de hoy, y que se necesitan más de 3 años de trabajar sin celebrar para revertir ese modo de vida. Es decir, que hay que dejarse de ser peronista y volver a antes, cuando la Argentina trabajaba sin celebrar. O celebrando poco.

Ahora si, el tipo se siente en mejores condiciones para evaluar críticamente los dichos de nuestro Presidente.
Lo primero que le surge es una pregunta inevitable: Si los últimos 70 años fueron una fiesta peronista ¿Qué lugar ocupan en esa fiesta el bombardeo de plaza de Mayo, la Revolución Libertadora, el Plan CONINTES, los fusilamientos de José León Suarez, la desaparición de Felipe Vallese, el golpe de Onganía, el de Levingston, el de Lanusse, el Proceso, los desaparecidos, la ESMA, el corralito y las hiperinflaciones, por hacer una lista somera de acontecimientos de esos 70 años de fiesta? ¿Fueron accidentes fiesteros, como la caída del tío borracho que intenta lucirse bailando el can can, el mozo que tropieza en plena ronda de ananá fizz, la teta afuera de la prima escotada, el cierre reventado de la tía gorda y el coro desafinado de la mesa de la familia del campo? ¿O fueron intervenciones (inútiles, hay que decirlo, porque la fiesta no paró) de las autoridades a pedido de otros (no sabemos quiénes) que no participaban en la fiesta, no estaban de acuerdo con ella y se sentían molestados por los fiesteros?

El tipo no se siente en capacidad de jugar el juego de la mayéutica y responder a sus propias preguntas, simplemente porque no les encuentra respuesta y decide, por lo tanto, esperar a que el Presidente de los argentinos, o cualquiera de sus exegetas, las responda.

Mientras espera y para no perder el tiempo (¡perder el tiempo, otro lujo de juventud!) el tipo decide analizar no ya la historia, sino la proyección de las palabras del Presidente. El futuro. El proyecto. La propuesta.

Si la fiesta terminó, es que ahora viene el trabajo. ¿Por qué entonces cerrar fábricas, despedir gente, fijar tasas que ningún empresario puede pagar, abrir las importaciones, suspender la obra pública, multiplicar la inflación, no atender a la recesión, cerrar escuelas (que es el lugar donde los trabajadores se preparan para trabajar) y desatender a las PyMES, principales creadoras de puestos de trabajo en el país? ¿De qué van a trabajar los ex fiesteros, en un país sin ofertas de trabajo?

La metáfora más obvia es la resaca. Estamos en la post fiesta, en el maldito chuchaqui, como le dicen de Salta al norte, que todo jodón que se precie conoce y teme, el del vino berreta de tetra, el del licor de huevo, el de la cubana Sello Rojo. Por eso esa sensación de derrota, esa depresión que parece inacabable, ese pesimismo de lunes con tormenta, esa tristeza de perro sin cucha, esa bronca de penal no cobrado.

Pero arriba los corazones. Mientras las preguntas sobre la historia (no fue el tipo el que puso la historia sobre la mesa, fue el señor Presidente) siguen sin respuesta, y las suposiciones sobre sobre el futuro se tiñen del verde bilioso de la resaca, tomemos como cierto lo que dice el Presidente de la Argentina: la fiesta peronista se terminó, ahora estamos en la resaca y después va a venir un futuro de trabajo digno, de esfuerzo y sudor noble, de jornadas arduas de laboreo de los campos fértiles, de callos en las manos y orgullo en la mirada. Es lo que nos promete el señor presidente y el mejor equipo de los últimos 50 (¿o 70?) años.

Y así será. Porque si hay alguien que sabe lo que es toda una vida de privarse de fiestas para trabajar de sol a sol como un burro por un salario, es el señor Presidente y su gente.
Así que, amigos, a poner al peronismo en el álbum nostalgioso de las fiestas, junto a los bautismos, las despedidas de soltero y los casorios, y a tomarse un vaso de agua con bicarbonato para la acidez y esperar que llegue el laburo.

Eso si, señor presidente. No abrigue demasiadas esperanzas. Tenga en cuenta que, para una enorme cantidad de argentinos y por muchas generaciones, el peronismo será una fiesta inolvidable. Y los recuerdos son fantasmas que no se espantan con bolazos de ignorante y manotazos de asustado, sino con realidades tangibles y mejores que las que los fantasmas evocan. Y, con perdón, no parece éste ser su caso.

Melisa Delgado Niglia