¿Quién se robó los ideales de Mayo?

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Por Jorge Joury| Cuando escaneamos el pasado, llegamos a lo más profundo de la historia y se nos pone la piel de gallina. Allí comprendemos los valores que se perdieron durante décadas de desinteligencias políticas. Hoy el espíritu del 25 de Mayo de 1810 debe llamarnos a la reflexión. Significa el primer acto de ruptura de nuestra situación colonial y el comienzo revolucionario de la independencia. Es el primer grito de libertad frente a la corona española y el acto fundante de nuestra nacionalidad. Como contrapartida, esta fecha patria nos encuentra, por un lado, ante una gran ofensiva del capital financiero internacional y de las grandes potencias para profundizar el control y la dominación de nuestra independencia económica. Y por otro, una gran decepción de la ciudadanía que ve que la gran parte de la clase política aparece impotente para dar respuesta a sus grandes preocupaciones. Si los hombres que encabezaron la Revolución de Mayo se levantaran de sus tumbas, probablemente pensarían que sus aspiraciones deben volver a conquistarse. Pero lo que me queda claro, es que nunca acudirían a pedirle ayuda a un virrey del que supieron cortar cadenas y que hoy aparece enmascarado de organismo de auxilio financiero, como lo es el Fondo Monetario Internacional.
¿Se imaginan a Mariano Moreno recibiendo a Cristine Lagarde?. Sería desopilante y para alquilar balcones el portazo que pegaría el prócer.

Pero en el esquema político actual existen otras coincidencias con aquella Argentina de 1810. La crítica habitual es que Macri no actúa como un presidente, sino como un rey. O como si el país fuera SOCMA, su empresa.Un dueño donde todos los demás son sus empleados, que pueden aspirar a cualquier cosa menos a su propio puesto de presidente, y que no tiene que compartir nada con nadie. Pero aun los reyes que sobrevivieron turbulencias intuitivamente practicaron el diálogo para sobrevivir. Los aliados de Macri esperan, aunque escépticos, que desarrolle esa capacidad y deje ayudarse a salir del pozo con el resto de la dirigencia.

LA REVOLUCION DE LA VERGUENZA

Debemos admitir que la Revolución de Mayo fue el puntapié inicial para lograr la libertad y del nacimiento de la Argentina, que se concretaría luego en la Casa Histórica de Tucumán el 9 de julio de 1816. Conviene entonces rescatar el pensamiento de la época. “El pueblo no debe contentarse con que sus jefes obren bien; él debe aspirar a que nunca puedan obrar mal. Seremos respetables a las naciones extranjeras, no por riquezas, que excitarán su codicia; no por el número de tropas, que en muchos años no podrán igualar las de Europa; lo seremos solamente cuando renazcan en nosotros las virtudes de un pueblo sobrio y laborioso”, escribió Mariano Moreno.

La vigencia de esas palabras deberían hoy ser un faro, frente una clase política que se muestra devaluada ante la opinión pública, por la falta de mensajes esperanzadores, buenos ejemplos y la corrupción que mancha sus vestiduras. Son factores que terminaron sumiendo a más del 30% del país en la pobreza y la desocupación. Hubo muchos políticos que además se robaron descaradamente el término “revolución” para bastardearlo bajo el paraguas de la demagogia. Carlos Menem, por ejemplo, fue uno de ellos, que puso como excusa para vender las joyas del patrimonio nacional, con la excusa de que iniciaba la “revolución productiva”. Todo terminó en un desastre,con el gobierno de la Alianza de Fernando de la Rúa, un corralito, un corralón, un país incendiado y la peor cara de la pobreza que se conozca.

Anestesiados por la realidad y por el goteo de la decepción, los argentinos nos fuimos convirtiendo en una nación dependiente. Le pasó al propio Perón sobre el cierre de su segundo mandato. Lo mismo le ocurrió al kirchnerismo en el último tramo de Cristina, producto de circunstancias propias e internacionales –estas últimas, justamente, debidas al acceso restringido a capitales externos– que hoy el gobierno de Cambiemos llama “turbulencias” con una liviandad asombrosa.

LA GRIETA QUE NO SE CIERRA

Desde aquel lluvioso viernes de mayo de 1810, han pasado 208 años y el país sigue en construcción, con permanentes luces rojas y tratando de resurgir de sus escombros. Pero envuelto aún en antinomias crónicas que generan grietas y traban a menudo su evolución. Es notoria la falta de diálogo en la clase dirigente -gobernantes y opositores- que obra por reacción contra los sectores que tienen ideas diferentes. Descalificándose y anulándose mutuamente, lo que reflejan es un preocupante estado de inmadurez.

Decía Manuel Belgrano cuando le molestaban las piedras en el zapato: “Me hierve la sangre, al observar tanto obstáculo, tantas dificultades que se vencerían rápidamente si hubiera un poco de interés por la patria”. Los hombres de Mayo demostraron que con convicción, compromiso, hambre de libertad, amor por esta tierra y con unión por una causa común, todo es posible. Luego de más de dos centenarios, habría que retomar la lectura para aprender la lección.

Hoy no están las tropas españolas en el escenario. Pero aparece el endeudamiento, el más despiadado de los ejércitos invasores que pretende esclavizarnos por décadas. Es el fantasma del Fondo Monetario Internacional (FMI), al que algunos como el Gobierno quieren disfrazar de “buenos muchachos”, pero que tienen bajo el brazo las mismas y duras recetas del pasado. Creen por ejemplo que una reforma del sistema jubilatorio ayudará al gobierno argentino a bajar el déficit fiscal en alrededor del dos puntos del PBI.

La recomendación del organismo en ese sentido fue clave para que la Casa Rosada cambiara a fin del año pasado la ley de movilidad previsional, que ajustaba los haberes según el sueldo del personal activo y la recaudación de la ANSES, por otra que prioriza la inflación, con lo que se amortiguan los aumentos.

Ahora el FMI va por más: propuso un sistema mixto, en que el Estado sólo cubra un básico equivalente al 25% del sueldo promedio del personal activo y el resto surja de una cuenta de ahorro individual a la que se destinarían los aportes de cada trabajador y de su empleador, en una nueva versión de las AFJP.

No es ni más ni menos, que otra reedición de la fotografía del pasado en la década del 90. Con eso, el rojo del sistema previsional bajaría del 3,1% del PBI a sólo el 1 por ciento. Semejante reducción del gasto público allanaría el camino para que el Fondo otorgue un préstamo stand by a la Argentina, se dice desde la óptica de los especialistas.

La pregunta frente a lo expuesto, es cuál sería la postura de aquellos patriotas si se enteraran que el Banco Central pagó en los últimos dos años en la peligrosa ruleta de la timba financiera un promedio de $5.550 por segundo en concepto de Lebacs y el monto cedido a la especulación asciende al equivalente de 146 centrales Atucha, 9500 escuelas o 57 millones de jubilaciones mínimas. ¿Qué dirían aquellos hombres de mayo frente a semejante saqueo de la nación?.

LA DEMOCRACIA PARA CONSTRUIR

Volviendo al pasado, es cierto que la guerra por la independencia y las luchas civiles demoraron la consolidación de los ideales de Mayo y se debió esperar a que la generación de 1837, la más brillante de nuestra historia, con Echeverría, Sarmiento, Alberdi, Gutiérrez y Mitre en primera fila, los retomaran para forjar un proyecto de país basado en sus principios.

El socialista Alfredo Palacios supo escribir que “Echeverría fue el albacea del pensamiento de Mayo”, con lo que reivindicó a una figura injustamente olvidada. No es poco, a Echeverría le debemos la síntesis perfecta que creó la Argentina moderna, “la fórmula única, definitiva, fundamental de nuestra existencia como pueblo libre: Mayo, progreso, democracia”. En este lema se condensa la historia argentina. Esa es su esencia. Los ideales de Mayo, progreso y democracia son nuestra verdad revelada.

En la redacción del Dogma de Mayo, además fue crucial la meta de superar la contrarrevolución rosista y retornar a los principios de Moreno. Escribió Echeverría: “La palabra progreso no se había explicado entre nosotros. Pocos sospechaban que el progreso es la ley de desarrollo y el fin necesario de toda sociedad libre, y que Mayo fue la primera y grandiosa manifestación de que la sociedad argentina quería entrar en las vías del progreso”. Echeverría repite las consignas sobre el progreso de Sarmiento y Alberdi, pero su verdadero aporte diferencial radica en el modo que lo combina con el desarrollo de la democracia.

Una frase resume de manera impecable su visión: “El problema fundamental del porvenir de la nación argentina fue puesto por Mayo. La condición para resolverlo en tiempo es el progreso. Los medios están en la democracia, hija primogénita de Mayo”. Echeverría nos deja un legado, una receta infalible: para progresar debíamos construir una sociedad democrática.
Y lo hicimos, aunque lamentablemente con una cuota de sangre derramada. Tuvimos que vivir las desafortunadas irrupciones de los procesos militares, que más allá de cercenar el libre pensamiento, hasta nos llevaron a una guerra perdida de antemano con los ingleses por la recuperación de las Malvinas.

Algunos pensadores reflexionan que hoy los argentinos deberíamos volver del exilio de nosotros mismos. Simplemente por haber sido lo que fuimos y ser lo que somos. Por estas horas, evocamos la patria grande que era pensamiento puro hecho realidad. Una revolución de futuro abierta a los hombres de buena voluntad que tradujo en prosperidad. Y en la comparación, perdemos, porque hoy no tenemos ojos mejores para ver la patria. Entre todos nos encargamos de echar por tierra las Américas que soñaron nuestros abuelos, millones de inmigrantes que cruzaron el océano atraídos por la esperanza de una vida mejor. Que la obtuvieron rompiéndose el lomo. Que educaron a sus hijos y ascendieron socialmente por su exclusivo esfuerzo, por honrar el trabajo honesto de sol a sol. Hoy ese trabajo falta en miles de hogares del Gran Buenos Aires que sufren las penurias del peor tarifazo de la historia. Faltan viviendas, cloacas y agua corriente, algo que pondría rojos de verguenza a aquellos hombres de Mayo, al enterarse que pasaron más de 200 años y hay gente desesperanzada porque no tiene presente y le robaron el futuro.

A veces pienso si pudiéramos contagiarnos aunque sea un poco, del optimismo que movía a los patriotas que hicieron la revolución. Hoy estamos viviendo las vísperas de los 208 años de Mayo, pero ni siquiera el aniversario del acontecimiento más trascendente de nuestra historia tiene la fuerza moral suficiente para convocar a los argentinos a salir de la grieta elaborando políticas de Estado y a largo plazo para terminar con la pobreza, la inflación, la timba financiera y el endeudamiento.

Los objetivos de los hombres de Mayo se hicieron realidad en buena medida en la historia argentina, pero muchas de esas conquistas se derrumbaron como un castillo de naipes en las últimas décadas.

No obstante, las aspiraciones de 1810, puestas de repente en el calendario del 2018, resultan ideas de avanzada.

¿Es posible recuperarlas?. Con un pueblo al que se apela mediante mensajes televisivos vacíos de contenidos, con graves deficiencias en su conciencia ciudadana, la encrucijada no admite respuestas sencillas. Hoy la clase política inventa soluciones imprevistas desde la crisis y eso no asegura estabilidad en el largo plazo. Hace falta un baño de patriotismo, pero en las duchas de 1810. Debe ser antes de que sea demasiado tarde y vuelvan los ecos del “que se vayan todos”.

*Jorge Joury es licenciado en Ciencias de la Información, graduado en la UNLP y analista político. Su correo electrónico es jorgejoury@gmail.com. Si querés consultar su blogs, podés dirigirte al sitio: Jorge Joury De Tapas.

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