*Por Daniel Panaro

Hace mucho tiempo, cuando el tipo no solo no peinaba canas sino que si peinaba pelo, leyó un artículo acerca de unas personas muy buenas, que habían agarrado a unos pingüinitos que se habían enchastrado con petróleo que unos atorrantes descuidados había dejado caer al mar y se estaban por morir de hambre, de intoxicación, de frío o de todo junto y los habían lavado, cuidado, alimentado y mimado, hasta que los pingüinitos estuvieron en igualdad de condiciones con los otros pingüinitos que no habían tenido esos problemas. Entonces, en una ceremonia que el tipo imaginó emotiva y que era la que daba lugar al artículo, los habían devuelto al mar. Conmovedor. E inspirador.

Esta historia le vino al marote al tipo leyendo “El regreso liberal”, de Mark Lilla, un librito donde don Lilla, un militante del partido demócrata estadounidense, explica por qué él y sus conmilitones (buscala en el diccionario) no paran de recibir cachetazos de los republicanos elección tras elección, con la frutilla de postre más parecida a una sandía de la última, en la que Donald Trump les pintó la cara.

Parece ser que los demócratas de allá, como los socialdemocratas o lo que se conoce como “izquierda democrática” acá, tomaron, en algún momento de finales del siglo 20, la decisión de asumirse como defensores de las minorías más vulnerables: discapacitados y homosexuales fueron en punta. Y luego se sumaron pueblos originarios, gordos, drogadictos, anoréxicos, defensores de los delfines, de las ballenas, veganos… Todas causas nobles y que merecen la atención de la sociedad, digámoslo antes de que empiecen a llover la puteadas.

En fin, que hoy por hoy, el sujeto electoral de los dirigentes bienintencionados en un rejunte de gropúsculos sin mayor conciencia de conjunto, algunos enfrentados entre sí y muchos con feroces internas por el control de la sigla que los identifica. Es decir, una enorme minoría cuya característica y orgullo es la heterogeneidad reflejada en los discursos y las propuestas.

En el medio de ese maremagnum, asoma una nueva derecha, que trae propuestas para las grandes mayorías, que no se sienten representadas por ninguno de las tribus en las que está dividida la enorme minoría que los socialdemócratas dicen representar.

Las grandes mayorías no se definen como homosexuales, ni como veganos, ni les importa particularmente el destino de ballenas y delfines ni… O sí, son algo de eso, pero sienten que sus problemas más importantes son otros. Se drogan, pero su problema es ser pobres. Son homosexuales, pero su problema es la inseguridad. Son vegetarianos, pero sienten que su problema es la falta de trabajo, aman a los animales, pero antes que nada sueñan con tener un lugar digno donde vivir.

Y de eso sienten que nadie les habla a ellos. Sienten que las reinvindicaciones de las grandes mayorías nacionales han quedado postergadas por las de las grandes minorías. Que los grandes problemas nacionales quedan opacados por los grandes problemas sectoriales y no ven que las dos cosas estén en el mismo programa de acción.

Así las cosas, el tipo vuelve a los pingüinos originales y recuerda que en su momento pensó que sería una buena idea que un grupo de bienintencionados recogiera pibes de la calle, los bañara, los alimentara, los educara y, una vez que estuvieran preparados para nadar y vivir, los lanzara al mar tenebroso de la sociedad. Pero por ahora eso, a los socialdemócratas en su conjunto no les parece una idea de interés nacional. A lo sumo, da para armar una ONG más.

Para quienes piensan así, los chicos de la calle son menos que pingüinos.

Así las cosas, uno empieza a entender el triunfo de Trump, el de Bolsonaro y el de los que vendrán. Nos guste o no, ellos les hablan a las grandes mayorías de sus problemas en el idioma que las grandes mayorías entienden y les dicen lo que ellos quieren escuchar. Mientras tanto, los de este lado, los que se supone que somos los buenos, los inteligentes y los cultos, a lo único que atinamos es a decir lo que nosotros queremos escuchar acerca de los problemas que a nosotros nos preocupan. Así vamos, piensa el tipo, y se pide otro moscato.

Carolina Bisgarra