Editorial Daniel González | El acuerdo de comercio e inversiones firmado entre Argentina y Estados Unidos por el gobierno de Javier Milei se inscribe menos en una lógica de apertura comercial y más en un alineamiento político y estratégico con Washington, en el marco de la guerra comercial que la Casa Blanca mantiene con China.

El primer gesto concreto tras la firma fue la ampliación del cupo de importación de carne argentina a EE. UU., que pasó de 20.000 a 100.000 toneladas anuales por decreto de la administración de Donald Trump. La medida dejó en evidencia que el acuerdo puede aplicarse sin pasar por el Congreso y que responde a prioridades estadounidenses, más que a un esquema de libre comercio recíproco.

Analistas advierten que el tratado integra a Argentina como proveedora subordinada de materias primas dentro de las cadenas productivas norteamericanas, mientras excluye explícitamente a China de sectores estratégicos como la soja y las telecomunicaciones. Esta orientación podría generar tensiones con socios clave como Brasil y reducir el margen de autonomía económica y tecnológica del país.

El acuerdo también compromete a Argentina a utilizar “proveedores de comunicaciones seguros”, una cláusula que apunta a desplazar a empresas chinas como Huawei y ZTE, hoy centrales en la infraestructura de internet y telefonía móvil local, lo que implicaría mayores costos y menor competencia.

Sectores que ganan

  • Frigoríficos y exportadores de carne: acceso ampliado al mercado estadounidense.
  • Complejo agroexportador alineado con EE. UU.: beneficios puntuales en el corto plazo.
  • Empresas y capitales norteamericanos: mayor control de cadenas productivas y tecnológicas.
  • Minería orientada a exportación: integración como proveedora de insumos estratégicos.

Sectores que pierden

  • Industria nacional: profundización de la primarización y menor desarrollo de valor agregado.
  • Sector tecnológico y de telecomunicaciones: encarecimiento de inversiones y dependencia de pocos proveedores.
  • Relación comercial con China: riesgo de pérdida de uno de los principales socios económicos del país.
  • Vínculo con Brasil y el Mercosur: tensiones por la política sobre la soja y la guerra comercial.
  • Usuarios y consumidores: posibles aumentos de costos y atraso tecnológico.

En conjunto, el acuerdo promete beneficios económicos limitados y concentrados, pero expone a Argentina a costos estructurales de largo plazo, al subordinar su política comercial y tecnológica a la estrategia global de Estados Unidos. El interrogante es, cómo queda la industria nacional? Podrá adaptarse a este nuevo desafío? Con lo que implica para la mano de obra nacional, hoy bastante golpeada y una reforma laboral en pugna.