El ambicioso cinturón forestal que China arrancó en 1978, conocido como la Gran Muralla verde, reunió la plantación de 66.000 millones de árboles con el objetivo de frenar la expansión de los desiertos de Gobi y Taklamakán. Sin embargo, la elección de especies como artemisia, sauce y álamo disparó alergias respiratorias y duplicó su incidencia en zonas vecinas.
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China inició la construcción de la Gran Muralla verde más grande del mundo
El polen de esos ejemplares libera compuestos volátiles que, según reportes sanitarios, provocan cuadros severos de asma bronquial y fiebre del heno.
Ante el repunte, las autoridades destinaron €747 millones para sustituir las especies problemáticas por alternativas más seguras (por ejemplo ginkgo y ciruelo) y para aplicar fitohormonas que reduzcan la emisión de polen.
Un trabajo publicado en Geophysical Research Letters por el equipo de la Universidad de Pekín, liderado por el ecólogo Yuhang Luo, detectó que las plantaciones tienen una cobertura foliar 66% mayor que los bosques naturales.
Esa dinámica se tradujo en una captura de CO₂ aparente superior, pero los especialistas advierten que esa ventaja puede ser transitoria.
La ventaja de crecimiento de esas especies llega a un techo entre los 30 y 40 años, cuando su desarrollo se estanca.
En cambio, los ecosistemas nativos exhiben un ritmo más lento pero sostenido, con mayor resiliencia y capacidad de secuestrar carbono en suelo y raíces a largo plazo, según los ecólogos consultados.
Los detalles sobre la Gran Muralla verde más grande del mundo en China
Las lecciones del pasado son contundentes. En 1991, en Ningxia, el gobierno tuvo que talar y quemar 24 millones de árboles por plagas vinculadas a elecciones equivocadas de especies. En Jingbian, la plantación de álamos agotó recursos hídricos locales y, paradójicamente, aceleró procesos de desertificación. Los expertos subrayan la necesidad de ajustar la ingeniería ecológica al territorio.
Kevin Dsouza, investigador vinculado a la Universidad de Waterloo, enfatizó en Live Science que medir el éxito forestal únicamente por la densidad foliar es “un error”, porque el carbono también se acumula en suelos y raíces.
Aun así, el programa logró reducir la intensidad de las tormentas de arena en un 70%, según informes oficiales.
El debate sobre la eficacia real de la Gran Muralla verde sigue abierto: hay claras ganancias climáticas, pero también riesgos sanitarios y ecológicos difíciles de ignorar.
El caso expone que la ingeniería a gran escala exige prudencia y adaptación local. China terminó por comprender que no se puede maniobrar la naturaleza al cien por ciento sin pagar costos inesperados.
Fuente: radiomitre.cienradios









