Buen domingo, familia. Hoy celebramos el misterio de la Santísima Trinidad que, a veces, se nos presenta como una verdad abstracta, que admitimos por la fe, pero no transforma nuestras vidas. Sin embargo, por este misterio Dios nos revela que su Vida es más cercana y parecida a la nuestra, una vida de familia, en la que cada uno se entrega y se comunica por entero al Otro...
Cuando decimos Padre a Dios, lo pensamos como se da en la paternidad humana. Pero es al revés. Nuestros padres son apenas un reflejo de la verdadera paternidad de Dios, de quién son imagen y semejanza. El Hijo es quien revela el amor y la misericordia que el Padre tiene para con cada uno de nosotros, sus hijos adoptivos. Y este amor lo manifiesta: para que el mundo crea que yo amo al Padre y que obedezco sus mandatos. Dios es Espíritu que anima nuestras relaciones humanas. Por eso Jesús suplicaba: Padre, que sean uno como tú en mí, y yo en ellos, que ellos sean uno como nosotros. Así revelaba el Espíritu de unión, de familia, vivido en la intimidad de la familia divina, en el seno del Padre, cuya entrega al Hijo y del Hijo al Padre es una realidad tan única e inefable, que se convierte en una Persona: en el Espíritu del amor.
También nuestras familias están llamadas a vivir unidas en reciprocidad de amor, bondad y cariño de los padres a los hijos e hijas, cuya respuesta es: gratitud, confianza y abandono. Cuanto más viva y sincera es esa entrega, más se vivifica el espíritu de familia. Que mirándonos en Dios podamos decir: ¡qué bueno es ser padre y madre en este mundo, entregarnos con generosidad al otro, sin buscarnos a nosotros mismos! El drama es que en muchas familias hay algo que las divide, que separa a sus miembros, que rompe su entrega mutua, su afecto recíproco. Por eso le pedimos a Dios-Familia el milagro del amor recíproco, como Jesús nos enseñó.
Que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, en cuyo Nombre fuimos bautizados y hechos sus hijos e hijas, bendiga y proteja nuestras familias y comunidades; a nuestra Patria y a toda la humanidad, por intercesión de María, ícono de la Trinidad. Amén.









