Como cada domingo, el padre Julio Cura nos invita a reflexionar. En esta ocasión acerca de la Ascensión, “el cumplimiento del Ministerio y la obra salvadora de Cristo”. Para él, después de esto “Jesús vive en la Iglesia, como su cuerpo glorioso ya no sujeto a los límites del tiempo y del espacio”. Compartimos aquí su reflexión completa.

Buen domingo, familia. Hoy, en el día de la Ascensión del Señor, leemos en el evangelio de san Mateo. “Los once discípulos fueron a Galilea, donde Jesús los había citado. Acercándose, les dijo: Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo».

El domingo de Pascua los discípulos fueron al sepulcro, mirando para abajo, buscando a un muerto. “No busquen entre los muertos al que está Vivo”, les dice el ángel. Hoy, en los Hechos, leemos que se quedaron mirando para arriba. A Dios no hay que buscarlo ni mirando para abajo desolados; ni para arriba, evadiéndonos hacia un mundo mágico. Jesús les dice: Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos.

Después de la Ascensión: Ellos fueron y predicaron el Evangelio por todas partes. Les mandó también a enseñar y a cumplir todo lo que Él les mandó. El domingo pasado la consigna era la de amarnos como Él nos amó. Es decir, amarnos y ayudar a los hermanos a vivir en el amor, a luchar por una mejor calidad de vida. Que la humanidad ascienda de condiciones menos humanas a cada vez más humanas, como augura la encíclica Gozo y Esperanza del Concilio Vaticano II.

La Ascensión es el cumplimiento del ministerio y la obra salvadora de Cristo. Mateo sintetiza en cinco versículos toda su cristología y eclesiología: los once discípulos de aquél momento representan a toda la Iglesia.

Vieron al resucitado y serán sus testigos. También nosotros debemos ser desde ahora memoria del crucificado-resucitado ante el mundo. Ha llegado la hora de hacer los deberes, de ser testigos y misioneros en donde Jesús nos envía. En la familia, el trabajo, la escuela, la parroquia, el santuario, el barrio; los espacios de servicio a los hermanos, en la vida social, cultural, política.  Es decir: misión amplia como el mundo y extensa como el tiempo a recorrer hasta el fin de la historia.

Y esto es así, porque desde la Ascensión, la Iglesia de Jesús es ante todo comunidad misionera. El envío: vayan, pónganse en camino, la urgen y nos invitan a ser Iglesia en salida: a salir de nuestros miedos, preocupaciones y problemas, sabiendo que Jesús nos acompaña, para abrirnos a toda persona que no conoce el gozo de sentirse hijo e hija de Dios y de amarse entre sí. Mateo termina su evangelio del mismo modo que lo empezó.

En efecto, comienza con el anuncio a María del nacimiento del Emanuel-Dios con nosotros, y concluye: Yo estaré siempre con ustedes, hasta el fin del mundo. Jesús estará siempre acompañando, consolando y alentando en todas las situaciones: tanto en la predicación, la enseñanza y la celebración, como en las pruebas y dificultades a sortear.

Después de la Ascensión Jesús vive en la Iglesia, comunidad peregrina en la fe por los caminos del tiempo y de la historia, como su Cuerpo glorioso ya no sujeto a los límites del tiempo y del espacio.

Que el Espíritu de sabiduría nos ilumine y nos haga valorar la esperanza a la que hemos sido llamados siguiendo al que es el Camino, la Verdad y la Vida. Que Él atraiga desde lo alto lo más noble de nuestros corazones, para alcanzar la plenitud de la vida en la casa del Padre junto a quienes nos han precedido. Y que nos bendiga y acompañe siempre: en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.