14-B- Ezequiel 2,2-5; 2 Cor 12, 7b-10; Marcos 6, 1-6.
Buen domingo familia. Comienzo con una anécdota. Hace tiempo un sketch humorístico ponía en escena a unas señoras adineradas, que se juntaron para un té canasta, con la excusa de ayudar a los pobres. La mesera preguntó: ¿qué hacen con el dinero? Compramos masas y bombones. ¡Qué bien! dijo la mesera, y ¿se lo llevan a los pobres? No, lo comemos nosotras, pero les regalamos las cajas que tienen etiquetas y envoltorios muy bonitos!
Creo que esto ejemplifica el evangelio de hoy. Las cajas vacías son imagen de los corazones insensibles a la dignidad y a la situación de los más pobres. Las etiquetas, la arrogancia de los que exigen títulos para relacionarse: de los que juzgan por la apariencia y el modo de vestir. A estos, Jesús les dice con dolor: “No desprecian a un profeta más que en su tierra…” A Jesús lo desprecian los letrados porque no se doctoró en Jerusalén, ni en Atenas. Sin embargo, no pueden negar los hechos: Jesús sana, perdona, resucita a una niña, acompaña, consuela y da esperanzas a pobres y humillados. Y esto los escandaliza: ¿Cómo puede enseñar y hacer todo esto si es hijo de José, un laburador sin masters y de María una mujer humilde de Nazaret?
Jesús nos invita a valorar lo que somos, y a no juzgar por las apariencias. No por lo que uno tiene, sino por lo que es. No sólo por lo que dice, sino por lo que hace. El título es bueno cuando avala la calidad de vida y la vocación de servicio. Los invito a dar gracias a Dios por las personas buenas, que ponen sus talentos y capacidades al servicio de la salud, la educación, el cuidado de los más frágiles, de la sana convivencia y del bien común de la comunidad.
Le pedimos a Jesús que nos bendiga y nos dé un corazón agradecido y bien dispuesto como el de José y de María. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.










