En la primera lectura de hoy leemos la vocación profética del joven Samuel, hijo milagroso de Ana, una madre esteril que lo ofrece al Padre de la Vida. En nuestros días saturados de palabrerío y rumores, entremos en ese clima de paz, de silencio, atención y espera que rodeó a Samuel en el templo*.

Mientras muchos jóvenes de hoy buscan su felicidad en el ritmo frenético, ruidoso y oscuro de un boliche, Samuel, encuentra el sentido más profundo de su razón de ser, libre de ruidos extraños y de voces mentirosas. ¡Samuel, Samuel!… escucha. Él creía que era Elí -su anciano maestro- quien lo llamaba. Claro, no tenía experiencia de otra voz distinta a la de todos los días.

Ocurre que no es fácil educarse a la escucha de Dios; como tampoco discernir entre la voz de Dios y las que no lo son. ¡Samuel!… vuelve a escuchar. Pero ahora, el jovencito supo que era Dios quien lo llamaba. Habla, Señor, que tu siervo escucha, es su respuesta; como anticipándose al “Que se haga en mí lo que has dicho“, de María; o al “Aquí estoy, Padre, para hacer tu voluntad“, como leemos en el salmo 39. Samuel sabe ahora que no está porque sí en la vida. Él, es un proyecto de Dios (como también nosotros). Nació para una misión (como nosotros también).

                El evangelio nos habla de Juan Bautista, hijo también milagroso de Elizabet, una madre esteril y que también -como Samuel- nació para una misión: señalar a sus discípulos la presencia del Mesías, el Cordero de Dios, a quien tienen que escuchar y seguir. Por primera vez Juan evangelista cita una palabra de Jesús, y ésta es una pregunta: ¿Qué andan buscando? Los que eran discípulos del Bautista preguntan: Maestro, ¿dónde vives? Vengan y vean, les responde. Se trata de una vocación personal, que llama por nombre a cada uno de los apóstoles y los separa de sus tareas y ambiente habituales.  Ellos, simbolizan la búsqueda incesante de sentido planteada a cada existencia.

Y nosotros: ¿dónde lo buscamos y a quién le preguntamos? Ese querer saber ¿dónde vives? no es una pregunta de rutina. Donde vive el Maestro, allí se reunirán los discípulos. Vengan y vean,también nos dice Jesús a cada uno de nosotros. Una invitación a ver y descubrir el plan de Dios en nuestra vida. El desafío de hoy quizás sea encontrar y seguir a Jesús en un centro de salud, en un asilo, un comedor, un trabajo solidario, una cercanía fraterna y humanitaria. Y, ¿por qué no, a ser sus testigos como los discípulos, en la vida consagrada, sacerdotal, misionera o religiosa, para anunciar su Palabra a una sociedad cansada y dolorida por el recrudecimiento de la pandemia?

Que el Dios de la Vida nos ilumine, nos de paz y bendiga todas las vocaciones: en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

*Padre Julio Cura