Por Julio Cura, párroco. Hoy celebramos Pentecostés, cincuenta días después de Pascua, en la que celebramos el triunfo del Amor sobre el odio, de la Vida sobre la muerte, de la Libertad y la Gracia sobre el pecado y toda forma de esclavitud. En esta fiesta, celebramos la potente y amorosa acción del Espíritu Santo prometido por Jesús y derramado en el corazón de los discípulos reunidos en el Cenáculo junto a María, Madre de Dios y de la Iglesia.
Fiesta de Pentecostés - Hechos 2,1-11; 1Cor. 12,3b-7, 12-13; Ev. Juan 20, 19-23.
Buen domingo familia. Hoy celebramos Pentecostés, cincuenta días después de Pascua, en la que celebramos el triunfo del Amor sobre el odio, de la Vida sobre la muerte, de la Libertad y la Gracia sobre el pecado y toda forma de
esclavitud. En esta fiesta, celebramos la potente y amorosa acción del Espíritu Santo prometido por Jesús y derramado en el corazón de los discípulos reunidos en el Cenáculo junto a María, Madre de Dios y de la Iglesia.
El Espíritu del Señor llena todo el universo y anima nuestra vida cristiana. Cada no de nosotros es un don del Espíritu junto a nuestros gestos y capacidades. Todo lo que damos a un prójimo: un vaso de agua, un pedazo de pan, un regalo, una caricia, una sonrisa, un consejo, un gesto solidario… surge de una fuente única, desde lo más íntimo del corazón, desde el amor.
Del mismo modo, el universo, la vida, los vínculos y afectos, las personas y todo lo que poseemos, proceden de los más íntimo de Dios: el Espíritu Santo derramado en nuestros corazones con su inagotable variedad de carismas, para nuestro crecimiento y madurez, para la construcción de la Iglesia y para el bien común de toda la humanidad redimida.
El don del Espíritu que recibimos en la Confirmación, nos hace entender todo lo que Cristo enseñó sobre el amor del Padre y nuestro proyecto de vida. Es todo lo que las Escrituras dicen a propósito del reino de Dios: la perla preciosa, el grano de mostaza, la levadura, el agua viva, el fuego que purifica y alumbra, el pan que nos da vida. Los frutos del Espíritu son: amor, alegría, paz, nos dice san Pablo. Esta Palabra nos interroga: ¿Qué espíritu reina en nuestros corazones? ¿Qué es lo que motiva nuestras palabras, gestos y acciones? ¿Cuáles son nuestros frutos? ¿Cuál es nuestro compromiso con las realidades de quienes nos rodean? ¿Qué espacio ocupa el Espíritu en nuestra realidad familiar, social, educativa, política, económica?
Ven, Espíritu Santo, y envía desde el cielo un rayo de tu luz. + Ven Padre de los pobres, ven a darnos tus dones, ven a darnos tu luz. + Consolador sin igual, suave alivio en los dolores. + Descanso de nuestro esfuerzo, templanza de las pasiones, + tregua en el duro trabajo, + gozo que enjuga las lágrimas, y reconforta en los duelos. + Tu santa luz ilumine el corazón de tus fieles. + Mira el vacío en el alma, si tú le faltas por dentro; + Mira el poder del pecado, cuando no envías tu aliento. + Lava nuestras manchas, riega nuestra aridez, cura nuestras heridas. + Suaviza nuestra dureza, derrite nuestra frialdad, + corrige nuestros yerros. + Concede a tus fieles, que confían en ti, tus siete dones sagrados. + Premia nuestras virtudes, salva nuestras vidas, danos la eterna alegría.
Dios nuestro, derrama los dones de tu Espíritu por toda la tierra, concede la paz a los que están en conflicto, alivia los efectos de la pandemia, que no falte el pan, el trabajo, la escuela y todo lo necesario para vivir con dignidad nuestra condición de hijos e hijas tuyos. Concede a tu Iglesia, dedicarse plenamente a tu servicio y vivir unida en el amor, según tu voluntad y bendícenos. En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén









