Por el párroco Julio Cura. En medio de la tempestad de la pandemia, Jesús nos anima a tener fe y confianza en la presencia de Dios que nunca nos abandona. Que El nos proteja y bendiga Nos enfrentamos a las pruebas y dificultades propias de la condición humana y surgen algunos interrogantes: ¿dónde está Dios cuando arrecia la tormenta?, ¿es un Dios ausente o que duerme? Esa era la pregunta de los discípulos.

12-b –Job 38,1. 8-11; 2Cor. 5,14-17; Marcos 4, 35-41

Buen domingo familia. Nos enfrentamos a las pruebas y dificultades propias de la condición humana y surgen algunos interrogantes: ¿dónde está Dios cuando arrecia la tormenta?, ¿es un Dios ausente o que duerme? Esa era la pregunta de los discípulos. El Dios-misterio que rige el universo y orienta la historia, provocado por la llamada desesperada de los hombres responde con una contra-pregunta: ¿Por qué no creen? ¿Por qué dudan? ¿Por qué tienen miedo de aceptar el Dios hombre; el Dios impotente, el Dios que muere crucificado? Él es la expresión final del misterio de Dios.

La experiencia del dolor, de las dificultades y las pruebas es una constante de la existencia. El Evangelio nos invita a descubrir a Dios presente, aún en lo sombrío y desordenado de la historia. Dios puede transformar la oscuridad en un proyecto de luz. El mal es real, dramático y siempre actual. Por ello, en medio de las tempestades de la vida y de la pandemia que arrecia, nos invita al abandono en la fe ante su provocación: ¿Por qué tienen miedo? ¿todavía no creen? ¿Quién es éste que calma la tempestad?... preguntan asombrados los discípulos. Sí, no dudemos, no tengamos miedo, Dios está presente y todo ocurre ante su mirada. Jesús calma el mar agitado; pero también es Palabra que juzga y pide cuentas al hombre responsable de las tormentas que él mismo crea, con efectos más graves que la misma pandemia: el descuido de la creación; los no nacidos por egoísmo; la explotación y el trabajo insano de niños y adultos; la trata de personas... Es hipócrita pretender paliar algunos efectos provocados por su desidia -como regalar vacunas- sin abordar las causas originadas por el afán de poder y la ambición desmedida: falta de escuelas y fuentes de trabajo, hambre, pobreza, indigencia, marginación, etc.

El que te creó sin ti, no te salva sin ti, nos recuerda san Agustín. Por eso Jesús no quiere ahorrarnos el esfuerzo de creer o el riesgo de navegar entre las olas agitadas de nuestra realidad existencial y de trasformar lo desordenado por nosotros mismos. Nos unimos a la súplica y alabanza de san Pablo a Dios, que puede hacer mucho más sin comparación, con todo lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros, a Él la gloria de la Iglesia y de Cristo Jesús por todas las generaciones, y por los siglos de los siglos. Amén.